![]() |
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| 10/03/2010 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
Mujer creciente, hombre menguante ![]()
Javier Urra
gustaría saber utilizar un lenguaje eficaz para comunicar que el ser humano sólo llega a conocerse en soledad. Hay que escudriñar y disfrutar el pequeño mundo de uno mismo. Disfrutar cada alegría de la vida en presente, sin añorar tiempos equívocamente percibidos como mejores o con la expectativa de alcanzar la gran felicidad. Nuestro estado de ánimo depende muchísimo más de la disposición de la mente que de las circunstancias que nos rodean. No perdamos el tiempo, la materia de la que se compone la vida, en perseguir lo inalcanzable. No nos enganchemos a lo imposible por miedo a lo posible. Este libro invita a degustar la vida como el último trago de un buen vino: disfrutémosla y disfrutemos del amor a uno mismo, a los demás, a la naturaleza, a la propia obra, a la sorpresa. Y aprendamos a aceptar nuestras propias limitaciones y a minimizar la culpa y el sufrimiento».Javier Urra, psicólogo forense, asesor de UNICEF, primer Defensor del Menor y autor de varios libros de gran éxito (Escuela práctica para padres, El pequeño dictador y El arte de educar, entre otros), se adentra en un nuevo terreno: las relaciones entre hombres y mujeres. Considera que «la implicación de los varones en la lucha por la igualdad de derechos de los dos sexos es todavía superficial». Esta premisa le lleva a analizar el papel de la mujer, el del hombre, el de los hijos y los caminos que quedan todavía por alcanzar en las relaciones afectivas, desde la experiencia profesional y personal de alguien que ha pasado muchas horas delante de parejas y matrimonios con hijos en conflicto y con graves problemas educaciones y emocionales. Y teniendo en cuenta la evidente transformación que está llevando a cabo la sociedad actual, plantea las carencias del hombre en su aceptación del cambio, más llevadero para el sexo femenino, y recalca el papel fundamental de la mujer en una sociedad que la relega todavía a un segundo plano profesional y marital. Urra define a los hombres actuales a través de su papel en la familia, en muchos casos inexistente. «Está claro que algo está pasando con muchos de nuestros niños y paralelamente algo ocurre con los hombres», afirma subrayando una constante de la psiquiatría infantil: «detrás del síntoma del niño hay una disfunción en la pareja». El psicólogo recuerda el aumento porcentual de familias monoparentales de hecho y de derecho, en las que la mujer está sola, o comparte la vida con un varón definido como padre fijo discontinuo. Y los divide en dos grupos. «No negarán que hay un importante grupo de padres missing (desaparecidos en combate) que a las doce de la noche dicen que están hablando para arreglar problemas en la empresa. Mentira. Tienen miedo a educar, al día a día, al encontronazo, a poner límites, a ejercer de padres (…) Los Light forman otro grupo de progenitores varones blanditos y sin criterio, que son incapaces de imponer o hacer cumplir normas, argumentan que todo es culpa de la presión de la sociedad, los medios de comunicación, el consumo…» . Vivimos en una sociedad infantilizada emocionalmente, «incapaz de aceptar frustraciones». «Hemos llegado a confundir el movimiento con la vida y el coste con el valor. Estamos acostumbrados a vivir en el derroche, rodeados de vulgaridad. Erramos en la educación cuando la sociedad se desarma de autoridad y los padres, cual equívocos abogados, defienden a sus hijos a ultranza». En este sentido, aconseja la influencia positiva de tener hermanos. «¡Atención padres missing! No pocos hijos únicos, que pasan muchas horas solos por culpa de los horarios de sus padres, llenan ese vacío con otros hermanos virtuales!», advierte Urra.
Apreciar los sentimientos y expresarlos es la asignatura pendiente de muchos hombres. «En estos tiempos y en Occidente tenemos varones desnortados, en quienes la educación que recibieron de sus padres no coincide con las exigencias de su pareja, con las imposiciones de los hijos y quizás con sus propios deseos. Precisan un urgente reciclaje, porque no saben si ser metrosexuales o afectivos, o si han de entrar o salir del armario. Desean ser razonables, negociadores, democráticos, pero en ocasiones añoran el autoritarismo de sus padres, el papel asignado al varón en tiempos ya pasados. Están confundidos, les gusta acicalarse, mostrarse tiernos, acomodarse a un entorno más rico y lleno de matices, pero no preguntan qué se espera de ellos». Buena prueba de que algo falla «en un mundo donde supuestamente impera para ambas partes la igualdad de elección para amar o simplemente practicar sexo» es el aumento de páginas de contactos en los periódicos e Internet, la proliferación de clubes de alterne y los servicios de compañía. «Falta plenitud emocional y sexual, primordialmente en el varón. Y ante ello la sociedad no exige buscar las etiologías e intervenir, sino que lo acepta todo o casi todo, devalúa la duda entre el bien y el mal». Urra aconseja a este hombre la aceptación del compromiso y le advierte que la felicidad se basa en la capacidad de convivir.
Urra repasa el papel del hombre a lo largo de la historia. Era el que traía el sustento a casa, el que daba seguridad a la familia, a la comunidad, lo que provocaba que su sentimiento del deber fuera intrínseco. Pero las cosas han cambiado. «La causa del machismo, de la inseguridad, la agresividad, la celotipia o la irresponsabilidad debe buscarse en el cultivo del narcisismo masculino, por haber sido deseado, porque se lo permitieran más excesos que a las mujeres, sus deseos pulsionales se tornaron prioritarios y perentorios. En la falta de represión está la respuesta». Y continúa: «El varón debe entender que la mujer precisa un discurso indirecto, pues es parte de su estructura mental. Se sabe que las mujeres pronuncian una media de 20.000 palabras al día, y los hombres 7.000 (…) Los hombres son como son, a veces no debieran ser así. En algunos, un ataque brusco de celos les hace aflorar un canalla, un monstruo que deshace el andamiaje de toda su existencia. Su eclosión de violencia sorprende a los vecinos, quienes, pese a su comportamiento bárbaro, lo califican como normal hasta ese momento».
