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| 12/10/2008 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Tanzania, la emoción de África ![]()
Al llegar al aeropuerto de Nairobi sentí de nuevo la emoción de estar en África, eso que casi todos éramos españoles y que el colorido no impresionaba tanto como al llegar a Costa de Marfil; aun así, se nota algo diferente en el África subsahariana. Aunque la ciudad es muy grande, el aeropuerto parece casi de pueblo, es muy tranquilo. Sólo se montó un pequeño follón con los visados de entrada, te podían dar para un mes o para una semana; y también con el pago, equiparaban el euro al dólar. Allí mismo conocimos al resto de los compañeros de viaje, íbamos 14 personas, en dos camionetas hasta la frontera con Tanzania y, desde allí, en dos todo terreno, casi nuestra casa, durante todo el safari fotográfico. Las carreteras no son muy buenas y tampoco los coches demasiado cómodos. Salir de la ciudad, eso que pasamos por la periferia, nos llevó algo de tiempo, la circulación es un poco caótica y la ciudad está muy extendida, los edificios no son altos. Como en toda gran ciudad, hay en ella zonas ricas y zonas pobres, pero no son muy frecuentes las casas bonitas y grandes y las construcciones parecen poco firmes, como con ciertos rasgos de provisionalidad. El paisaje es bonito, bastante llano, con la hierba típica de la sabana y esos árboles con terminación horizontal que contribuyen a dar sensación de extensión y calma a todo. Supongo que es como la foto que tienes grabada porque te recuerda todas las películas que tanto te impresionaron, desde Mogambo, Molokai y La Reina de África a Vete y vive, El Rey León y El Jardinero fiel, pasando por Memorias de África, El Paciente Inglés y tantas otras que muestran ese paisaje único, misterioso y bello. A veces los lugares parecen más hermosos en la fotografía o la pantalla de cine que en la realidad, no ocurre esto en África. Acostumbrada a tanto monumento artístico como encuentras en Europa, especialmente en España e Italia (en cualquier pequeño pueblo hay una iglesia románica, una calzada romana y un dolmen prehistórico), te impresionan las pirámides egipcias y las ruinas mayas e incas, por lo que son y por el misterio de la cultura y Arusha es una de las ciudades más importantes de Tanzania, aunque la capital es Dar es Salaam. En Arusha se firmó con Gran Bretaña la independencia de Tanzania en el 1961 y se han firmado también acuerdos importantes con Rwanda; es la capital turística porque en su zona están los parques nacionales más importantes y es en muchos aspectos la capital administrativa. La industria primaria es la agricultura, pero no está en su mejor momento; el turismo aporta grandes ingresos, pero la ciudad no muestra señales de mejora y prosperidad. A la puerta del hotel está el monumento al centro de África, un concepto de centro que no sé a qué hace referencia, pues no parece el centro de gravedad ni tampoco está a igual distancia del Atlántico y el Índico, ni del Mediterraneo y el cabo de Buena Esperanza o el de Agulhas. El paseo por la ciudad resultó sorprendente por el miedo que manifestaba el guía, todo el rato nos llevaba muy juntos y parecía preocupado por posibles robos o extraños ataques. A mí me pareció menos peligroso que algunos barrios madrileños o barceloneses y muchísimo menos que Río de Janeiro o Lima. Me gustó mucho escuchar en directo a un grupo de música que estaba ensayando en una marquesina en un parque, la música es muy importante en África y tiene en Tanzania uno de los focos de mayor impacto creativo. Las casas son “tristes” y se ven muchos trabajos nada tecnificados que requieren demasiada mano de obra, como la descarga de madera, el transporte, la construcción, .... Había mucha gente en un campo de fútbol, pero no nos dejaron asomarnos porque estaban celebrando algún rito religioso (creo que islámico). Contra lo que suele ser habitual, no nos llevaron a comprar nada y me alegré de no empezar a reventar la maleta tan pronto.
