Los bancos me provocan una mezcla de insondable complejo de culpa y arranque asesino. No es extraño.
Ha sido siempre así y ahora cuando veo cómo van a echar mano del dinero de los ciudadanos, más. El Estado no tiene dinero, nada de nada, cero. La Administración pública, como su nombre indica, administra. ¿Y qué administra? Nuestro dinerete, el suyo y el mío, y ahora ha decidido dárselo a los bancos para que no sufran. Pobres. Lo que el Estado paga y apaga en estos días de incendios, lo hace con nuestro dinero. Eso sí, muy solidario y muy bombero. No es extraño. Todavía les deben la última campaña electoral.
Los banqueros y sus secuaces son hombres de manicura, camisa de cuello aparte y satisfacciones inmediatas. Con su dinero se harán una limpieza de cutis. Con el mío, alguna marranada urgente. No es extraño. Ellos no son como nosotros. Son otra cosa.
La inmensa mayoría de los ciudadanos permanecemos callados, pendientes del precio de los limones mientras contemplamos cómo ese dinero que el Estado nos lima del sueldo para construir una sociedad mejor se les va en loción a los mismos que nos cobran una comisión por respirar. La población (llamémosle) mundial occidental ha decidido ser buenísima, calladísima y sumisa mientras se deja robar un poco más, ahora con recochineo. Esto sí es extraño, muy extraño.
Tan extraño que he decidido unirme. Un ejercicio de masoquismo, a ver cuánto resisto. A ver cuánto resistimos siendo buenos.
Cristina Fallarás
Publicado en ADN, 09-10-2008
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