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| 30/08/2008 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Guatemala ![]()
la ciudad estábamos alojados en un buen hotel en una zona privilegiada, parecía increíble que estuviésemos en Guatemala, hoteles, bancos, tiendas, restaurantes, todo limpio, bonito, tranquilo y caro. Fuimos en taxi al centro y casi pasamos miedo cruzando barrios muy pobres, tras visitar la plaza, la catedral, el palacio nacional... regresamos al hotel para emprender al día siguiente el viaje al interior del país. No sé cómo describir la ciudad de Chichicastenango, es auténtica. Guatemala no tenía oro y no fue lugar buscado por los españoles en la conquista, fueron algunos hacendados, pero la gente sigue siendo india. Todos (tanto hombres como mujeres) visten los trajes típicos, hablan en maya, viven como siempre lo han hecho y se pasan el día en el mercado precariamente instalado (palos y tablas con plásticos que las cubren) entre las iglesias de Santo Tomás y de El Calvario. La iglesia de santo Tomás es lo más raro que he visto nunca, está negra de los humos de las velas, incienso y ofrendas, las hornacinas de los santos están muchas vacías y las ocupadas tienen un cristal protector (bastante asqueroso) porque cuando las gentes se enfadan con Dios o con los santos (no han sido escuchadas sus peticiones, han tenido alguna desgracia...) beben ron y lo escupen sobre las imágenes. Es un extraño sincretismo en un ambiente muy religioso (no sé si muy católico). Estuvimos también presenciando una oración (en una casa particular en un pueblo cercano: Tzutuhil de Santiago), ante una figura de hombre con un puro en la boca y montones de pañuelos de seda en el cuello; la habitación repleta de velas, guirnaldas, y objetos de desconocida utilidad, mucho humo, lengua intraducible y gente sentada contemplando al gurú que dirigía el acto. Es difícil transcribir la sensación que te produce todo, me encantó verlo, no es fácil imaginarlo porque no tienes nada con lo que se pueda comparar. Nos cayó una tormenta enorme en el mercado, debajo de un plástico, en uno de los puestos en el que había dos señoras, nos quedamos esperando a que escampara. Tuvimos que subirnos en un pequeño poyo de cemento que sujetaba uno de los palos porque por la arena del suelo subió el nivel del agua unos treinta centímetros (no es exageración), un auténtico río (no muy limpio) a nuestros pies. Entre tanto las señoras seguían impasibles recogiendo telas y telas, una de ellas con el agua casi a las rodillas (son todos de pequeña estatura). Intentamos hablar, pero su dominio del castellano no era grande y el nuestro del maya era nulo, nos dijeron que dejaría de llover más tarde (no sé cuándo), cargaron una enorme sábana (así se llamaban en Goñi (Navarra) una telas de arpillera que rellenaban de hierba cuando yo era muy pequeña) en la espalda de un hombre que la sujetaba con una cinta en la cabeza y que le obligaba a inclinarse casi en ángulo recto, y a mi pregunta sobre cuántos habitantes tenía el pueblo, contestaron: ¡cualquier cantidad! Efectivamente paró de llover y nos fuimos al hotel, también peculiar, habitaciones de antigua hacienda, cada una con su chimenea y con puertas sin llave (que al parecer eran seguras y no podemos decir que no lo fueran para nosotros). La cena fue muy buena, servida por camareros con exóticos trajes y gorros rarísimos que tampoco entendían (no sé si el castellano o nuestra forma de pensar, ya nos dijo el guía que si comprábamos dos pantalones, por ejemplo, que acordáramos el precio de uno, lo pagáramos y pasásemos a hacer lo mismo con el segundo, con los dos a la vez se lían). Aun con todo, la gente es muy agradable, sonriente, discreta y parece feliz. Ojalá que el turismo no les obligue a cambiar a peor, ahora ni siquiera tienen televisor, viven como siempre han vivido, tienen cultura, costumbres, tradición, hermoso paisaje y una vida que nos resulta sorprendente, pero que es la suya y no creo que sea mejor la nuestra.Visitamos también un mercado nada turístico: carne, patatas, pescado, legumbres, frutas, verduras... en Sololá; nunca he visto tanta gente tan junta (ni en Jarauta por Sanfermín), ni muchas de las frutas y verduras que estaban en venta. Nos avisaron del peligro de llevar la cartera en el bolsillo invitándonos a pasear con las manos vacías. El lago Atitlán es uno de los lagos más bonitos del mundo y el paisaje que lo rodea es precioso: montes, volcanes, un precioso color verde de primavera y pequeños pueblos
Maria J. Asiain
Imagenes: ccha-assoc.org
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