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  23/05/2012
 

 La soledad de los poderosos

 

© María Donapetry

 

H

ace pocos días fui a ver el estreno de la película británica The Queen (La reina). Lo que más me animó a irme al cine fueron las críticas que había leído (todas poniéndola de excelente para arriba) y el hecho de que estuviera dirigida por Stephen Frears. La publicidad que se le ha dado en los EE.UU. huele a Oscar desde lejos: la brillante actuación de la sin par Helen Mirren, el cuidado primoroso de los detalles de vestuario y de decoración, la incorporación impecable de filmaciones documentales y, en general, lo osado de hacer una bio-película de un personaje real por doble partida y vivo –la reina Isabel II de Inglaterra.

Efectivamente, la crítica no miente ni exagera: no hay ni un actor, por mínimo que sea el papel, que no dé la talla con creces; y la historia que cuenta la película (lo que ocurre con la reina y su familia después del accidente mortal de Lady Di) es perfectamente creíble, y el joven Tony Blair, recién ganadas las elecciones, se convierte en la otra columna principal de este montaje fílmico. A pesar de todo, salí del cine con la impresión de no estar de acuerdo con la crítica. No fui capaz de alinearme con ningún personaje. Nada de lo que hacía o decía ninguno de ellos me proporcionaba una sensación de mejor entendimiento ni de las personas ni de sus circunstancias. Es más, la sensación que tenía era la de alienación completa. Sí, probablemente es verdad que Blair llegó al poder con mucho mejor conocimiento de la gente normal y corriente que la reina. Estoy segura de que la reina, por su parte, ha vivido por y para sus obligaciones de estado en detrimento de una vida emotiva “normal”. Pero, para ese viaje, no necesitaba alforjas. ¿Qué quería esta película de mí como espectadora?  Acostumbrada a que las películas de Frears me hicieran pensar de una manera profundamente crítica sobre muchos aspectos sociales,  The Queen me dejó completamente fría. En el primer momento creí que mi reacción se debía a que no soy monárquica ni me afectan las venturas y desventuras de famosos, por muy románticas o trágicas que sean éstas. Pero he vuelto a pensar en el director y su trabajo, en lo que sé de su manera de pensar y lo que le interesa, y he llegado a la conclusión de que Frears quiere sacudir al espectador complaciente. Quiero decir que la incomodidad, la alienación o el simple despego que sentí, no fue una reacción intelectual o de sentimiento a contrapelo exclusivamente mía, sino algo que el propio director había instilado en su película. The Queen nos ofrece la oportunidad de echar la vista atrás sobre los efectos que tuvo la muerte de Lady Di en Gran Bretaña, pero no de manera inocente sino sabiendo ya, Frears y nosotros, cómo la corona inglesa (quizás como todas las coronas) es incapaz de otro papel que el de figura de museo pase lo que pase y cómo el líder del partido laborista se ha ido moviendo hacia un conservadurismo cercano al de la propia corona sin otro motivo que la seducción y obnubilación de ostentar el poder. En este caso, al menos, no me conmueve observar la soledad de los poderosos; al revés, confirma mis prejuicios hacia ellos y probablemente los del propio Frears.

 

md004747@pomona.edu

Fotografía: thecia.com.au

 

 

 
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