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  06/01/2009
 

 Tiempo compartido

 

E

stamos compartiendo el tiempo, entre mi madre, su enfermedad, mi trabajo y yo. Más que compartir es tironear, estirar el tiempo como si se tratara de una goma. Sólo temo que algún día ¡chaasss! Se rompa la goma de tanto estirar y me dé en las narices. ¿Por qué este tiempo compartido? Porque hace unos años a mi madre, de 78 años y tras cinco de viudedad, le empezaron a pasar cosas raras. Vivía sola, era muy independiente, tenía su horario y sus costumbres, paseaba por la ciudad –eso sí, en autobús porque sus piernas hacía rato que no estaban para trotes-, disfrutaba con sus paseos y sus historias. Y, un buen día, empezó a nublarse el sol. Una especie de telaraña le oscurecía las ideas, iba a contar algo y se le olvidaba. Se entristecía más de la cuenta y, a menudo, se enfadaba por cosas que no venía a cuento.

La acompañé a un gerontólogo porque su médico de cabecera decía que era normal, que si la edad, que si el tiempo… El especialista pensó que podía tratarse de un estado depresivo y recomendó un as medicinas. En la segunda visita, después del verano, sospechó que podía tratarse de algún problema añadido y se iniciaron los estudios correspondientes. Resultado: el síndrome del mal de Alzheimer.

Ese mal, ese ir apagando algunas neuronas, le ha ido robando la memoria y también algunas habilidades. Y así han transcurrido los años. Ha ido perdiendo ideas, personas, saberes… pero le quedan algunas fotos que mira para volver a reconocer a las personas. Y le quedan ganas de vivir y de jugar al parchís y al dominó, para los que conserva buenas estrategias de juego. Nunca le gustó perder.

Mi madre vivía sola en su casa y cuando empezó a sentirse insegura le propuse que viniera a mi casa y aceptó. Sólo sucedió que, al cabo de unos días, me hizo saber que desde mi casa no se ve la calle. Es un quinto piso. Desde el suyo, un segundo con un gran ventanal sobre la plazoleta del barrio, la vida era más entretenida. Cierto. Bueno, pues hay que arreglarse. Ahora ella sigue en su casa, en su entorno, y eso la mantiene en un nivel aceptable de autonomía. Poco a poco, a medida que se han presentado las necesidades, hemos buscado las soluciones posibles.

Entre estas soluciones, una es la que nos ocupa ahora COMPARTIR mi tiempo con ella. Es decir, para mí significa practicar la DOBLE jornada, la laboral, que me supone algo más de 35 horas a la semana, y la doméstica, que absorbe totalmente el resto de horas disponibles, porque hay que atender la casa con las tareas que todos conocemos: mercado, cosina, lavadora, plancha… Es decir, lo necesario para mantener cubiertas las necesidades básicas, alimentación e higiene.

Además, en el cuidado de mi madre, hay un tiempo añadido que corresponde a las actividades derivadas de la atención a la salud: desde procurar la medicación y administrarla correctamente hasta acompañarla al médico, al podólogo, a … donde sus achaques requieran, para que tenga mejor calidad de vida.

Este cuidado de su bienestar incluye fomentar la lectura de la prensa y pasar algún tiempo –que ya no es disponible sino arañado de otras tareas- para dedicarlo a jugar al parchís y mantener activas sus estrategias de juego, como forma de impedir, en lo posible, que el mal avance.

Por supuesto, yo no soy superwoman y, por suerte, cuento con la ayuda y colaboración de otras mujeres. Dos de ellas son profesionales: una trabajadora familiar que la acompaña en la comida de mediodía los días que yo no estoy en casa y otra mujer que ayuda algunas tardes en las tareas domésticas. Sobre todo está ahí la insuperable colaboración de mi prima, que saca tiempo de sus trabajos familiares para realizar operativas y sistemáticas visitas que hacen que, aunque yo esté trabajando lejos de casa, mi madre se sienta acompañada.

En definitiva, para CONCILIAR la vida laboral y atender a las necesidades familiares he necesitado hacer algunas variaciones en mi estilo de vida:

Ö Adaptar el ritmo de trabajo y negociar con la empresa un horario laboral de conciliación.

Ö Coordinar con otras personas la forma posible de cuidar a mi madre enferma.

Ö Y reducir, por ahora, el tiempo libre dedicado al ocio.

Finalmente, debo decir que COMPARTIR-CONCILIAR el tiempo entre actividades laborales y actividades derivadas de las tareas reproductivas no es imposible pero requiere una dosis de decisión personal, una dosis de organización de tareas y tiempos “para no morir en el intento”, y una dosis de pedir y aceptar la ayuda y colaboración de otras personas.

 

La Pizarra de Raimunda

Artículo publicado en la revista Dones de Sant Martí, nº 8, marzo de 2006

Barcelona (España)

e-mail: lapizarra@telefonica.net

 

 

 
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