Home  
La web de Serie Negra
En Face - Perfomance interactiva
Directorio Webs Literatura
Convocatorias, becas y premios
Agustí Centelles, testigo excepcional
L’Hourloupe de Jean Dubuffet
Especial noticias
Man Ray, genio del siglo XX
Eduardo Arroyo. Boxeo y literatura
Ricky Dávila - Descripción y metáfora
Sabine Weiss, fotógrafa de la luz
ARCHIGRAM. Experimental Architecture 1961-74
Historia de la radio
Fotografías de la Colección Laurence Miller
El cartel publicitario 1890 - 1960
Luis Goytisolo: Constelaciones y cosmogonías
Eric Fischl, sensaciones y vibraciones
Directorio webs arte
Sangro pero no muero
ZAJ – Colección archivo Conz
Eugene de Salignac - Documentos de New York
Carlos León, la culminación
Robert Mapplethorpe, el artista transgresor
Takashi Murakami
Chema Cobo
Vogue y Vanity Fair - Ilustraciones
Picasso. Sangre y arena
III Premio Internacional de Novela Negra RBA
La novela negra, cómplice en verano
Frank McCourt, autor de Las cenizas de Ángela
Biblioteca Digital Mundial
Émile Zola - Fotógrafo
MAGNUM'S FIRST - Exposición
MAGNUM'S FIRST - Fotógrafos
Esteban Vicente
Eugenia Rico, una escritora joven
Exposición B de Bernal
Poemas y canciones
«Yo, Picasso»: genio y chamán
El profesor Zdenek Bazant
MECAL 2009 - Festival Internacional Cortometrajes
Voom Portraits - Robert Wilson
El hombre que pudo salvar el mundo
Creadoras del siglo XX
Monedas africanas tradicionales
MECAL 2009 - Festival Internacional Cortometrajes
Nativel Preciado: Nunca seremos viejos
Dau al Set
Marcos Ana, el Quijote viviente - III
Marcos Ana, el Quijote viviente - II
Marcos Ana, el Quijote viviente - I
Los niños en la colección M. + M. Auer
Henryk Ross - Recuerdos enterrados
Matthias Weischer, creando espacios reales
Leandre Cristòfol - Del aire al aire
Homenaje a Johann Sebastian Bach
Manuela Ballester, hace 100 años...
II Premio Internacional de Novela Negra RBA
Bill Brandt - The Home
Game Over
Ouka Leele - Inédita
Tránsitos. En África
El Guerrero del antifaz
Yang Fudong, de la Generación Post-Tiananmen
Leonardo Da Vinci / Hombre - Inventor - Genio
Federico Mayor Zaragoza
Tan bella, tan ella: Sukkar banat
Daniel Richter
Jason Martin, vínculo entre luz, forma, espacio...
Miguel Macaya o los retratos de la derrota
Roni Horn, estética contadictoria
Louise Bourgeois

 Buscar
en 39ymas.com
Google


Temas Empresa Comunidad
  belleza | cultura | familia | ocio | salud | mujeres y entorno | tendencias | sexo
  03/09/2010
 

 Colección Cabra de Luna – Obra Gráfica

 

Por Jose Manuel Cabra de Luna

 

El

desesperantemente inteligente Jorge Luis Borges en su breve, pero muy intenso texto, El idioma analítico de John Wilkins  nos cuenta que éste inventó un idioma universal en el que las palabras no eran “torpes símbolos arbitrarios”, sino que cada una de las letras que las integran (eran) significativas, como lo fueron las de la Sagrada Escritura  para los cabalistas; nos habla de las extraordinarias clasificaciones que, con su idioma, realizaba y así las piedras se dividían en: Comunes (pedernal, cascajo, pizarra), módicas (mármol, ámbar, coral), preciosas (perla, ópalo), transparentes (amatista, zafiro) e insolubles (hulla, greda, arsénico). En los metales la clasificación era: imperfectos (bermellón, azogue), artificiales (bronce, latón), recrementicios (limaduras, herrumbre), y naturales (oro, estaño, cobre).

