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| 23/07/2008 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Colección de Fotografía de Lola Garrido ![]() A través de sus ojos Para encontrarte/ te miro fijamente/ Amalia Iglesias Serna
contradicción debe formar parte del arte, ya que es parte esencial de la vida. Del conflicto nace la necesidad de contar del fotógrafo, del escritor, del cineasta. Hace poco oí a un fotógrafo decir que disparaba cuando al mirar por el objetivo se espantaba. Y ese miedo es conflicto, y es contradicción. Porque obliga a mirar eso de lo que nos gustaría retirar nuestra vista. Un famoso artista sostenía que el perchero se había inventado para colgar el sombrero, igual que él pintaba para poder colgar de la pared sus obsesiones y así evitar las ideas fijas. Esta exposición no es más que una suma de ideas colgadas y contradictorias que dan fe de que mi colección no es estática. Va cambiando porque cambian mis alrededores y mi entorno. Yo también cambio con ellos. En muchos momentos más que una colección parece una gran contradicción. Se debe a que como persona, soy absolutamente partidaria de éstas últimas. Considero que la única forma de inteligencia posible es la duda. Dudas, contradicciones y revelaciones: eso es mi colección. Contradecirse es una manera de resolver la parte de nosotros que nos impide avanzar y dudar. La revelación es una linterna que ayuda a seguir caminando. La duda, la razón de seguir buscando. Supongo que si ya hubiese encontrado la fotografía rotunda, eterna, única, me hubiera sido mucho más difícil seguir encontrando fotografías. Con la edad he aprendido que hay muchas fotografías rotundas, eternas y únicas, porque dependen mucho del momento propio, de la mirada de quien busca, ya que a fin de cuentas, es tiempo detenido, congelado, en suspensión. Si algo me gusta de la fotografía es que es como el claro en un bosque: es una apertura a todo lo que está presente y ausente. “Toda pasión bordea lo caótico, pero en el coleccionista la pasión está justo en el borde entre el caos y la memoria” afirmaba Walter Benjamin. Esa pasión hace soñar, es más, hace imaginar; la memoria no funciona como una película sino que está hecha de fotografías, y por eso he decidido coleccionarlas. Mi colección es un estado de ánimo. No me gusta pertenecer a la “trilateral del gusto” ni ser fundamentalista de lo último. Quienes me apasionan son los contemporáneos y los clásicos: la resaca de la ola, los que siempre cuentan y desentrañan la existencia aunque ésta no sea agradable ni complaciente. Siempre sentí lo mismo que Peggy Guggenheim le dijo a su amiga Betty Parsons cuando ésta le pidió consejo sobre cómo elegir obra para su nueva galería: “Eso que te gusta al entrar en un estudio, no lo cojas nunca”. Porque el arte ha de mover, remover y alterar: por su concepto, por su pronunciamiento, por su belleza. Esa es la pauta que probablemente se pueda encontrar en toda mi colección. Los años y la vida me han enseñado que el arte, la política y la historia están repletos de bienintencionados felices que creen que aquello que tiene éxito es bueno. Pero sólo el tiempo depura, fija y consolida. Esta colección me produce una cierta melancolía. Y es que ya decía Starobinsky, que la melancolía es la incapacidad de responder a las esperanzas de los otros. Ninguna colección es lo que se espera de ella, sino la posibilidad que tiene el coleccionista de dar rienda suelta a sus equivocaciones. La mía no iba a ser diferente. En ella conviven el realismo de lo cotidiano con el documentalismo, la fotografía pura con la fotografía mal llamada impura, el paisaje interior con el exterior, las naturalezas muertas con los paisajes emocionales de fin de siglo. Mi colección es el reflejo de mi escala de intereses y de valores, y muestra la intensidad con la que ciertos artistas reconocen los misteriosos nexos de unión entre los seres humanos y las cosas. Sabemos más acerca de los seres humanos, por los objetos y las construcciones con las que se rodean, que por sus íntimos