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  23/05/2012
 

 El cine, mi pasión

Madres Almodóvar

 

 

 

V

aya por delante mi enhorabuena al Oscar que le acaban de dar a Almodóvar. En teoría se lo han dado al mejor guión, pero yo creo (dado que ya vamos por el segundo en menos de tres años) que se lo han dado a “las madres de Almodóvar”. Ya sé que este “madres” en plural resulta confuso. No, no quiero decir que Pedro Almodóvar haya tenido más de una madre, al fin y al cabo para todos reza el dicho de “Madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle”. El caso es que últimamente el buque insignia “Almodóvar” (y lo denomino así porque son sus películas las que se ven como cine español en otros países) va cargado de madres. Y qué madres.

 

 Cuando salió Todo sobre mi madre, me asombró que la crítica la jaleara como “obra maestra” del cineasta español. Los entendidos le otorgaron todo tipo de premios: Palmas, Goyas, Oscares… de todo. Yo me quedé pensando en la madre protagonista, Manuela (Cecilia Roth) y en Agrado (Antonia San Juan) y los respectivos papeles que representaban. La una no se salía durante toda la película del corsé maternal más estricto: una madre comprensiblemente dolorosa que no puede rehacer su vida después de la muerte de su hijo más que volviendo a ser madre aunque no biológica. Como es la única mujer heterosexual de la película, concluí que para Almodóvar el papel por excelencia de la mujer, el papel que la naturaleza le ha destinado es precisamente ése, el de mater dolorosa y ya. Olvídense las madres de ser mujeres que pueden ocupar su tiempo, su entendimiento y su vida en otra cosa que no sea  imitar a la Virgen María.

 

Si recuerdan bien la película, el progenitor del hijo de Manuela es Lola, un transexual que la abandona antes siquiera de saber que Manuela está embarazada. O sea, que la paternidad no es cosa que realmente interese porque el dolor, el drama y el sufrimiento, según la filosofía almodovariana, es patrimonio de Manuela. La co-protagonista de este melodrama es Agrado, nombre de guerra que ella misma se ha adjudicado porque, como explica, su misión en la vida es agradar a los hombres. Agrado es una puta de carretera transexual que, interpretando por su cuenta y riesgo la frase de Simone de Beauvoir “las mujeres no nacen, se hacen”, explica su cuerpo femenino con la lapidaria frase “una es más auténtica cuanto más se parece a lo que ha soñado de sí misma”. O sea, que el bisturí, y la cirugía estética en general, es una varita mágica que no sólo puede convertir a una nariguda en una chatita, sino que también puede convertir a un hombre en una mujer. Esta nueva y reinventada mujer no va a ser madre, ni falta que le hace puesto que su misión va a ser “agradar a los hombres”, no tenerlos. Por si acaso, Agrado no se ha cortado el “rabo”, supongo que en caso de que vuelva a soñarse “hombre” y ser auténtico en vez de auténtica.

 