Cuando alguien me pregunta dónde se ve mejor el encierro en los sanfermines, suelo decir que en televisión (desde cualquier punto del recorrido ves sólo un instante y desde un sólo ángulo); los magníficos documentales sobre África no son mejores que la realidad. Excepto el acto expreso de dar caza, vimos todo en directo, se me quedó especialmente grabado el rito de la comida de un ñu por leones en el Serengeti. No me atraen mucho los animales, de niña solía entrar en la cuadra sólo cuando alguna vaca paría dos terneros. A veces me asomaba a ver cómo intentaban domar alguna yegua joven y me atrevía a montar en la yegua de mi abuelo o, haciendo un acto de callada heroicidad, en algún caballo manso. Me gustaban bastante los cabritillos recién nacidos, pero nunca los cogía en brazos ni peleaba por darles biberón si por alguna causa su madre no tenía leche. Ahora sigo igual, los gatos me parecen bonitos, pero no me fío de ellos y me tensa que salten de repente a tu falda o al sillón; los perros me dan recelo y a veces miedo y me crispa que te chupeteen. Sin embargo, puedo pasarme horas mirando cómo un gato intenta cazar un pájaro o contemplando cómo corre un caballo, y me encanta encontrar al bajar de Goñi por la noche: jabalíes, tejones, zorros, liebres, … He disfrutado de los animales y el paisaje de África, de la sensación de vida, de calma, de limpieza, de hermosura que no podemos crear, de ausencia de límites y de sosiego. El elefante que parecía se nos venía encima, a la vez que tensión expectante, traía disfrute y relajación.
¡Qué distintos son los riesgos que las personas asumimos, independientemente de cuán grande sea nuestra osadía! A mí, en general, no me asustan las personas, nunca pienso, por ejemplo, que un ladrón vaya a entrar a mi casa por la ventana abierta de par en par, pero sí me preocupa que se le ocurra entrar al gato de algún vecino. No me parece correr riesgos pasear por Arusha, visitar Stone Town, coger un taxi o recorrer de noche el camino por la playa entre los hoteles de Zanzíbar. Me parece, en cambio, una locura bajar del coche y meterte entre la hierba, a un paso de los leones, cuando hay que parar para cambiar una rueda pinchada. Y escapa a mi capacidad de comprensión que nos lleven a 14 europeos a un lugar ilocalizable, sin comunicaciones, y que encima desaparezcan los coches. Azumani estaba muy enfermo, en la fase aguda de malaria, no sé cómo conseguía mantenerse en pie y dominar el coche. Cuando el segundo día, a las seis de la tarde, se lo llevaron, a más de tres horas de viaje, para que le visitase el médico y nos quedamos en la tienda porche contemplando la lluvia, pensé más que nunca en lo atrevida que es la ignorancia. ¿Tendríamos chofer?, ¿tendríamos coche?, cómo íbamos a salir de allí? No creo que tuviésemos ni comida, aunque confieso que eso no se me pasó por la cabeza; pero estaba casi segura de que Azumani no iba a regresar. Por fortuna me confundí y la dosis de caballo que el médico le dio a Azumani hizo su efecto con rapidez. Nunca supe qué pasó aquella noche en la hoguera (la noche siguiente, como llovía, no hubo juerga). Lo que sí sé es que hubo un antes y un después en las relaciones, tema al que no dediqué atención hasta el regreso porque creí que no había afectado a las únicas relaciones que a mí me importaban. El Serengeti es el más grande de los parques, donde más se descubren esos paisajes asociados a la memoria cinematográfica de África y el auténtico hábitat de los animales. Tuvimos mucha suerte con los animales difíciles de ver: leopardos en las ramas de los árboles y una pareja de rinocerontes. Fueron muchas las escenas que se me grabaron en la memoria, tres me resultaron especialmente fascinantes: Ö Un rebaño de elefantes se fue acercando hasta el camino, el macho más grande dirigía la manada. Se paraban de vez en cuando a limpiarse con los árboles, a jugar rompiendo ramas y a echarse tierra, pero parecían tener predeterminado un camino, sólo visible para ellos, del que no se separaban por más obstáculos que encontrasen. Recordé la película “la senda de los elefantes” y no tuve la mínima duda de que si, por casualidad, el coche se hubiese parado en su camino, hubiésemos desaparecido machacados a su paso. Era impresionante ver cómo cruzaban a escasos metros del coche y cómo el macho nos mostraba su fuerza y parecía retarnos. Ö Una manda de búfalos corría ladera abajo llenando de su negro color la hierba un poco amarillenta y levantando nubes de polvo a su paso. Son más feos que los toros, pero imponían bastante. Cuando pasaban corriendo, por delante y detrás del coche cruzando el camino, se aceleraba el pulso, ¡eran tantos! Si alguno se detenía a observarnos, miraba como los toros, fijo y parado, atrasando las patas delanteras como reculando para embestir ¡Qué insignificante es nuestra fuerza!