Pero nuestra admiración hacia el especular maestro argentino se acrecienta cuando, tras conocer las imaginativas ordenaciones que resultan del idioma analítico de Wilkins, alude a que en las remotas páginas de cierta enciclopedia china está escrito: “… que los animales se dividen en (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper ese jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.”

Esta exasperante pero, al tiempo, endiabladamente divertida  clasificación inspiró al filósofo francés Michel Foucault su última  y conocida obra Las palabras y las cosas. El profesor del “College de France” reflexiona sobre el texto borgiano y concluye que lo insólito de la enumeración no es la vecindad de las cosas que el autor argentino agrupa, sino el sitio en que podrían ser vecinas y así se pregunta: “Los animales i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello” ¿En qué lugar podrían encontrarse, a no ser en la voz inmaterial que pronuncia su enumeración, a no ser en la página que la transcribe? ¿Dónde podrían yuxtaponerse a no ser en el no-lugar del lenguaje? …. De este texto de Borges, de entre sus surcos  -nos sigue diciendo Foucault-  “nació la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente y el acercamiento de lo que no se conviene; sería el desorden que hace centellear los fragmentos de una gran número de posibles órdenes en la dimensión, sin ley ni geometría, de lo heteróclito”

“Cuándo levantamos una clasificación reflexionada  -se pregunta el filósofo-  ¿cuál es la base a partir de la cual podemos establecerla con certeza? ¿A partir de qué tabla, según qué espacio de identidades, de semejanzas, de analogías, hemos tomado la costumbre de distribuir tantas cosas diferentes y parecidas? ¿Cuál es esta coherencia…? Porque no se trata de ligar las consecuencias, sino de relacionar y aislar, de analizar, de ajustar y de empalmar contenidos concretos; nada hay más vacilante, nada más empírico (cuando menos en apariencia) que la instauración de un orden de las cosas; nada exige con mayor insistencia que no nos dejemos llevar por la proliferación de cualidades y formas… Un sistema de los elementos … es indispensable para el establecimiento del orden más sencillo. El orden es, a la vez, lo que se da en las cosas como su ley interior, la red secreta según la cual se miran en cierta forma unas a otras, y lo que no existe a no ser a través de la reja de una mirada, de una atención, de un lenguaje; y sólo en las casillas blancas de este tablero se manifiesta en profundidad como ya estando ahí, esperando en silencio el momento de ser enunciado”. 

Si de intenso hemos adjetivado el texto de Borges, de no menor intensidad hemos de calificar al de Foucault.  De las insólitas elucubraciones del escritor deducimos, a más de mil sabias consecuencias y disfrutes, que en el plano del lenguaje toda clasificación es posible y arbitraria. Mas el filósofo nos enseña que el mundo de la cosa es otra cosa, y que las cosas están ahí, en su realidad y con sus requerimientos; su texto es iluminador. Sobre qué sea una colección no se puede decir más en menos. En las palabras de Foucault está todo y para empezar por el principio, nos dice que coleccionar es establecer una clasificación reflexionada. Pero esa reflexión ha de sustentarse en algo que ataña a las cosas, en una raíz común que otorgue coherencia a ese agrupamiento que de ellas hacemos, es decir, que las convierta en un conjunto con sentido.

Con agudeza extraordinaria nos dice que no se trata de ligar las consecuencias sino de relacionar y aislar, de analizar, de ajustar y de empalmar contenidos concretos. Por ello el coleccionar no es una decisión a posteriori, no es buscar afinidades sobrevenidas (consecuencias) una vez que las cosas reunidas ya están juntas y a donde llegaron por azar o por una caprichosa acumulación, no; hacer colección es algo distinto, es reunir esas cosas precisamente porque son esas y no otras y para eso es necesario descubrir en ellas ese orden interno que las hace relacionarse entre sí, aunque aún no estén agrupadas (coleccionadas); incluso viendo a la pieza aislada el coleccionista sabe que, en la ordenación que ha establecido, esa pieza tiene un hueco en su casilla correspondiente. Esa búsqueda del objeto que eternamente falta es lo que convierte el acto de coleccionar en una actividad incesante, inacabable y creadora. Pues así como el conocimiento es arborescente y una idea lleva a la otra y ésta a otra y así hasta el infinito; una pieza lleva a la siguiente y esta a la de más allá que, inmediatamente, dará sentido a otra a la que echa en falta… hasta nunca acabar.