retratos. Algunos sostienen que coleccionar es una forma de constatar el miedo a la muerte. El coleccionista siente el alivio después de haber salvado algunos momentos de vida que han estado expuestos al mayor de los peligros: el olvido. Pero también es, en mi caso, miedo a la realidad, siempre áspera, y al tiempo, que ni nos alcanza ni deja de pasar. Es lo único que nunca se detiene, aunque digamos que se suspende cuando nos enamoramos. Estaba destinada a coleccionar. Ese miedo y la pasión, mas al deseo, son los motores de una colección: de la necesidad (porque tiene que ser una necesidad) de coleccionar. No recuerdo haber hecho nada más importante en mi vida que dejarme fascinar por las imágenes. Si me pienso en pasado, aún en el más inmediato, me encuentro en el trance de leer y mirar, leer y mirar. Alguna vez me he preguntado, como un aprendiz de Bartleby contemporáneo y neurótico, si hubiera preferido no hacerlo. Si alguna vez, ante alguna imagen, ante una selección, sentí el deseo de decir “preferiría no hacerlo”. Es una pregunta que todavía no he podido responder, pero que ha anidado entre las dudas que acarreo, y que ahora, en mis últimas compras, me ha ayudado a que este bello trastorno obsesivo que es coleccionar se haya afilado, como la hoja de un cuchillo recién pasado por la rueda de piedra. En la sociedad actual, donde el consumo y la acumulación dominan sobre la selección y la renuncia, me pregunto qué empezaría a ocurrir si comenzara a decir abiertamente que “preferiría no hacerlo”. Supongo que sería un bartleby fugaz, dinamitado por la explosión de la velocidad.
Si tuviese que depurar definitivamente mis opciones coleccionaría esos momentos de aburrimiento cotidiano de los últimos fotógrafos americanos y naturalezas muertas de los clásicos pioneros. Me identificaría con una colección de memorialistas de las catástrofes tranquilas que retratan el ámbito familiar, ese lugar, que parafraseando a Blanchot, es el corazón mismo del extrañamiento. Y reposaría mi mirada en los vegetales de Blossfeldt, de Renger-Patzsch o de Alma Levenson, descansaría en las arquitecturas y las blancas pantallas de Sugimoto (un amor imposible) mientras desde detrás, Nan Goldin, Gregory Crewdson, o Alberto García-Alix piden paso con su desasosiego. Y si realmente, como decía Joseph Conrad, la casa del hombre está en la línea de sombra de su propio corazón, yo me quedaría en esa mínima casa de la polaroid de Walker Evans para vivir en ella. En una bella instalación, el artista británico británico Cerith Wyn Evans escribe con luz: “Coge mis ojos y, a través de ellos, ve”. Evans nos incita a tener una confianza casi ciega en los artistas. Porque los artistas nos explican. La selección realizada para esta exposición responde a un criterio íntimo: sus ojos les delatan pone en evidencia al sujeto fotografiado, revelado y expuesto, y al fotógrafo que observa a través del objetivo, que cuenta parte de su realidad al elegir qué quiere conservar de lo que mira. Como si de un juego de muñecas rusas se tratara, pasamos de una retina a otra, de un alma a otra, desde quien queda inmortalizado hasta quien colecciona, para seguir el camino de una forma de adentrarse en el mundo e intentar aprehender lo que en realidad es. Para tomar prestado, aunque sea por unos instantes a través de las imágenes, un punto de vista sobre la fotografía, el arte y la vida, sin trampa ni doblez: Una apuesta consolidada en el tiempo. Aprender, contrastar y dudar, eso es lo único que me interesa. Colecciono así. Y vivo así. Cuando a los noventa años le preguntaron al maestro Kertész por qué seguía haciendo fotografías a su edad contestó: “Todavía tengo hambre”. Ése hambre es el que respalda la trayectoria de los grandes, y de sus obras. Es la que también debe guiar al coleccionista. Y a todos, sus ojos siempre los delatan. Y como coleccionista sé que ante todo mis fotografías son tan frágiles como la buena voluntad.
Lola Garrido
Fotografías de Man Ray, Walter Evans y Rober Frank,
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