Es difícil relatar una escena tan visual, las fotos y vídeos que sacamos tampoco pueden reflejar la sensación de estar dentro, de participar en alguna medida de esos momentos mágicos. Por alguna de esas asociaciones que la mente hace al margen de nuestra consciencia, me fijé expresamente en el comportamiento de los chacales: observan ojo avizor y sólo se acercan cuando el riesgo es asumible. Me pareció instructiva su actuación, resulta inteligente saber dónde y cuándo no se es bien recibido, así como posponer, hasta el momento adecuado, el acercamiento. El Ngorongoro es el parque natural más bello en paisaje. El cráter te impresiona cuando ascendiendo por un arduo camino lo divisas desde arriba. Abajo, la abundancia de árboles y agua atrae a los animales, pero las montañas, bastante altas y arboladas, también les gustan. Llegando al hotel, ya entrada la noche, se nos cruzaron búfalos y hienas; saliendo, casi sin amanecer, nos encontramos un elefante cerrando por completo el camino. Los leones que en el Serengeti estaban en las rocas o la hierba, aquí estaban en las ramas de los árboles, como los leopardos. La comida, en la orilla del río en el que chapoteaban los hipopótamos, nos permitió disfrutar de los vuelos circulares de observación de los milanos y de sus vertiginosos descensos. Nos dijeron que no comiéramos fuera del coche, parecía exagerado el cuidado hasta que vimos, a menos de dos metros, cómo un milano arañaba la cara de un señor sentado en la hierba y se llevaba el trozo de pollo que estaba comiendo. Las inmensas praderas del Serengeti son aquí más pequeñas y están entremezcladas con bosques, lagos, ríos y unas bellas terrazas de sal que cambian de color según se mueve el sol. En todos los parques hay muchas aves, la mayoría poco comunes, y puedes observarlas sin ayuda de prismáticos. En al lago Magadi llaman la atención los flamencos rosados, parecen reunidos para posar. Los animales son tantos, tan variados, tan imprevisibles y naturales, que parecen puestos adrede para tu disfrute. Las dos paradas para cambiar las ruedas pinchadas fueron muestra patente de que en cualquier sitio hay bastantes más animales que los muchos que hemos visto. La modificación que el observador produce en lo observado es casi inapreciable en el caso de los animales. Parece que les somos totalmente indiferentes, han asumido que los coches y turistas no les ofrecemos peligro alguno, ni somos manjar apreciable, y viven “pasando” de nosotros, salvo circunstancia muy especial. Por el contrario, la observación de los turistas modifica a las personas hasta ocultar la realidad más que mostrarla. Los masai que nos miran mientras andan cuando nosotros recorremos en coche los caminos, nos ven con desagrado, agresividad y violencia. No me extraña su actitud, deben sentirse observados como otros animales más, objetos de nuestras máquinas fotográficas y vídeos. Cuando nos llevan a visitar un poblado masai, vemos una escenificación. La ley de la selva, la del más fuerte, acentúa la debilidad del hombre africano. Lejos del poder que proporciona el dinero, personal y social, tienen que soportar injusticias y penas. Azumani nos decía que él ganaba bien (era un puesto cualificado: permiso de conducir, nociones de mecánica, dominio de español y japonés) y aún así tenía que seguir trabajando pese a encontrarse con fiebre, dolor de cabeza y descomposición. Los masai no tienen ni siquiera agua, dijeron que el estado les llevaba bidones con agua para la bebida, imagino que se lavarán en las mismas lagunas en las que beben sus cabras y vacas y no creo que usen el agua de los bidones para cocinar. No sé prácticamente nada de un inmenso país africano del que lo mejor que podemos decir es que no sale en los telediarios. Sólo tenemos información de África cuando la muerte y el dolor son tan grandes que no se pueden ocultar y el grito de hoy vuelve a hacerse silencio mañana. El tiempo tiene distinta medida en África y sigue siendo más fuerte el pasado que el futuro, pero se están acercando cada vez más a nuestras costas y a la esperanza que no tienen en sus países. Me impresionó mucho constatar que nos ven como paraíso deseable. Supongo que, a la larga, el turismo servirá para el progreso. Ahora, para nosotros es maravilloso poder contemplar sus parques naturales, para ellos a veces somos una llamada a una aventura en cargueros, cayucos o pateras que sólo proporciona sufrimiento y muerte.
Maria J. Asiain Imagenes: allresor.se travellersworldwide.com Paul Hobson.co.uk
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