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| 20/07/2008 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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La fotografía de Martine Franck ![]()
Una apariencia de eternidad
“Podemos preguntarnos qué tienen en común una isla en el mar de Irlanda y el Théâtre du Soleil, artistas, centenarios, profesores del Collège de France y niños considerados reencarnaciones, por atenernos a algunos de los temas favoritos de Martine Franck, a los que vuelve con una atención discreta y afectuosa, con una asiduidad que le permite escapar de los límites habituales de la fotografía, prisionera del instante cuando no esclava de las circunstancias. Si miramos más de cerca, nos damos cuenta que sus personajes pertenecen casi todos a una comunidad restringida, de cuya historia encarnan un momento, por nacimiento o por elección. Los individuos no son más que la forma pasajera (y sin embargo preciosa) de algo que les sobrepasa, pero que sin ellos moriría: un oficio, unos gestos, un saber hacer, un arte o una memoria que se transforman y que sin embargo reconocemos… Ya se trate de una boda en una sinagoga, de un niño tibetano con su tutor, de una pareja de enamorados en un cementerio, de una reunión de veteranos, de una cena de Navidad, de un carnaval o de Furias salidas de los infiernos atravesando los siglos y la imaginación de los hombres, en cada caso lo que nos muestra Martine Franck es la experiencia del tiempo (…).”
Primeros descubrimientos Mi infancia fue cosmopolita. De ella conservé el gusto por los viajes y una curiosidad infinita por las gentes. Nacida en Bélgica en una familia flamenca francófona de Amberes, recibí una educación inglesa, orientada principalmente hacia el amor al arte. Al principio vivimos en Londres. Cuando se declaró la guerra mi padre se presentó voluntario en el ejército británico. Luego mi madre, mi hermano Eric y yo, nos embarcamos a Long Island en los Estados Unidos. Pasamos de Nueva York a Arizona, antes de volver en 1944 a Londres ¡donde seguían cayendo las bombas V2! Empecé a interesarme por la historia del arte a los doce, trece años, primero en Inglaterra y luego en la Universidad de Madrid. Desde muy pequeña mis padres me llevaban con regularidad a visitar museos y galerías. A mi abuelo, amigo de pintores belgas como James Ensor, Constant Permeke, Rik Wouters, le gustaba coleccionar obras de arte. Mis padres continuaron esta tarea reuniendo a pintores flamencos y franceses. Cuando llegué a París, Pierre Skira, hijo del editor de Ginebra, me dio a conocer la escultura de Etienne Martin, a quien dediqué mi primer libro de fotos. Siendo estudiante en la Escuela del Louvre, yo quería trabajar en un museo o en una galería. Fue sin embargo mi gran periplo por Extremo Oriente con Ariane Mnouchkine el que me decidió sobre mi verdadero camino.
Ariane Mnouchkine
Inicios Fotográficos De vuelta a París me concedieron una beca en Time-Life como asistente de algunos fotógrafos extranjeros de paso por París. Eliot Elisofon y después Gjon Mili me apoyaron en mis primeros reportajes sobre el teatro: Les petits-bourgeois de Maxime Gorki y Le Capitaine Fracasse en el teatro Mouffetard, después La Cuisine de Arnold Wesker y Le Songe d’une nuit d’été en el circo Medrano.
Le Théâtre du Soleil Ariane Mnouchkine creó la cooperativa del Théâtre du Soleil en París en 1964. Yo participé en su aventura de una manera particularmente afortunada ya que pude seguir a la troupe desde su primera creación hasta hoy. La manera en que Ariane hace trabajar a los artistas sigue impresionándome. En un principio no da a cada uno un papel particular. Cada uno puede elegir. Con el paso de los días la situación se va aclarando, algunas personalidades se imponen. Su teatro, lejos de cualquier naturalismo, de cualquier realismo, es una transposición permanente. De esta manera comparte su interés por el nô y por el kabuki japonés tradicional, el khatakali hindú, la gestualidad coreana, la danza contemporánea, o la commedia dell’arte… Mis fotos intentan expresar la evolución compleja de sus diferentes espectáculos a través de los ensayos –más aún que durante las representaciones-, y reflejar este acopio de referencias que son las suyas, cuando después de tantos ensayos y de tanto trabajo, la suma alcanza la perfección hasta en el mínimo detalle: movimientos, vestuario, maquillajes, luces…
El retrato me apasiona. Siempre se produce un encuentro nuevo. Antes de las tomas estoy aterrada, después poco a poco las lenguas se desatan y empezamos a conocernos. Se empieza siempre por una conversación. Aunque puede ser que algunas veces, durante horas y días nos quedemos observando, sin decir una palabra, sin “molestar”. Lo que busco es captar la luz en la mirada, los gestos, un momento de escucha o de concentración- justo cuando el modelo no habla. Contrariamente a otros fotógrafos (Sarao Mono, Maree Lauree de Decaer, Ilse Bing, Rogi André) cuyos autorretratos me conmueven, nunca he querido fotografiarme. Hoy lo lamento, ya que con el paso del tiempo, los autorretratos se vuelven fascinantes. Hay un tema que siempre me ha conmovido: la vejez. La recopilación titulada Le Temps de vieillir no es un álbum de retratos en el sentido estricto del término- más bien un verdadero cuestionamiento social sobre una realidad mirada “de frente”. Gracias a este libro entré en contacto con los Hermanitos de los Pobres, que se ocupan de personas de edad avanzada y de los excluidos. En múltiples ocasiones, pude seguir su trabajo cotidiano y participar en sus actividades. Muy pronto entendieron que la fotografía puede ayudar a cambiar las ideas sobre la vejez.