"..."

Hay pues en el coleccionar una voluntad decidida de coger cosas y allegarlas, (acercarlas entre sí). Mas para que esa aproximación no sea arbitraria y, por tanto, carente de sentido, las cosas que se reúnen  -las que hemos escogido para agrupar-  han de tener algo en común, han de mirarse de cierta forma unas a otras buscando entre ellas su afinidad muchas veces secreta (cosas de la misma clase, según  el diccionario de María Moliner); han de constituir una cosecha. Ese estar en comunidad natural es lo que dota al conjunto de unidad, lo que lo singulariza, diferenciándolo de la mera acumulación y constituyéndolo en  colección. 

Para quienes consideramos que la obra de arte es una condensación de saberes, una concentración de miradas posibles sobre un acontecer o una época (razón por la que una novela, una película o una obra plástica pueden contener mejor el espíritu de un momento o de una situación que un tratado de historia), el coleccionar arte es una obligación que toda generación tiene para con las siguientes, a más de un maravilloso disfrute para sí misma.

Y una colección sólo es posible hacerla desde la pasión, desde el enamoramiento (aunque, como en todo amor, el coleccionista pase por muy distintas fases en su relación con esas cosas que ha ido trabajosamente reuniendo). Es un tópico el binomio colección / pasión, pero es cierta esa unión. Cuando quien colecciona es una institución, detrás de ella siempre aparecen o un mecenas concreto o  uno o varios especialistas que marcan el sentido de esa colección y esa labor de búsqueda, de coordinación, de “dación de sentido” sólo es posible desde un amor ilimitado por la tarea, es decir, desde una actitud apasionada. Aún más obvio resulta ello si quien colecciona es una persona. En ese caso, y de forma irremediable, detrás de una colección personal hay una vida. “Dime de qué obras te has rodeado y te diré quien eres”; es esa una verdad incontrovertible.

El coleccionista, a veces, intenta sustraerse a su destino. Se niega a sí mismo su condición de tal, la pospone o la enfría, temeroso –quizá- de entrar en una dinámica en espiral que sabe no tiene fin y como conoce, con Walter Benjamín, que se está convirtiendo en “un tipo al que mueven pasiones peligrosas, si bien domesticadas”, intenta templar aún más ese apasionamiento y se limita. Estructura su clasificación hasta lo indecible, reduce el campo de actuación, se especializa, acota el campo de trabajo… intenta (siguiendo el consejo de Spinoza) que la razón aquiete el apasionamiento pero el bosque de las obras de arte es inabarcable siempre y se extiende sin cesar y sin fin posible.

Frente a lo que comúnmente se estima el coleccionista no busca el enriquecimiento, su colección es de lo último que se desprendería. Pocas veces ve de ella su valor económico. Esos objetos acaban convirtiéndose en motor de su vivir. Viaja por ellos, sus lecturas tienen mucho que ver con unas y otras de las cosas de que se ha ido rodeando y acaba sacrificando otros placeres (viajes, otros objetos, bienes) para poder seguir aumentando esa colección que, en ocasiones, piensa es lo que da sentido a su vida, pues que él se lo da a esas cosas y ordena, así, el mundo.

Artistas de la colección

 

Sala Municipal de Exposiciones del Museo de la Pasión, Valladolid (España)
Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid
Comisario: José Manuel Cabra de Luna
Coordinación de la Exposición en la Sala Municipal de Exposiciones: Juan González-Posada M.
www.fmcva.org
exposiciones@fmcva.org
Finaliza el 25 de junio

Imágenes cedidas por la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid (España)

 

 

 
Últimas noticias
Servicios
jurídicos
Recursos Humanos
Coaching
Multimedia
Foro 39ymás
Regístrate
Contacta
Recomienda

RSS
¡No te pierdas nada!
¡Suscríbete!

Regístrate para recibir los nuevos artículos mensualmente



© Creactivitat 2002
quiénes somos - políticas de uso - políticas de privacidad - publicidad