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  06/09/2010
 

 Sueño milenario

Vacaciones en Malta


Ante la idea de pasar unos días de vacaciones en Malta no reaccioné; no sabía si quería ir o no al que para mí era uno de los muchos sitios que afloran de vez en cuando a la memoria, que sabes que están ahí, relativamente cerca pero, por lo mismo, susceptible de visitar más adelante. Craso error. Resultó ser uno de los viajes más gratificantes de los que he realizado.

Pensándolo después, quizá el truco estuvo en dejarme llevar sin recoger algo de información previa como suelo hacer; o quizá ayudó el subconsciente, donde permanecía el recuerdo de los agradables ratos que en mi juventud me deparó la lectura de las aventuras del famoso personaje de Hugo Pratt o, por qué no, el de la famosa película de Bogart, que en 1941 se vistió de Sam Spade para protagonizar El Halcón Maltés, no recuerdo si en referencia al pago que Carlos V recibió de los caballeros Hospitalarios a cambio de la isla, que a partir de entonces dio nuevo nombre a la Orden y fue su sede hasta que Napoleón los echó.

Llegamos a La Valetta a la 2 de la tarde del mismo día que me había levantado a las 4 de la madrugada en Barcelona. ¡Sí que empezamos bien! dirían algunos, dada la corta distancia entre las ciudades de origen y de destino… pero, ¡ay! esto es lo que pasa cuando no se dispone más que de unas fechas inalterables de salida y regreso debido a las servidumbres laborales y las compañías aéreas tampoco es que se maten para ir según a dónde.

Aterrizamos justo el día de Nuestra Señora de la Victoria, una de las festividades más importantes del calendario maltés, lo que nos permitió presenciar las emocionantes regatas portuarias que cada año levantan grandes pasiones entre los partidarios de una u otra embarcación. Y, a partir de ahí, todo fue sorprendente para mí. Desde los primeros pobladores, que parecen haber llegado desde Sicilia hace unos ¡7.000 años!, hasta la actualidad, el poso dejado por las diversas gentes cuyos intereses comerciales o estratégicos las llevaron a este archipiélago, ha formado su particular carácter, ejemplo perfecto del cual es su idioma. La primitiva semilla de una lengua semítica quizá llegada con los fenicios, abonada a lo largo de los siglos con aportaciones del árabe, francés, italiano o inglés –con el que comparte actualmente la oficialidad- y que ha sufrido períodos de vitalidad y decadencia consecutivos, cristalizó a principios del siglo XX en un idioma propio que no ha cesado de asentarse y expandirse siendo hablado por la gran mayoría de la población.

Esa mixtura la percibía yo en muchas otras cosas; vetustos autobuses de por los menos cuarenta años de antigüedad que cumplen su función de forma excelente –lo que deja en muy buen lugar a los mecánicos locales- pintados en el exterior de amarillo, blanco y rojo pero destartalados en su interior, que sin embargo circulan con una regularidad horaria heredada sin duda de los huéspedes británicos; bares ruinosos con ampulosos nombres del estilo “Palacio de Cristal” en contraste con el venerable y cuidado Café Cordina, superviviente desde 1837 de los avatares históricos que en parte aparecen pintados en su techo interior gracias al maltés Giuseppe Cali; la dejadez más o menos acentuada en algunas de sus calles frente a la pulcritud de otros barrios merecedores de placas honoríficas municipales…

Y, por otra parte, las restauradas piedras de iglesias y palacios rivalizan con las de sus espectaculares paisajes naturales terrestres y marinos. En La Valetta, una de las piezas del Patrimonio de la Humanidad desde 1980, la espléndida co-catedral de San Juan sorprende a quien entra confiado por el austero exterior cuando constata la riqueza barroca de su interior, sobre todo por las abigarradas capillas construidas por cada una de las nacionalidades de los monjes caballeros, claro exponente del poder que detentó la organización durante su estancia en las islas. Y en el Oratorio, uno de los cuadros que más me han impresionado de los que he visto hasta ahora: La degollación de San Juan Bautista, de Caravaggio.

Nada como acercarse al mirador de los jardines de Barakka, antaño feudo exclusivo de los caballeros italianos de la Orden, para contemplar el imponente fortín que las Tres Ciudades forman al otro lado del Gran Puerto, en contraste con los pequeños puertos pesqueros, donde las multicolores barcas de pesca enlazadas con sus amarres al caer la tarde, contemplan con sus impasibles y protectores ojos egipcios a los turistas que regresan de ver los efectos de la erosión en la costa, ahítos de luz mediterránea.

Punto y aparte merecen los templos megalíticos anteriores a las pirámides. Cuesta imaginar cómo los mismos seres que erigieron semejantes moles de piedra con los pocos medios de que disponían fueron capaces, al mismo tiempo, de modelar la llamada Venus de Malta o Sleeping Lady, la menuda aunque exuberante figura femenina que destaca claramente entre sus compañeras de mucho mayor tamaño.

Tengo muchas cosas para el recuerdo de la experiencia maltesa. La amabilidad de sus gentes, la calma de los pequeños pueblos a la hora de la siesta, el color dorado de sus edificios, el rojo de las inglesas cabinas telefónicas, el verde de sus jardines y de sus característicos balcones, el amarillo de sus autobuses, el azul del cielo y del mar… todo ha quedado en mi mente en clave multicolor pero, para mí, el viaje habría estado más que justificado aunque sólo hubiera contemplado el claroscuro del cuadro del Caravaggio y el sueño milenario de la dama de arcilla.


Texto y fotografías:  
©2010 Marisa Ferrer P.





 

 

 
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