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| 20/07/2008 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Álvaro Matxinbarrena ![]()
Intervención especialmente concebida para la Capilla de los Condes de Fuensaldaña.
Cuando el artista empezó a esbozar este proyecto estaba leyendo La decadencia de la mentira de Oscar Wilde y algunas de las reflexiones recogidas en este ensayo de 1889 tienen que ver con los distintos elementos que conforman este trabajo. Volvamos al espacio que nos ocupa. Dos estilizadas esculturas de madera y hierro se sostienen a sí mismas. Una parece brotar desde el subsuelo, como un tallo que emerge pilar de cálida madera. La otra, una pértiga de limpia factura, atraviesa un plano inclinado que la mantiene en equilibrio. En su depurada, súbita y silenciosa abstracción constructivista, ambas encierran la esencia del insólito paisaje donde se hacen compañía una a la otra, oteando a todo al que se acerca desde las alturas. Cual líneas de fuga, nada falta ni sobra en la poética sutil de estos etéreos elementos que, al desafiar la gravedad, entonan un sobrio y simbólico homenaje al trazo de su escalada en el espacio. Y, en especial, al arte, que nunca expresa nada que no sea a sí mismo, como decía Wilde. La inclusión del telón, pieza presentada por Matxinbarrena en el Kursaal, niega y afirma el carácter de esta obra específicamente creada para un lugar distinto y recreada en respuesta al sentido de la intervención del artista en la Capilla. Para el espectador, la referencia al teatro como lugar de la representación, establece una relación dialéctica entre la esperada apropiación discursiva de algo dado y la posibilidad de participación en una ficción. Este aspecto narrativo del telón, veladamente inducido por el vacío ondulante producido por el aire, reta la actitud contemplativa del espectador ante la obra, atrayéndole al centro de la escena. La inmediatez con que el visitante percibe el constante vaivén del telón invita a un ejercicio perceptivo interactivo que incorpora sus propios movimientos, desarticulando así cualquier esquema lógico. En tanto que hay algo no expresado, un margen blanco se abre para la sorpresa y también para esa obsolescencia propia del teatro asociada a la fugacidad de los momentos sin propósito. Esta zona expresiva está más allá del objeto visual que ha sido privado al espectador, así como de las convenciones de atribución de lo artístico y de su construcción, manteniendo, sin embargo, una ligadura viva con el mecanismo generador de sentido, en el más amplio sentido del término. El interés del artista en el medio, y en el modo en que éste inspira y condiciona la creatividad del público, apunta a esa movilidad y a la libertad física y mental que anticipa lo imposible del paisaje encontrado. Libertad a la que hace referencia Wilde cuando afirma que el arte que renuncia a su medio imaginativo renuncia a todo. El uso escultórico que el artista hace de los medios es patente en su empleo del vídeo. Por un lado, el movimiento de la denominada “imagen en movimiento” es prácticamente imperceptible. Por otro, la forma que la presentación de la proyección adopta, literalmente flotando por encima de la franja visual del espectador, interponiendo entre éste y la imagen la distancia necesaria del formato panorámico. A diferencia del resto de los elementos, el vídeo introduce una representación reconocible de la realidad, aunque de entre todos ellos sea el más intangible e inaccesible. La pieza consiste en una toma fija de un paisaje montañoso, cuya imagen, mecánica y fidedignamente producida y reproducida, aparece suspendida en el espacio. Cual reflejo especular del exterior y de un lugar concreto, familiar para el artista, esta cita videográfica recoge las gradaciones lumínicas de esa fuente inagotable de iconicidad que es la naturaleza. La vivacidad del resplandor que acaricia el horizonte e ilumina la cumbre que preside la panorámica, tiñe de irrealidad el tiempo real de la retroproyección. Y es que la naturaleza, según Wilde, es imperfecta e imita al arte, pues de lo contrario no existiría el arte. Y es que la naturaleza “es nuestra creación, es en nuestro cerebro que despierta a la vida”. Y la vida, dice Wilde, imita al arte mucho más que el arte a la vida. La quietud del extenso y solitario paraje, propicia esos intervalos que precisa la memoria para nombrar el mundo y parece presagiar veladamente la pérdida de un paisaje encontrado que una vez tuvimos al alcance. El lugar donde habita el artista que se esconde en la Capilla.
Museo Patio Herreriano, Valladolid (España) Finaliza el 21 de mayo
Departamento de Comunicación y Desarrollo comunicación@museoph.org Fotografía cedida por el Museo Patio Herreriano
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