Ouka Leele (Bárbara Allende Gil de Biedma) – Analisis a la obra de la artista por Carlos Serrano G.A.H.

08 junio 2017 | Sin comentarios | Publicado en cultura, Temas
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    [Cultura - Fotografía] 

     

    Bárbara Allende Gil de Biedma, conocida artísticamente con el pseudónimo de Ouka Leele (Madrid, 29 de junio de 1957), es una reconocida fotógrafa del movimiento artístico ‘la movida madrileña’. Es sobrina del poeta Jaime Gil de Biedma y prima política de Esperanza Aguirre.

    De educación autodidacta, sus obras se pueden reconocer por ser muy coloridas. También practica con la técnica del grabado. Empezó a exponer su obra en 1978 y a partir de la década de 1980 comenzó a firmar sus trabajos como Ouka Lele, pero hasta el año 2000 no añadiría otra ‘e’ a su pseudónimo, Ouka Leele. En 2005 se le concedió el Premio Nacional de Fotografía.

     

    Análisis a la obra de Ouka Leele por  Por Carlos Serrano G.A.H.


    Dulce niña rubia malévola

    Cuando tenía tres años, quería ser cocinero.
    A los seis, quería ser Napoleón.
    Desde entonces, mi ambición no ha hecho más que crecer
    Salvador Dalí. Nueva York, 1954

    Dalí no perdía la ocasión de bromear sobre su propio personaje, estirando, hasta que le salieran burbujas, el famoso anagrama —AVIDA DOLLARS— que Breton había hecho de su nombre. Y, sin embargo, no hay pintura surrealista más seria y enfática que la suya. Conviene pues, señoras y señores, desconfiar de lo evidente y hasta de lo oculto.

    Mientras presentaba sus mordaces imágenes de catálogo de complementos para tocado de señora y caballero, a base de pescadillas, lapiceros o cartabones, con sus vivos colores y su nutrido repertorio de estupendos disparates, Ouka Leele (Bárbara Allende Gil de Biedma) escribía:

    Me piden que hable de fotografía y solo sé hablar de tu pelo … /… que diga algo importante, y lo único que me apetece es decírtelo a ti, en la cocina, mientras se derrite el chocolate, porque voy a hacer un pastel que nunca has probado” (1983). “Estoy, ahora mismo, pensando que la fotografía y mi vida son la misma cosa: un acto de amor. Y hoy, estoy sola… (1985).

    ¡Cuánta melancolía! Y también: Fuguémonos / ¿quieres vivir conmigo? / Casémonos / pero… si sólo te quiero como amigo… (1984, citando, según ella, el parloteo del televisor).

    En fin, cuando la conocí, Bárbara aún no sabía que quería ser Ouka Lele; ni siquiera la estrella —la lejana estrella, quiero decir— Ouka Leele, y a mí me resultaba algo inquietante su enorme interés por ‘el amor’. ‘A todos nos gustaría beber en copas de oro’ (1986). Al contrario que Salvador Dalí, resultaba tan irónica en sus fotos como lírica y conmovedora cuando se ponía a escribir sobre sí misma. Desde el primer momento, lo resbaladizo de su obra invitaba a desconfiar cortésmente de su aparente ingenuidad y su recóndita sonrisa.

     
    Dulce niña rubia

    Cuando celebramos el baile de tarde de la promoción del setenta y seis, yo estaba preparando mi viaje a Tokio, donde iba a pasar unos meses, entre 1976 y 1977. Titto Ferreira, editor, dirigía entonces la empresa familiar Gráficas Ferreira. Por iniciativa de Pedro Díez-Perpignan y Fernando Gil —miembros ambos del Photocentro, del que habíamos sido cofundadores junto a Pablo Pérez-Mínguez, Luis Garrido y Aurora Fierro, la mecenas del proyecto— editamos un pequeño libro titulado Principio. Nueve jóvenes fotógrafos españoles. Titto Ferreira se hizo cargo de la producción y yo del diseño y la edición del material.

    En Principio (1976) publica Ouka Leele sus primeras fotos, firmando aún Bárbara Allende. Se trata de cuatro imágenes de una pasmosa incongruencia. Hay una rana, unos zapatos delante de un archivador, las piernas peludas de alguien sentado, y una escena de alcoba de una trivialidad insuperable.

    Una ojeada a esta última: los señores de Allende se están vistiendo para una cena. El encuadre los rebana sin contemplaciones, por donde más duele, con indiferencia ciertamente impropia de una buena hija. Rutina desprovista de argumento, sin el menor atisbo aparente de ironía, la situación parece por completo indigna de una foto. Reina la calma en el vestidor’ …o reinaría, de no ser por esa prenda irreconocible que se ha dejado caer con notable descuido entre los protagonistas. ¿Un salto de cama? ¿una cortina? ¿un camisón? ¿está tirado en el suelo, o sobre una mesita? Dejémonos de indiscreciones; agradezcamos más bien la presencia de al menos un elemento con volumen en la escena. El flash ha pegado a los personajes como cromos contra sus respectivos fondos, resaltando por oposición los brillos sedosos de ese bulto arrugado que fastidia toda la etiqueta y los buenos modales del momento. De repente, iqué desorden! Del cartesianismo de roperos que parcela con cruel rigor el espacio sin fondo de los papás recortables, se escapa, por relieve, esa coliflor textil que incomoda el dulce confort enmoquetado. En resumen, un collage ready-made a base de fragmentos estancos, con actores distraídos o en actitudes imprecisas. Todo un meticuloso simulacro de foto fallida: encuadre precipitado, onerosa ausencia de luz y de contraste, y un asunto irrelevante, retorcido, eso si, con la obscena aplicación con que colecciona sus recortes un asesino en sene (…¡Esa pobre señora indefensa inclina su cabeza ignorando que hay alguien a su espalda!). Y Bárbara ni siquiera recuerda de cuándo es exactamente esta foto. En todo caso, una de las primeras. Sin actores a su disposición, sin colores añadidos, sin llamarse siquiera Ouka Leele, a base sólo de un encuadre forzado y de un disparo sin avisar en medio de una situación inocua, anticipa en la atmósfera confusa de esta extraña ‘foto robada’ los sinuosos méritos que la habrán de consagrar más tarde. Aquí delata ya su gusto por una rara forma de teatro congelado y su maliciosa afición a complicar las cosas con añadidos desconcertantes y pistas falsas.

