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  24/05/2012
 

 Roncesvalles

El enigma

 

A

ymeric  Picaud, clérigo francés de la región de Poitou, autor del famoso Liber Peregrinationis -quinta parte del Codex Calixtinus-, a su paso en 1127 por el collado axial de Ibañeta mostró su asombro ante las cruces que allí había depositadas: "Los peregrinos tienen por costumbre hincarse ahí de rodillas y orar vueltos hacia la patria de Santiago. Cada uno clava una cruz, estandarte del Señor. Hasta mil se pueden encontrar allí, de ahí que se tenga por el primer lugar de oración a Santiago en el camino". Y aunque el ilustre poitevino no alcanzó a comprender las razones últimas de aquel ritual, todo hace pensar que lo habían instituido los peregrinos franceses en memoria de los francos que cayeron en las emboscadas del 778 y 824, primordialmente Roldán, el Prefecto de la Marca de Bretaña que con su muerte en Roncesvalles, ensalzada hasta el paroxismo, se convirtió en héroe de las canciones de gesta. El ritual, como tantas cosas de un Camino de Santiago que languidecía, se ha recuperado desde el Xacobeo 93, y son ahora los nuevos peregrinos seguidores de Picaud los que se esmeran por ir depositando toscas y sencillas cruces sobre el viejo búnker enyerbado situado ante el ábside de la capilla de San Salvador, última de las legendarias fábricas del Summus Pyreneus de Ibañeta, célula primigenia del Roncesvalles carolingio y jacobeo y guardián fidelísimo del destino ignorado del conde Roldán, que continúa insepulto desde hace algo más de doce siglos en algún recóndito lugar del alto Valcarlos, pese a que su tumba se la disputen seis poblaciones de Francia, entre ellas Blaye, de donde era oriundo. Pero porque nadie puede quedarse sin cristiana sepultura, la tradición en Navarra se aprestó a intervenir para acoger su halo en la capilla-cripta del Sancti Spiritus, el Silo de Carlomagno, un antiguo carnario al que eran arrojados los peregrinos pobres que fallecían en el hospital de Roncesvalles, cuyo origen pudo remontarse a las fosas de enterramiento de los francos muertos en combate...

La emboscada que tendieron audazmente los vascones a la retaguardia carolingia aconteció en el alto Valcarlos, entre Ibañeta y el desfiladero de la Reclusa, la ruta por la que había entrado el rey Carlomagno y por la que se disponía a salir, único escenario posible para aniquilar a una fuerza de aquella magnitud. Los atacantes fueron vascones provenientes de valles recónditos de ambas vertientes, no muy alejados de aquellos escenarios. La rapidez con que discurrían los acontecimientos desde que los francos derriban las murallas de Pamplona, no permitía mayores dilaciones, por lo que no es factible que hubiesen podido concentrarse más de 300 hombres, suficientes en cualquier caso en un medio físico absolutamente favorable. Arremetieron desde la cara norte del monte Guirizu lanzando azconas, piedras proyectadas con cestas y dejando rodar grandes rocas como las que aún cabe ver en el hayedo de la empinada ladera, algunas en las más extrañas posiciones.

Las crónicas del siglo IX constataron que fue la cola de la retaguardia la primera en sufrir el ataque y que el pánico se extendió enseguida al resto de la columna, que acabó precipitándose al hondo barranco que bordea el camino milenario que baja de Ibañeta al caserío Guardiano. Los francos ni podían pasar a las tierras bajas de Arneguy -puerta de Francia-, por impedírselo el desfiladero que cortaban los vascones, ni encaramarse al collado axial desde el que buscar el campo de lucha en el llano de Roncesvalles, que les hubiera dado la victoria. El aniquilamiento casi total tuvo que llegar pronto. Una vez concluida la jornada vino la huida precipitada de los emboscados, temerosos de lo que pudiera hacer el rey, que debieron de llevar a efecto internándose por el camino de Palomeras que de Ibañeta conduce al también collado axial de Lindux, lo que les habría permitido alcanzar los intrincados montes de Quinto Real.

Se ha repetido muchas veces que la causa de la celada fue la venganza por haber derribado Carlomagno las endebles murallas de Pamplona a su regreso de la frustrada campaña de Zaragoza, pero historiadores de peso como José María Lacarra lo pusieron en duda. Las razones nunca se sabrán, porque los vascones callaron para siempre y porque los grandes relatos del siglo XII que se centraron en el Roncesvalles carolingio y jacobeo alteraron la realidad con otros escenarios y atacantes, enalteciendo el heroísmo de los francos que habían dado sus vidas enfrentándose al Islam que invadía la península ibérica. Roldán, a los ojos de monjes y juglares, apareció como el gran sacrificado, y con ese ánimo, Taillefer, el poeta-guerrero cuasi legendario, enardeció a las tropas normandas que iban a entrar en combate en la batalla de Hastings en 1066, la trascendental batalla que cambió el curso de la historia de Inglaterra.

La evidencia de que la tragedia sólo pudo acontecer en Valcarlos -reforzada por la tradición navarra- no impidió que algunos eruditos franceses y españoles de la primera mitad del siglo XX se mostrasen partidarios de que el asalto había sido en el camino que se enmarca entre Ibañeta y el puerto de Lepoeder, por lo que no tuvieron inconveniente en apostar a los vascones en el Astobizcar, la montaña más bella de Roncesvalles, a la espera de que los francos cruzasen el arqueado tramo bajo la cima y desencadenar el ataque que acabaría en despeñamiento al barranco Otezulo, cabecera del vallecito de Arrañosin. El lugar es muy peligroso, qué duda cabe, pero precisamente era la estrechez del camino lo que impedía acabar con tantos hombres a la vez. Mil a lo sumo, pero nunca una columna de varios miles, porque mientras la cabeza doblaba el puerto, la cola ni siquiera se habría movido de los campamentos de Burguete y Espinal.

 

Carlos Viñas-Valle

www.rencesvals.com

 

Fotografías:

sewanee.edu/.../roncesvalles.txt.html

rencevals.com

 

 

 

 

 
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