Los paisajes Siempre he fotografiado paisajes por placer, por necesidad. La toma de vista es lo contrario de la instantánea. Hay que darse un tiempo para contemplar, para tomar energías. Es una forma de ejercicio de meditación visual, ante espacios desconocidos marcados a menudo por la mano del hombre. El haber recorrido recientemente en China la ruta del budismo ha supuesto también una experiencia importante. Ante aquellas inmensidades, aquellas cuevas, aquellos templos, he sentido la misma emoción que inspiró y guió a millares de peregrinos durante siglos. Mis paisajes son al mismo tiempo románticos y clásicos: clásicos por la composición, el contenido, románticos por el extrañamiento, el gusto por lo extraño. En mis tomas a menudo aparece un elemento animal o humano que ordena el conjunto. Pero también me gustan los espacios puros, descarnados, como los cielos de Noruega en Bergen, que me suenan a música de Sibelius. Ultimamente se me presentan muchas oportunidades de viajar: el otoño pasado fui invitada por el primer Festival internacional de fotografía de Pingyao en China, y poco después Traveller Magazine me pidió un reportaje en Jordania de donde provienen algunas imágenes de esta exposición.
A través del espejo Se trata de un tema recurrente que me llegó de manera totalmente involuntaria: los durmientes, los lectores, los mirones. El espejo permite alejarse de la realidad. Algunos retratos se han impuesto de manera natural: la compositora Betsy Jolas ante el gran espejo de su pequeño despacho. También las sesiones de maquillaje de los actores o de los bailarines, Erhard Stiefel que fabrica las máscaras del Théâtre du Soleil. Se juega con el narcisismo del otro: los que se descubren ante un espejo, los actores que se maquillan para convertirse en otro yo mismo.
Fotografía y romanticismo Mis primeras referencias fueron más pictóricas que literarias. De modo que como pasé una parte de mi infancia en Gran Bretaña, el romanticismo evoca ante todo la pintura inglesa del siglo XIX, en particular la sensibilidad de los pre rafaelistas; heroínas frágiles, cuyas penas de amor son un poco mórbidas, desmayadas en paisajes aureolados de niebla, o en sombrías estancias cargadas de olores marchitos. El romanticismo en pintura es muy descriptivo, cuenta historias del pasado. En unos decorados de jardines o de arquitectura, más allá de la naturaleza, exalta la belleza de la juventud y del mismo modo, el sentimiento de la muerte. Pero la pintura romántica es también el universo hechicero y misterioso del alemán Caspar David Friedrich.
Blanco y negro, color En general prefiero el blanco y negro que permite una transposición de la realidad, cierta distancia respecto a lo concreto que da pie a un instante de ensueño. En cambio algunas veces utilizo el color, en particular para el Théâtre du Soleil, ya que la luz y el ambiente “irreal” de un espectáculo pueden añadir emoción visual.
La técnica Por lo general soy fiel a mis máquinas tradicionales: para los retratos y los reportajes una Leica M, cuyo tacto me gusta –se adapta bien a la mano-, para los paisajes y el teatro, una Canon con zoom. Experimento poco con las nuevas máquinas, con las técnicas modernas (Polaroid, panorámica, digital…). Lo que intento sobre todo es que el exceso de material no me agobie. Me gusta viajar ligera de equipaje. La máquina me sirve para tomar notas como en un cuaderno- no para ejecutar una tela monumental. Quiero poder atrapar rápidamente instantáneas para después encontrarlas durante el revelado de la película, durante el examen de la placa de contacto y volver a trazar el desarrollo del momento. Actualmente cuando las posibilidades técnicas son infinitas para la nueva generación, permanezco fiel a un método llamado “clásico”. El cliché, retenido y ampliado tal cual sin retoques en la tirada.
La comunidad de los fotógrafos El mundo de los fotógrafos es mucho más pequeño y sin duda más fraternal que el de los pintores o escultores. Todos pertenecen a una gran familia en la que todo el mundo se conoce. La agencia Vu, de la que formé parte desde 1970, había sido creada en París por Pierre de Fenöyl. Cuando se marchó a los Estados Unidos, algunos de nosotros creamos en 1972 Viva. Como era la única mujer del grupo, nos llamaban “Blancanieves y los siete enanitos”… Fue en aquella época cuando fotografié a Paul Strand, poco antes de su muerte. Acababa de escribir una carta muy alentadora sobre los fotógrafos de la agencia Viva. Aquel viejo maestro de la fotografía había encontrado refugio en Francia en Orgeval, cerca de Saint-Germain-en-Laye, después de ser expulsado de los Estados Unidos por el maccartismo. Ahora que formo parte de la agencia Magnum, me doy cuenta de hasta qué punto una agencia puede ser un lugar de emulación- aunque el deseo de perseverar se encuentra en uno mismo. Martine Franck.
Sala Municipal de Exposiciones de San Benito, Valladolid (España) La primera imagen que ilustra el artículo Peter Brook, 1997 Nîmes (Francia), 1984 La fotografía de Ariane Mnouchkine de iti-worldwide.org
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