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  23/05/2012
 

 Fotografía - Francesc Català-Roca

Una vida buscando la luz


Por Martí Català Pedersen

 

"Desde la distancia de California los ojeaba a menudo y tenía la impresión de que la esencia de la ciudad en la que había nacido y me había criado nunca había sido capturada con tanta magia y calado, en ninguna de las artes. Pero lo cierto es que el mérito no le correspondía ni a la ciudad ni a los sujetos sobre los que se había posado su cámara. La magia de Català-Roca estaba en su mirada, en su capacidad de construir y componer imágenes que siempre sugerían un contenido narrativo, atmosférico, que reinterpretaban la figura, el espacio y el tiempo.»  Carlos Ruiz Zafón.

.


La vida de Francesc empieza marcada por las pérdidas familiares. Tanto su padre como su madre fueron hijos únicos. Pere Català i Pic, su padre, perdió a sus dos hermanos y a su padre cuando sólo tenía dos años de edad. En 1939, Anna Roca Puig, su madre, murió cuatro días después de la entrada de las fuerzas nacionales en la ciudad de Barcelona, y en el caos reinante su cadáver estuvo tres días en el balcón de casa, hasta que el servicio de pompas fúnebres pudo hacerse cargo del cuerpo. Este hecho coincidió con el principio del autoexilio interior de mi abuelo y, felizmente, con la obtención del primer sueldo familiar, en pesetas nacionales, de papá. Tristísima realidad.

A la mayoría de las personas de la generación de mi padre y de mi tío no les quedó otra alternativa que ser autodidactas, porque la educación secundaria o superior cerró sus puertas con la irrupción de la Guerra Civil (1936-1939) y, una vez terminada la contienda, quedaron excluidos por segunda vez de los estudios oficiales cuando se les realizó un examen que evaluaba tanto los conocimientos como la simpatía hacia el nuevo régimen imperante. Se preguntaba, por ejemplo, qué es un sindicato y se pedía nombrar los ministerios que formaban el gobierno. Aunque contestaron con buena intención, no lograron satisfacer a las autoridades: dieron los nombres de varios ministerios del extinto gobierno republicano.

Por suerte la situación no les frustró ni les impidió saciar sus ansias de conocimiento. A pesar de las dificultades, llegaron a conseguir un buen nivel de cultura general gracias a ser autodidactas, a la bien surtida biblioteca paterna y al celo protector que confiere los valores de autoafirmación de los individuos dentro de una familia tan heterodoxa como la nuestra.
En los años que empezó a trabajar para sí mismo era plenamente consciente de que toda la sociedad a su alrededor se transformaba rápidamente. Vio cómo una sociedad, en que era habitual encontrarse con personas analfabetas, poco viajadas y con un destino fatalmente marcado, evolucionaba hacia otra en que la comunicación, la educación y la posibilidad de rehacer la propia vida en otro lugar era más sencillo. Para ser feliz hay que crearse pocas necesidades, fue una lección que aprendió pronto. En el parque de la Ciudadela escuchó cuando un orador anarquista dijo que el primer tirano no estaba en los gobiernos ni en las iglesias, sino que lo llevábamos dentro cada uno de nosotros. Al contarlo, se señalaba con sus propias manos el estómago.

Los referentes imprimen carácter, y en el caso de Francesc son muy importantes los que tienen su origen en el sentido común y en la economía de esfuerzos. No meterse en situaciones que no se dominan y mostrarse prudente y educado eran algunas de sus principales divisas. De sus años de aprendiz contaba muchas anécdotas, tanto de la realización de encargos como de la obtención de las materias primas para realizarlas fotografías. Su voz aún puede ser escuchada: la Fundación Juan March mantiene en Internet una conferencia suya sobre Irving Penn, dictada en 1987 [http://www.march.es/conferencias/anteriores/voz.asp?id=1771]. Solía recurrir a varios refranes, que aplicaba acertadamente en la vida real, como:

-Las verdades de Perogrullo, que a la mano cerrada la llamaba puño.

-Si aprecias la libertad, no te crees necesidades.

-Los mejores premios son el respeto y, si es posible, la amistad de tus clientes.

-Llegar diez minutos antes no te convierte en una persona puntual... pero si te esperas un poquito...