El hombre ha empezado a darse cuenta de que la identidad masculina se encuentra obsoleta y no responde a las demandas actuales. «La figura del hombre se ha desdibujado no sólo dentro de la pareja, sino también dentro de la sociedad. El hombre del siglo XXI ha de esforzarse por descubrir qué es lo que las mujeres y la sociedad le demandan. Hay que redefinir al varón como se ha hecho con la nueva cocina. El hombre se siente descolocado en un mundo en que las mujeres adoptan actitudes nuevas; da traspiés y comete errores». Uno de los pocos consejos que se permite dar Javier Urra tiene que ver con el sentido del humor. «Hombres y mujeres sabemos que el sentido del humor es un salvavidas para las tormentas del hogar y del exterior. La sonrisa, un bálsamo que casi todo lo cura, endulza el ánimo. Arranquémonos, modifiquemos el gesto facial, alejemos rictus de tristeza y de ira, y conseguiremos optimizar los sentimientos».
«Desde hace años insisto en que hay que feminizar las relaciones, la educación, hay que propiciar la sensibilidad y estimular la empatía. Feminizar no se ha de confundir con afeminar. Demonizar es ser sensibles, vibrar con el otro, ponerle cariño a las plantas, transmitir afecto a los animales, sentir por y con las personas. Es la antítesis de la dureza emocional, de la psicopatía». «Es evidente que estamos al final de una civilización, la pregunta es ¿estamos al comienzo de una nueva? Para hacer este mundo más habitable es imprescindible pasar de una lógica de competitividad a una lógica de cooperación. Precisamos conciliación, flexibilidad e innovación. Para ello, y por pura justicia y necesidad, precisamos igualdad de oportunidades para las mujeres y que ostenten puestos de decisión. Un poder no impuesto por una cuota políticamente estética…».
También destaca Urra las nuevas formas de relacionarse en pareja, con más arraigo en países como Estados Unidos o Gran Bretaña, en las que ya no hace falta que los miembros de esa unión compartan espacio físico y, muchas veces, tampoco sus proyectos vitales. «Los jóvenes aspiran a vivir con fidelidad, pero cuestionan el modelo del matrimonio y familia que estiman sometido al derecho estatal y a la moral religiosa. Ya está en marcha el living apart best together, espacios neutros de convivencia no compartidos que permiten mantener la independencia mutua económica y emocionalmente. La supremacía de la individualidad». En este apartado se incluyen los cada vez más numerosos singles -«una nueva categoría social, los solitarios urbanos, solteros que eligen ellos mismos su soltería. Un celibato que nace de la propia decisión, si bien en algunos casos se aprecia incapacidad para vivir con otra persona. Estos solitarios urbanos están encajados en la sociedad y llevan una vida de relación amplia»- y las familias monoparentales -«mujeres que poseen un fuerte vínculo con sus hijos, un vínculo que no se establece con el hombre. Aseguran que de esta forma no habrá separación de pareja antes de la emancipación del descendiente, pero, por el contrario, se cercena en el tiempo la esperanza de continuidad, que concluye cuando se alcanza la citada emancipación del hijo»-. «Tiranía de la autenticidad, ¿de quién? Mientras algunas mujeres piden a gritos mayor ternura, sensibilidad y afecto por parte de sus parejas masculinas, otras muestran su espanto ante unos varones que califican demasiado suaves (…) Autenticidad, recordemos que nunca debemos hablar de antes de haber, aunque sea brevemente, pensado, de lo contrario emitiremos palabras que se hielan en el aire, nada más haber pronunciado».
Javier Urra considera que ha llegado el momento de reflexionar sobre la convivencia del hombre y la mujer. En este sentido, el autor aconseja a los hombres la aceptación total de su nuevo papel en la sociedad, que comparte al 50 por ciento con la mujer y a ambos la necesidad de encontrarse bien con uno mismo para poder amar plenamente al otro. «El varón está pendiente de reubicación. Hay que educarle para que modifique actitudes profundas, arraigadas en creencias absurdas. Tendrá que convencerse de que la mujer lucha por ella misma, y no contra los hombres. Ha de captar que si se desea recibir, hay que da. Asumir que donde hubo subordinación hay que elegir: competencia o cooperación. Hay que enseñar al hombre a proteger su vida. A liberarse afectivamente para potenciar las relaciones con las mujeres, los hijos y los demás varones». Urra concluye Mujer creciente, hombre menguante con esta afirmación: «Creo en el lenguaje como algo terapéutico y armonioso. Lo propugno, lo ejerzo. Un correcto lenguaje, un gustoso lenguaje, fomenta la buena empatía y esta cálida empatía retroalimenta el fluido lenguaje. Por eso, en este libro me he permitido asomarme a guetos poéticos. Sé que este texto cosechará críticas de todo tipo. Lo asumo. Y no deseo perder tiempo en justificarme, he cumplido 50 años». El autor También es autor de: Violencia, memoria amarga (1997);
Fundación Caja Castellón (España) c/ Enmedio, 82 - Castellón Ciclo de charlas-coloquio DE RAZONES Y HOMBRES Fotografías: Imagen de Javier Urra cedida por
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| ©
Creactivitat 2002 quiénes somos - políticas de uso - políticas de privacidad - publicidad |