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| 04/12/2008 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Tan bella, tan ella: Sukkar banat ![]() (Nadine Labaki, 2007)
aramelo, azúcar, agua y unas gotas de limón, es el título y la síntesis de la única película libanesa que he visto y me ha resultado preciosa. El film abre con una escena en la que unas manos de mujer están preparando caramelo. Las manos le dan vueltas y vueltas a los ingredientes mientras se derriten y forman un líquido espeso y dorado. Terminado el proceso, la mujer extiende el caramelo sobre una superficie plana, le pega un pellizco a la mezcla y se lo lleva a la boca. Hasta ahí, nada inesperado; pero segundos después, con una espátula, coge otro poco de caramelo y lo extiende sobre la piel de otra mujer para hacerle una depilación. La metáfora del dulce que sirve para dar placer pero también puede provocar un dolor agudo nos lleva desde el principio a un mundo marcada y tradicionalmente femenino en el que se nos presentan mujeres, sus deleites y sus sufrimientos, su belleza y su decadencia, y los esfuerzos (a veces del todo inútiles o incomprensibles) que hacen por amor. El lugar donde ocurre la mayor parte de la historia de Caramelo es un salón de belleza en un barrio cristiano de Beirut. El nombre del negocio es Si Belle (Tan Bella), sólo que la letra B está casi caída y parece que se llama Si elle (Tan ella). Allí se desarrollan las vidas cotidianas de cinco mujeres libanesas y el público se ve envuelto en sus problemas: Layal (Nadine Labaki) es una de las peluqueras y trata desesperadamente de mantener una relación amorosa con un hombre casado, Nisrine (Yasmine Al Masri) se va a casar pero ya ha perdido su virginidad y no sabe qué va a hacer, Rima (Joanna Mourkazel) es lesbiana y tiene dificultades para expresarse libremente, Jamal (Gisèle Aouad) se niega a aceptar su edad y Rose (Sihame Haddad), una costurera que trabaja al lado del salón de belleza y que ha dedicado su vida a cuidar de su hermana, acaba de conocer a su primer amor. Pero, como ocurre en las buenas películas, lo importante no es sólo lo que les pasa a los personajes sino también cómo nos lo cuentan. El barrio del salón de belleza es el microcosmos libanés que la directora ha escogido para contarnos algo de lo que significa precisamente ser de su tierra: profundamente multicultural y resistente. Aunque no se hacen referencias directas a la guerra civil que duró desde 1975 hasta el 90, la ética de la película es la de apuntar hacia la convivencia tranquila de una población de orígenes étnicos variadísimos, con religiones diferentes, incluso con idiomas diferentes. Por supuesto, el factor aglutinante es el interés por el otro, el amor generoso, el calor humano (como el calor que derrite los ingredientes del caramelo). Podríamos pensar que Caramelo es una película de mujeres para mujeres, pero eso sería perderse precisamente una de las partes de toda ambivalencia. El interés que cada mujer tiene en otros (hombres y mujeres), no puede dejar de provocar un interés recíproco en su mundo íntimo. Visualmente Caramelo combina los colores cálidos del sol filtrado por celosías o a cielo abierto con los ultramodernos neones que no suelen favorecer a nadie en particular precisamente por su frialdad. La dedicatoria de la película “à mon Beirut” manifiesta una predilección del todo subjetiva de la que, al final, acabamos participando todos con la sensación de que, efectivamente, esa ciudad, y su gente, es “si belle” (tan bella) porque es “si elle” (tan ella).
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