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| 06/01/2009 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Varsovia, el milagro polaco ![]()
principios de septiembre de 1939, toneladas de bombas de la Luftwaffe caían sobre Varsovia. Hitler había ordenado la invasión de Polonia, inaugurando con estruendo la II Guerra Mundial. Cinco años después, en agosto de 1944, mientras las fuerzas soviéticas ejercían de espectadores en la orilla este del Vístula, la resistencia polaca era aplastada por un ejército nazi en retirada, cuyos últimos coletazos reducían a escombros la ciudad. Varsovia había sido borrada del mapa. Entre los muchos museos que hoy existen en la capital polaca, uno nos recuerda los días de aquel levantamiento heroico, y otro es testigo de la lucha y exterminio durante la ocupación alemana, pero también del resurgir de la ciudad. Y es que, además de su ferviente catolicismo, si hay algo que caracteriza el alma de este pueblo es la necesidad de olvidar un pasado de maltrato y hacerse un hueco en el siglo XXI. El “milagro” polaco es palpable en Stare Miasto o casco antiguo, reconstruido fielmente gracias a los planos de los siglos XVII y XVIII y a las pinturas de Canaletto, que inspiraron a los arquitectos. Es un placer caminar por estas calles empedradas, donde surgen a cada paso palacios e iglesias, pero también pintores y músicos ambulantes, mercadillos y tiendas de todo tipo. En cuanto llega la primavera, en sus numerosos cafés, restaurantes y terrazas abunda la animación y corre a raudales la excelente cerveza local.
El símbolo de la ciudad En la plac Zamkowy o plaza del Castillo se erige la columna de Segismundo III Vasa, el rey que trajo la capitalidad a Varsovia. Aquí está el castillo real, hoy convertido en museo. El Alrededor de la estación central, junto a los “mamotretos” de la época soviética, surgen ahora modernos rascacielos de acero y cristal, reflejo de una Varsovia nueva y vitalista. Pero entre todos ellos el viajero no puede apartar la mirada del Palacio de la Cultura y de la Ciencia, un regalo de Stalin al pueblo polaco, un verdadero tótem del realismo socialista, que se eleva sobre el cielo de la ciudad como testigo y vigía de un mundo que ya no existe.
Fotografías:
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