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  12/03/2010
 

 Cuidadores familiares


 

M

ujer sana, de entre 45 y 65 años, ama de casa, su padre o su madre tiene discapacidad. Éste es el prototipo de la mayoría de cuidadores que atiende a personas mayores con necesidad de atención permanente debido a enfermedades como Alzheimer, demencia o parálisis. Según los estudios más recientes, en torno al 80% de los cuidadores familiares responde a este perfil, y sólo en el 20% de los casos el cuidado recae en un hombre de la familia o en otras personas. Del total de atenciones que necesitan recibir estas personas, se calcula que el 88% se desarrolla en el entorno familiar y sólo el 12% restante corresponde a personal sanitario. Para cubrir con personal profesional las atenciones que resuelven los cuidadores familiares, en España sería necesario contratar a 650.000 personas a tiempo completo.

Un trabajo invisible

Históricamente, el desarrollo de la vida de la mujer dentro del seno familiar ha contribuido a que esta situación se prolongue en el tiempo, como si el cuidado de cualquier miembro de la familia fuera inherente a la condición femenina. Así lo recoge también el Instituto de Salud Pública de Navarra (España) en sus materiales de asesoramiento a cuidadores: “Cuidar ha constituido una obligación moral de las familias y de las mujeres, por encima de sus proyectos de vida, un trabajo no pagado, que se hace en casa, ‘invisible’ y poco valorado”.

Tristeza y agotamiento

Además de la tristeza, otro de los síntomas habituales en los cuidadores familiares, es el agotamiento. Las alteraciones que pueden observarse en un cuidador son de tipo físico, como cansancio, dolor de cabeza, problemas de insomnio y dolor  en articulaciones. Se advierten también dolencias de tipo psíquico, como problemas de ansiedad y depresión; sociales, debido a la ausencia de tiempo libre, y laborales, pues en algunos casos el cuidador debe dejar al margen su vida profesional para poder hacerse cargo del familiar incapacitado.

El conjunto de todas estas dolencias constituye el llamado ‘síndrome del cuidador’, una enfermedad que puede afectar a la persona encargada del cuidado debido a que asumir esta responsabilidad supone, además de un esfuerzo sobreañadido, un cambio radical en el modo de vida y el desgaste moral de ver cómo se deteriora un ser querido.

Como se observa, la progresiva incorporación de la mujer al trabajo no ha incidido apenas en una distribución más equitativa de estas labores entre hombres y mujeres. Incluso, en los casos en los que por distintas circunstancias ningún miembro de la familia puede hacerse cargo permanentemente del familiar incapacitado, ser opta por contratar preferentemente a mujeres.

La tarea de cuidar de un familiar puede convertirse en una amenaza para la salud física y emocional del cuidador. Ser escuchado por un profesional que comprenda la situación del cuidador y ofrezca algunas pautas resulta de gran ayuda. 

Algunas claves para que la tarea del cuidador no acabe siendo una pesada carga:

1.- El cuidado de otra persona debe ser compartido; así la atención se realizará mejor.

2.- El cuidador debe cuidar su propia salud; de lo contrario, y debido al estrés que genera ese trabajo, su situación degenerará  en enfermedades psicosomáticas y aislamiento.

3.- Hay que solicitar ayuda. Las administraciones cuentan con algunos recursos de apoyo para estas personas. Así, desde los servicios sanitarios existe un programa de atención domiciliaria. No obstante, se intenta que la ayuda ofertada a nivel individual se desarrolle en el propio centro de salud. Una vez al año se presentan cursos de educación a la salud dirigidos a grupos de cuidadores.

4.- Los cuidados que requiere una persona discapacitada son de tres tipos: instrumental (comprar, cocinar y otras tareas domésticas), personal y sanitario (alimentación, aseo personal, movilidad, descanso y alivio de los síntomas) y emocional (informarle sobre su proceso, potenciar su autoestima, compañía, entre otros). Tanto el cuidado instrumental como el personal y sanitario pueden ser abordados por profesionales. Sin embargo, el emocional, de compañía y vigilancia del enfermo, es conveniente que lo atienda un familiar, es el trabajo constante y el que supone una sobrecarga.

5.- La mejor ayuda es una escucha activa; para ello es necesario aceptar que, entre los sentimientos, puede aparecer la culpa.

6.- Se puede conseguir aprovechar el enriquecimiento humano que supone el apoyo y cuidado a otra persona, y mucho más a un ser querido.

7.- Hay que saber pedir ayuda, delegar y planificar el trabajo compartido. Para ello es imprescindible que el cuidado de un familiar surja de una reflexión y de una decisión consensuada entre las personas del entorno más próximo.


Del artículo publicado en la revista Cancha,

editada por Caja Navarra (España), nº 13, diciembre 2005

cancha@delfos.can.es

 

Fotografía original:
saludmedicinatv.com

 

 

 
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