
Naturaleza y románico en estado puro
ejados de pizarra, bosques de abetos y esbeltos campanarios definen el paisaje del valle de Boí, en el pirineo leridano. Integrada en la Alta Ribagorça, la comarca atesora un conjunto de iglesias románicas –consideradas por muchos como las “capillas sixtinas” de este periodo– que sorprenden al viajero por su perfecta arquitectura, la armonía de sus volúmenes y su profusa decoración interna, en la que destacan pinturas murales, tallas de madera o cerrojos de forja medieval.
Si cualquier momento es bueno para recorrer el arte medieval del valle pirenaico de Boí, el otoño se convierte en una oferta tentadora. En esta época del año una alfombra de hojas de tonos pardos y ocres enmarca el románico catalán, un conjunto arquitectónico-religioso defendido por grandes montañas. Integrado geográficamente en la Alta Ribagorça, el valle de Boí fue declarado hace tres años Patrimonio de la Humanidad.
Su riqueza natural, unida a sus construcciones de pizarra, es todo un regalo para la vista, especialmente en las semanas previas al invierno, en las que los visitantes son más escasos. Es el momento idóneo para “escuchar” el silencio del valle y palpar el arte con la tranquilidad y sosiego que merece un recorrido por este museo al aire libre. Todo permanece inalterado, prácticamente igual que en la Edad Media, como si en los mil años transcurridos apenas hubiera cambiado nada. Quizá por ese permanente aislamiento, nueve ejemplares de iglesias edificadas entre los siglos XI y XIII, han estado alejadas de los circuitos religiosos y constituyen una de las últimas construcciones del románico lombardo en Cataluña.
El paseo por este paraje cultural bien puede iniciarse en la localidad de El Pont de Suert cuyo puente es un nudo de comunicaciones entre valles y caminos y cuyo casco urbano se distribuye en torno a dos pequeñas plazas contiguas, la Plaça del Mercadal y la Plaza Mayor. A escasos kilómetros, en el pueblo de Cóll, nos espera la iglesia de Santa María de la Asunción, con su campanario de torre cuadrada, en la que se puede contemplar uno de los pórticos más trabajados de toda la zona, además del coro de estilo gótico y de un cerrojo de forja medieval que merecen también una atenta mirada. Tras abandonar Cóll y sobre la ladera de una colina de casas colgadas está Cardet, donde emerge la parroquia de Santa María, del siglo XIII –una de las más modernas–, con su campanario de espadaña.
Arquitectura rural
A pocos kilómetros podemos relajarnos recorriendo el casco antiguo de Barruera, localidad que asume el papel de centro operativo del valle. A las afueras se encuentra la iglesia de San Feliu, con su ábside principal de decoración lombarda; el templo, de una sola nave, posee un macizo campanario adosado al muro sur.
Aquí se inicia una larga cuesta que ofrece inmejorables panorámicas del valle y las montañas y nos lleva a Durro, el pueblo que mejor ha sabido conservar la tradición campesina, con sus angostas calles que conducen a la ladera y su impresionante arquitectura rural, caracterizada especialmente por las rejas de hierro forjado, balconadas, aleros de madera, chimeneas y tejados de pizarra. En el centro del casco urbano surge la iglesia de la Natividad de la Virgen, del siglo XII, en la que destaca su portada, con decoración escultórica de columnas y capiteles protegidos por el porche.
Santa Eulalia, en Erill-la-Vall, es otra de las paradas obligadas. Su soberbio campanario, que ha hecho famoso el románico lombardo del valle de Boi, es una esbelta construcción en perfecta armonía con el paisaje montañoso; en esta iglesia se conservó el famoso conjunto del Descendimiento de la Cruz, del que hoy sólo se pueden contemplar las copias, ya que los originales de todas estas iglesias se encuentran en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. También es interesante detenerse en el coro, donde se ha habilitado una exposición permanente que nos permite conocer la historia del edificio. Desde la parte más alta del campanario se contempla una magnífica panorámica de las montañas y se puede comprobar que junto a los de Sant Joan de Boí y San Climent de Taüll conforman una perfecta línea, que al parecer, servía para la defensa del valle.
Remontando las aguas del río Sant Martí accedemos a Boí, la localidad que da nombre a la zona, donde surge la reconstruida iglesia de Sant Joan, en la que se pueden ver reproducciones de pinturas murales como la lapidación de San Esteban. Y por último nos aguarda Taüll y el que es considerado el conjunto artístico más importante y emblema de toda la comarca, el templo de Sant Climent, una de las últimas construcciones románicas de lombardo en Cataluña. Dentro de su armoniosa belleza resalta su magnífico campanario y sus tres ábsides, además de las reproducciones únicas del formidable fresco con la figura de Pantocrátor, en actitud de bendecidor, rodeado por los cuatro apóstoles. Paseando por las estrechas calles de Taüll –la localidad más turística del valle debido a su cercanía a las pistas de esquí– encontramos también la iglesia de Santa María, de aspecto muy similar a la anterior, para seguir deleitándonos con sus pinturas y columnas.
Montañas, lagos y aguas curativas
Recorrer este valle no es sólo una mirada románica extraviada en el tiempo. Los amantes de la naturaleza pueden descubrir un mundo en estado puro en el que sobresale la presencia, por encima de todo, de las grandes cimas que sobrepasan los tres mil metros, las inmensas extensiones de bosques de pinos y abetos, y los numerosísimos lagos, testigos de antiguos glaciares. En una encrucijada de caminos se halla el balneario de Caldes de Boí, con sus famosas y curativas aguas termales y sus 37 manantiales mineromedicinales, declarados de utilidad pública desde 1887. También muy cerca nos podemos deleitar con el embalse de Cavallers, y con lo que ha sido definido por algunos como la antesala del paraíso, el Parque de Aigües Tortes (Aguas torcidas), máximo exponente de naturaleza agreste, una excursión accesible y muy recomendada por su interés paisajístico.
Chus Sáez Valcárcel / Dionisio Pérez
Artículo publicado en el nº 192 Otoño 2003 de la Revista MUFACE. www.map.es/muface/
Fotografía: Pantocrátor