-Nunca he cerrado la puerta a ninguna persona educada.

-No hay mayor desprecio que no hablar nunca de quien sutilmente nos ha hecho daño.

-La Suerte y la Desgracia van repartidas a partes iguales.

-Lo mejor es enemigo de lo bueno.

Definió como una buena foto aquella que refleja una historia bien contada; frecuentemente decía: «Estoy más cerca de la Literatura que de las Artes Plásticas». En el fondo, la mayoría de los intelectuales amigos de Francesc tenían al elogio «poeta» como el supremo en sus oficios. La vida sin poesía se concebía mutilada. La ausencia de poesía en el trabajo impedía que se encontrara el sello personal, cosa bastante valorada en aquella generación, en la que era fácil reconocer esa impronta única y el estilo de cada creador más allá de las modas circunstanciales. Los artistas de finales de los años cuarenta y cincuenta no eran tan esclavos de la moda. Y aunque tenían que ceñirse parcialmente a las necesidades del mercado, les quedaba un margen para la experimentación. Recuerdo la frase del pintor Josep Guinovart: «En aquellos tiempos era más fácil ser pobre».

Creía que políticos, ideólogos, comerciales podían distraer momentáneamente a la mayoría de las personas de lo que era conveniente, pero a largo plazo el bien común otorgaba o quitaba la razón a los que sólo eran unos aprovechados. Creía sinceramente en la bondad de los valores cívicos y no intuía su decadencia, pues consideraba que la experiencia de la Guerra Civil española y de la Segunda Guerra Mundial había servido como escarmiento. La naturaleza optimista de Francesc le permitía pasar por los periodos adversos con la esperanza de que serían compensados en el futuro. Estaba convencido de que existían los ciclos.

Papá buscaba el equilibrio, integraba el dinamismo y, sí podía, evitaba la frontalidad cuando enfocaba un tema. Estaba convencido que quien completaba su propuesta era el público que valoraba sus fotos. Uno de sus motivos de orgullo era poder decir que desde antes de su nacimiento todos los gastos se habían pagado con los ingresos generados por la fotografía y que le hacía ilusión poder lograr llegar así hasta el día de su muerte. Lo consiguió.

Cuando observo una exposición de Francesc, tengo la sensación de compartir el mismo padre con cada una de las fotos colgadas; que todas ellas son mis hermanas. Los niños que salen retratados son apenas unos pocos años mayores que yo, viven en el mismo país en un presente fotográfico que sería inmutable si no fuera por las infinitas lecturas que se ofrecen al público actual y del futuro. Da vértigo, quizás consuelo, esta perspectiva.

Para Francesc todo lo que representaba compromiso y responsabilidad consigo mismo se transformaba en tolerancia hacia los demás. En casa fue fácil distinguir entre fondo y forma, lo que permitía desenmascarar frecuentemente la hipocresía y el falso orgullo. Una vez pregunté a mamá qué encontraba de positivo en papá, y me contestó que a pesar de sus grandes defectos Francesc era divertido e irónico, modestamente sabio y no tan gris como la inmensísima mayoría de sus coetáneos.

En 1998, año en que murió, creía firmemente que cada comarca, o al menos cada provincia, estaría celosa de cuidar su pasado fotográfico. Consciente de haber retratado muchas de las citas importantes de su vida, consuela saber que las casi 200.000 fotografías de su archivo nos sobrevivirán, en casa, sus nietos podrán hacer y rehacer la película de su vida. La narrativa de sus fotos es, en realidad, la épica de su travesía por el desierto. Papá nos preparó para ser conscientes de este hecho. Espero que el presente libro, junto con el interés del público en las muestras de su obra, acorten el periodo de treinta años tras su muerte, que, según nos vaticinaba Francesc, haría falta que transcurriera para entender su obra.

Del final me quedo con su educada ironía positiva, socarrona, y con la frase: «Me he pasado toda la vida buscando la luz».


 

Sala Municipal de Exposiciones de San Benito, Valladolid (España)
Coordinación de la Exposición en la Sala:
Juan González-Posada M.
www.fmcva.org - exposiciones@fmcva.org
Finaliza el 10 de octubre

Imágenes cedidas por la la Sala Municipal de Exposiciones de San Benito


 

 

 

 
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