Por aquello de que los Oscar se dan en Hollywood, hace más o menos un mes que se ha estrenado en Los Angeles (Califorina) la última “obra maestra” de Almodóvar, Hable con ella, y tanto periodistas del ramo como sesudos críticos académicos (hombres y mujeres, no se lo pierdan) no han podido cerrar la boca del asombro y admiración que esta película les ha provocado. Al poco de su estreno en Las Califas un profesor de la Universidad de Berkeley especializado en cine europeo me preguntaba con ardiente curiosidad qué me había parecido Hable con ella. Le respondí cortésmente que me había gustado muchísimo la música y que tenía una fotografía estupenda. Pero mi respuesta no le satisfizo y pasó a cantar las alabanzas de esta muestra del “genial manchego”. Creo que quería  que los dos desmenuzáramos filosóficamente la profundidad de los sentimientos de los personajes, particularmente los del personaje que hace de enfermero (interpretado por Javier Cámara). Ante su insistencia, y tras un par de copas de un buen tinto que me soltaran la lengua, cedí y pasé a contarle lo que realmente me parecía el tal enfermero, sus acciones, sus sentimientos y lo que yo entendía de todo ello. Este buen hombre, llamado Benigno, parece haberse pasado la vida cuidando de los demás. Hasta que se murió su madre, cuidó de ella. Más adelante se hizo enfermero y no ahorra ni tiempo ni esfuerzo en dedicarse a sus pacientes, a una paciente en particular, Alicia (Leonor Watling), que ya admiraba desde la ventana de su casa antes de que ésta tuviera un accidente y se quedara en coma. Pero esta devoción angelical sufre un revés: el enfermero decide violar a su paciente y la deja embarazada, y un “derecho”: al hacerla madre, Alicia resucita de su coma. Otra vez la maternidad. En Hable con ella  no es la historia de la mater dolorosa la que lleva adelante el argumento y la acción, sino la de la inmaculada concepción.  Me explico: Benigno, como su propio nombre indica, en ningún momento se caracteriza como un perverso violador, un maníaco sexual o un simple bruto, ni mucho menos. Apreciamos en su manera de hablar y en sus movimientos cierta afeminación, pero eso es todo lo que sabemos de su sexualidad por otra parte prácticamente ausente. Benigno es una especie de Espíritu Santo incomprendido que salva a la mujer que admira haciéndola madre. En ningún momento la película se plantea si esa mujer quiere o no ser madre ni a quién escogería como progenitor. Ella está en coma (muerta en vida) y no tiene capacidad de elección porque no tiene conciencia. La sociedad insensible a las emociones de Benigno encuentra en la violación, por angelical que a él le pueda parecer, un delito y le meten en la cárcel. El público, sin embargo, alineándose con el otro protagonista masculino, Marco (Darío Grandinetti), simpatiza con la soledad que ha caracterizado y sigue caracterizando de manera aun más obvia a Benigno en la cárcel. Así que lo que se supone que tenemos que entender es que esta película es sobre la soledad y la falta de comunicación, al menos eso dicen los críticos españoles y extranjeros. Pero, ¿y si la entendemos como una representación del angelus? Dada la sobriedad con la que se tratan los sentimientos de Benigno, la posibilidad de escándalo que hubiera podido provocar la asociación religiosa se evita y se transfiere a otra escena. Reforzando la idea de maternidad como sublime estado de la mujer, vemos el sueño “erótico” que el enfermero le cuenta a su paciente. Este sueño es una película en blanco y negro y muda en la que un hombre pequeñito aparece en una gran cama al lado de una inmensa mujer preciosa, desnuda y dormida o inconsciente. Escala como puede por su cuerpo, se detiene en sus pechos y baja finalmente al monte de venus y a la vagina de la mujer. Ante la apertura vaginal, se le excita la curiosidad y prueba a entrar por ella. Sale, medita un momento y vuelve a entrar para quedarse definitivamente dentro, como un feto a perpetuidad.  Más que un sueño “erótico” creo que se trata de un deseo de permanecer en el refugio materno, un deseo de no disociarse de la madre. Estirando las conexiones al máximo, la violación de Alicia, según las ideas del propio Benigno, no es una agresión física ni un delito, sino una manera de darle sentido a la relación entre un hombre y una mujer: la maternidad redentora y una paternidad casi como la del Espíritu Santo. Quizás sea eso lo que quiera Benigno. Pero, ¿y la película de Almodóvar?  Yo creo que utiliza a Benigno y su “violación” como una forma de que el padre se transforme en hijo y disfrute así vicariamente de una vuelta al protector vientre materno dado que la fantasía-película de Benigno no es practicable en la realidad. Puede que esta interpretación parezca sacrílega, pero no es inusitada dentro de las coordenadas del catolicismo en las que Almodóvar se suele mover muy a pesar de declararse totalmente ajeno a la religión.

           

Parece ser que Almodóvar ha escrito que su intención con esta película era seguir las huellas de Antonioni y Rosellini. En el mejor de los casos yo creo que apunta más hacia Fellini y sus piruetas fílmicas como 8 y medio. Pero eso sería en el mejor de los casos y éste no lo es. Definitivamente Almodóvar está cambiando de estilo y por qué no. Seguramente tendrá nuevos seguidores y arrastrará a su fiel y feliz infantería. Lo que ya no me parece tan probable es que a las mujeres en general les resulten sus películas tan atractivas o tan sensibles y mucho menos tan rompedoras como antaño, por lo menos en lo que toca a sus madres, las de sus películas, se entiende.

 

 

© María Donapetry

e-mail: md004747@pomona.edu

Los Ángeles, California

 

 

 
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