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  23/05/2012
 

 La mala, peor, pésima educación de Almodóvar

María Donapetry

 

No

sé si es de mala educación repetir hasta la náusea los mismos temas, con similares imágenes y parecidos juegos de ficciones dentro de ficciones, pero La mala educación de Almodóvar acaba por resultar tediosa cuando no profundamente irritante. Fui a ver esta película cuando se estrenó en toda España y he esperado pacientemente a que la crítica internacional me iluminara ya que sabía que La mala educación iba a abrir el Festival de Cine de Cannes. La espera ha dado sus frutos secos: hasta los más fervientes groupies de Almodóvar se han quedado sin palabras que desentrañen el proceloso drama visual del director español más “posmo”. Para quien no haya visto La ley del deseo (1986) ni Tacones lejanos (1991), ni siquiera Todo sobre mi madre (1998), La mala educación puede resultar una original exploración a la Fassbinder de las pasiones eróticas homosexuales y su conversión en material narrativo (escrito, oral y visual). Para quien sí ha visto las películas anteriores, La mala educación le parecerá el recuelo de las mismas y le dará la impresión de que Almodóvar se está escribiendo cartas de amor a sí mismo, como ya hiciera Pablo (el director de cine que protagoniza La ley del deseo). 

No quiero ser maleducada, pero en el fondo de mi corazoncito creo que a Almodóvar le mueve el wishful thinking (pensar con el deseo) y que busca con contumacia recrear en su última película la imagen de sí mismo que le gustaría tener o que tuviera el público de él. Cuando vi a Eusebio Poncela (Pablo) haciendo de director homosexual de cine jugueteando eróticamente con Antonio Banderas (Antonio) en La ley del deseo, ya sospeché que, para hacer el papel de su trasunto en la pantalla, Almodóvar no había dejado escapar la oportunidad de escoger a un muy buen actor con un físico atractivísimo del que la cámara daría buena fe. En La mala educación, Almodóvar refina su empeño y nos presenta otro par de buenos actores (Fele Martínez y Gael García Bernal) con sus respectivos cuerpos jóvenes enredándose de nuevo en pasiones, ficciones y películas ante una cámara que los adora. ¿Qué decir del personaje interpretado por Javier Cámara que no viéramos ya en Todo sobre mi madre interpretado por Antonia San Juan?, ¿o del propio Gael García Bernal como imagen de espejo de los papeles que hizo en Tacones lejanos  Miguel Bosé (juez, Hugo, Letal)?, ¿o el de Carmen Maura (Tina, la hermana/-o de Pablo) de La ley del deseo deshidratado y vuelto a reconstituir en La mala educación? Pues eso, que sabe a rancio, a producto procesado y reprocesado hasta perder completamente la pista de la historia primigenia.

Las cartas de amor y de pasión, como las películas, necesitan algo de genuino y de fresco además de un probado oficio. Las repeticiones con variaciones mínimas, los golpes sorpresa que ya no son sorpresa, lo predecible a cada vuelta, las emociones con conservantes y colorantes y los espejos que Almodóvar se inventa para que le digan que es el más bello de todos no están mal para Blancanieves y los siete enanitos pero yo preferiría que me contara otro cuento.


md004747@pomona.edu

Fotografía: diariodecadiz.es

 

 

 
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