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| 20/07/2008 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Colección Cabra de Luna – Obra Gráfica ![]()
Por Jose Manuel Cabra de Luna
desesperantemente inteligente Jorge Luis Borges en su breve, pero muy intenso texto, El idioma analítico de John Wilkins nos cuenta que éste inventó un idioma universal en el que las palabras no eran “torpes símbolos arbitrarios”, sino que cada una de las letras que las integran (eran) significativas, como lo fueron las de la Sagrada Escritura para los cabalistas; nos habla de las extraordinarias clasificaciones que, con su idioma, realizaba y así las piedras se dividían en: Comunes (pedernal, cascajo, pizarra), módicas (mármol, ámbar, coral), preciosas (perla, ópalo), transparentes (amatista, zafiro) e insolubles (hulla, greda, arsénico). En los metales la clasificación era: imperfectos (bermellón, azogue), artificiales (bronce, latón), recrementicios (limaduras, herrumbre), y naturales (oro, estaño, cobre). Pero nuestra admiración hacia el especular maestro argentino se acrecienta cuando, tras conocer las imaginativas ordenaciones que resultan del idioma analítico de Wilkins, alude a que en las remotas páginas de cierta enciclopedia china está escrito: “… que los animales se dividen en (a) pertenecientes al emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper ese jarrón, (n) que de lejos parecen moscas.” Esta exasperante pero, al tiempo, endiabladamente divertida clasificación inspiró al filósofo francés Michel Foucault su última y conocida obra Las palabras y las cosas. El profesor del “College de France” reflexiona sobre el texto borgiano y concluye que lo insólito de la enumeración no es la vecindad de las cosas que el autor argentino agrupa, sino el sitio en que podrían ser vecinas y así se pregunta: “Los animales i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello” ¿En qué lugar podrían encontrarse, a no ser en la voz inmaterial que pronuncia su enumeración, a no ser en la página que la transcribe? ¿Dónde podrían yuxtaponerse a no ser en el no-lugar del lenguaje? …. De este texto de Borges, de entre sus surcos -nos sigue diciendo Foucault- “nació la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente y el acercamiento de lo que no se conviene; sería el desorden que hace centellear los fragmentos de una gran número de posibles órdenes en la dimensión, sin ley ni geometría, de lo heteróclito”. “Cuándo levantamos una clasificación reflexionada -se pregunta el filósofo- ¿cuál es la base a partir de la cual podemos establecerla con certeza? ¿A partir de qué tabla, según qué espacio de identidades, de semejanzas, de analogías, hemos tomado la costumbre de distribuir tantas cosas diferentes y parecidas? ¿Cuál es esta coherencia…? Porque no se trata de ligar las consecuencias, sino de relacionar y aislar, de analizar, de ajustar y de empalmar contenidos concretos; nada hay más vacilante, nada más empírico (cuando menos en apariencia) que la instauración de un orden de las cosas; nada exige con mayor insistencia que no nos dejemos llevar por la proliferación de cualidades y formas… Un sistema de los elementos … es indispensable para el establecimiento del orden más sencillo. El orden es, a la vez, lo que se da en las cosas como su ley interior, la red secreta según la cual se miran en cierta forma unas a otras, y lo que no existe a no ser a través de la reja de una mirada, de una atención, de un lenguaje; y sólo en las casillas blancas de este tablero se manifiesta en profundidad como ya estando ahí, esperando en silencio el momento de ser enunciado”. Si de intenso hemos adjetivado el texto de Borges, de no menor intensidad hemos de calificar al de Foucault. De las insólitas elucubraciones del escritor deducimos, a más de mil sabias consecuencias y disfrutes, que en el plano del lenguaje toda clasificación es posible y arbitraria. Mas el filósofo nos enseña que el mundo de la cosa es otra cosa, y que las cosas están ahí, en su realidad y con sus requerimientos; su texto es iluminador. Sobre qué sea una colección no se puede decir más en menos. En las palabras de Foucault está todo y para empezar por el principio, nos dice que coleccionar es establecer una clasificación reflexionada. Pero esa reflexión ha de sustentarse en algo que ataña a las cosas, en una raíz común que otorgue coherencia a ese agrupamiento que de ellas hacemos, es decir, que las convierta en un conjunto con sentido. Con agudeza extraordinaria nos dice que no se trata de ligar