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  24/05/2012
 

 Formentera, espíritu libre y salvaje

 

 

A

ccesible únicamente por medio del ferry que la conecta con Ibiza, la más meridional de las Baleares presume aún hoy, en tiempos de masificación turística, de ser un refugio plácido y solitario, un universo mágico iluminado por la luz del Mediterráneo. Con apenas 90 kilómetros cuadrados, la menor de las Pitiusas, es ideal para recorrer en bicicleta o en ciclomotor, como lo hacia Paz Vega en la enigmática Lucía y el sexo, la película de Julio Medem que contribuyó a descubrir al gran público este pequeño paraíso. Conocida en la antigüedad como la “isla de las serpientes”, Formentera conserva su naturaleza intacta. Su belleza salvaje es el resultado de un paisaje singular en el que abundan molinos de viento, playas de arena suave y calas escondidas donde el agua adquiere un tono azul turquesa.

Partiendo de Sa Savina, el puerto de entrada, la carretera que atraviesa el Estany Pudent, bautizado así por su mal olor, y el Estany des Peix, otra pequeña laguna en la que fondean numerosas embarcaciones, nos lleva a Sant Francesc, la capital, un animado núcleo en el que destaca su iglesia-fortaleza, que data de 1726, el monumento más antiguo de la isla.

Siguiendo hacia el este el terreno se estrecha entre dos lenguas de agua, el mar de Migjorn y el de Tramuntana, panorámica que puede contemplarse desde el mirador de la Mola, en la parte más alta de Formentera. En esta elevación entre pinares y savinas se encuentra El Pilar, un pequeño pueblo donde dos veces por semana se organiza un variopinto rastrillo. Al final de camino surge el faro de la Mola como espectador impasible de un cielo infinito. La sensación de soledad adquiere su máxima plenitud en este paraje agreste, donde el silencio solo lo rompen las ráfagas de viento cálido que viene de las costas africanas. Por todas partes surgen diminutas lagartijas verdes, convertidas en icono de la isla. Situado a más de 140 metros de altura, desde aquí acantilados de color ocre se precipitan sobre el mar con la fuerza un torrente. Junto al faro, un pequeño monolito recuerda al genial Julio Verne, que al parecer se inspiró en este lugar para ambientar uno de los pasajes de su novela Hector Servadac.

De regreso hay que detenerse en Es Caló, tranquilo pueblecito de pescadores al abrigo de un cala formidable, en la que se puede degustar una paella o una auténtica caldereta de pescado. Al otro lado, en el mar de Mitjorn, nos esperan ocho kilómetros de playas solitarias como Mal Pas, Valencians o Es Arenals.

Pasando por Sant Ferran, el viajero todavía puede cruzarse en el camino con algún hippy trasnochado, de los que llegaron a la isla en los años sesenta y setenta atraídos por la bohemia y músicos como Bob Dylan o los King Krimsom. En dirección sur y por una carretera que se hace más y más angosta se alcanza el Cap de Barbaria y su destartalado faro, cuya imagen estará siempre asociada a Lucía y su motocicleta. Escaso de vegetación, abrupto y desolado, este es sin embargo otro de los enclaves mágicos de la isla, un mirador al que muchos se asoman al atardecer para contemplar como el sol se sumerge en el mar por el horizonte.


 

Dionisio Pérez

Revista muf@ce – diciembre 2005, enero y febrero 2006 – nº 2001

www.map.es/gobierno/muface/

 

Imágenes:

Revista muf@ce

 

 

 

 
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