las consecuencias sino de relacionar y aislar, de analizar, de ajustar y de empalmar contenidos concretos. Por ello el coleccionar no es una decisión a posteriori, no es buscar afinidades sobrevenidas (consecuencias) una vez que las cosas reunidas ya están juntas y a donde llegaron por azar o por una caprichosa acumulación, no; hacer colección es algo distinto, es reunir esas cosas precisamente porque son esas y no otras y para eso es necesario descubrir en ellas ese orden interno que las hace relacionarse entre sí, aunque aún no estén agrupadas (coleccionadas); incluso viendo a la pieza aislada el coleccionista sabe que, en la ordenación que ha establecido, esa pieza tiene un hueco en su casilla correspondiente. Esa búsqueda del objeto que eternamente falta es lo que convierte el acto de coleccionar en una actividad incesante, inacabable y creadora. Pues así como el conocimiento es arborescente y una idea lleva a la otra y ésta a otra y así hasta el infinito; una pieza lleva a la siguiente y esta a la de más allá que, inmediatamente, dará sentido a otra a la que echa en falta… hasta nunca acabar. "..." Hay pues en el coleccionar una voluntad decidida de coger cosas y allegarlas, (acercarlas entre sí). Mas para que esa aproximación no sea arbitraria y, por tanto, carente de sentido, las cosas que se reúnen -las que hemos escogido para agrupar- han de tener algo en común, han de mirarse de cierta forma unas a otras buscando entre ellas su afinidad muchas veces secreta (cosas de la misma clase, según el diccionario de María Moliner); han de constituir una cosecha. Ese estar en comunidad natural es lo que dota al conjunto de unidad, lo que lo singulariza, diferenciándolo de la mera acumulación y constituyéndolo en colección. Para quienes consideramos que la obra de arte es una condensación de saberes, una concentración de miradas posibles sobre un acontecer o una época (razón por la que una novela, una película o una obra plástica pueden contener mejor el espíritu de un momento o de una situación que un tratado de historia), el coleccionar arte es una obligación que toda generación tiene para con las siguientes, a más de un maravilloso disfrute para sí misma. Y una colección sólo es posible hacerla desde la pasión, desde el enamoramiento (aunque, como en todo amor, el coleccionista pase por muy distintas fases en su relación con esas cosas que ha ido trabajosamente reuniendo). Es un tópico el binomio colección / pasión, pero es cierta esa unión. Cuando quien colecciona es una institución, detrás de ella siempre aparecen o un mecenas concreto o uno o varios especialistas que marcan el sentido de esa colección y esa labor de búsqueda, de coordinación, de “dación de sentido” sólo es posible desde un amor ilimitado por la tarea, es decir, desde una actitud apasionada. Aún más obvio resulta ello si quien colecciona es una persona. En ese caso, y de forma irremediable, detrás de una colección personal hay una vida. “Dime de qué obras te has rodeado y te diré quien eres”; es esa una verdad incontrovertible. El coleccionista, a veces, intenta sustraerse a su destino. Se niega a sí mismo su condición de tal, la pospone o la enfría, temeroso –quizá- de entrar en una dinámica en espiral que sabe no tiene fin y como conoce, con Walter Benjamín, que se está convirtiendo en “un tipo al que mueven pasiones peligrosas, si bien domesticadas”, intenta templar aún más ese apasionamiento y se limita. Estructura su clasificación hasta lo indecible, reduce el campo de actuación, se especializa, acota el campo de trabajo… intenta (siguiendo el consejo de Spinoza) que la razón aquiete el apasionamiento pero el bosque de las obras de arte es inabarcable siempre y se extiende sin cesar y sin fin posible. Frente a lo que comúnmente se estima el coleccionista no busca el enriquecimiento, su colección es de lo último que se desprendería. Pocas veces ve de ella su valor económico. Esos objetos acaban convirtiéndose en motor de su vivir. Viaja por ellos, sus lecturas tienen mucho que ver con unas y otras de las cosas de que se ha ido rodeando y acaba sacrificando otros placeres (viajes, otros objetos, bienes) para poder seguir aumentando esa colección que, en ocasiones, piensa es lo que da sentido a su vida, pues que él se lo da a esas cosas y ordena, así, el mundo.
Sala Municipal de Exposiciones del Museo de la Pasión, Valladolid (España) Imágenes cedidas por la Fundación Municipal de Cultura del Ayuntamiento de Valladolid (España)
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