     
    Exposición Límite

    Más o menos, decía, así fue como nos conocimos. Poco después, en el setenta y nueve, estaba yo organizando la Exposición Límite que se iba a inaugurar ese verano en Nueva York, con un grupo de fotógrafos españoles creado alrededor de la revista Nueva Lente y el Photocentro. Bárbara, con la que había perdido el contacto desde su traslado a Barcelona, apareció por Madrid cuando el catálogo estaba ya casi acabado. Nos citamos en el Gijón (una cita de la que ella siempre recuerda que fue donde por primera vez oyó hablar de ‘La Movida’), la puse al tanto del proyecto, y decidimos enviar varias de sus Peluquerías a la muestra de la Quinta Avenida. Para entonces, Bárbara ya había logrado, y por un procedimiento bien sencillo, ‘convertirse en una estrella’. En un dibujo de El Hortelano titulado Constelación, había una estrella llamada Ouka Leele, cuyo nombre decidió adoptar suprimiendo una “e” que años después ha recuperado. (Pablo Pérez-Mínguez sostiene que los fotógrafos españoles están en deuda con Ouka Leele por su invención en España —con el precedente, en otro tono, de Schommer— de la figura del, o la ‘fotógrafo estrella’). En el catálogo de la exposición, su brevísima nota biográfica decía: ‘Ouka Leele es muda’. Meses después, asistió a la inauguración de sus Peluquerías en la Sala Redor (marzo de 1980) llevando en la cabeza un cochinillo —crudo— cuyos ojos iluminaba accionando un interruptor con su mano derecha. El excéntrico vestido, que ella describía escuetamente como ‘de fuelle’, era negro, y los cables eléctricos blancos, nada discretos, bailaban colgando de su cabeza mientras adoptaba ademanes de alta costura, pero sin exagerar. En el diario El País, comentaba yo a los pocos días su ‘claridad y falta de remilgos’ en una nota que arrancaba diciendo: ‘Bucles, tupés, ouka-leele2flequillos y tirabuzones son piezas del repertorio de cierta forma de jardinería que se practica sobre nuestras cabezas’ (a mí nunca me ha gustado demasiado ir a cortarme el pelo, y me sigue inquietando el parecido entre las butacas de las peluquerías y las de los dentistas). La fiesta acabó con su maravillosa aparición nocturna ‘…en el escenario de El Sol, con los focos apagados, a la luz intermitente del cochinillo eléctrico de su peinado’ (El País. 13 de marzo de 1980).

     
    Sobre la malevolencia de Ouka Leele

    Me permito parafrasear el título del libelo de Plutarco (Sobre la malevolencia de Herodoto), a cuento de una breve cita, al principio del librito, en la que Platón venía a decir que no hay peor malevolencia que la que simula ingenuidad y buena disposición. Plutarco añade de su cosecha que el historiador de Halicarnaso resulta tanto más insano cuanto más oculta sus malas intenciones ‘en un estilo sencillo y natural’. Claro que lo de bromear sobre la malevolencia de Ouka Leele nada tiene que ver con los agrios términos de este vetusto —e infundado, dicho sea de paso-ajuste de cuentas; pero, ¿no es sumamente equívoca esa ‘sencilla y natural’ dulzura coloreada de la que suele revestir sus fotos? Algo siempre, o no siempre, o no del todo, parece salirse del guión, y su obra se convierte así en todo un afilado ensayo sobre la ironía, que contradice a la vez su aparente ingenuidad y el tono íntimo y ensoñado de sus textos. Su poética surreal, su malévolo ‘Umor’, se mece al compás del puro capricho, provocado a veces por la propia puesta en escena, a veces al servicio de una total premeditación. Así, por ejemplo, ocurre en sus parodias —escasas en el conjunto de su obra, pero de gran interés ‘clínico’ al respecto—, donde se deleita con desigual intensidad en la jocosa perversión de algunos lugares comunes, dignos por lo demás, y a otras horas, de nuestro mayor respeto.

     
    Tres parodias

    1.- Para empezar, nos las vemos con una obra concreta de un pintor desgraciadamente desaparecido hace apenas unos siglos. Suave malevolencia al abordar lo que parece, más que una parodia, una composición ‘a la manera de…’ iVelázquez! Disculpamos a regañadientes la relativa contención en la guasa: el original ya contenía de por sí argumentos suficientes sobre lo equívoco de la pintura. Ouka Leele realizó esta cubierta de disco para el grupo Peor Imposible en 1985. El famoso cuadro de familia nunca habría sido pintado “all’aperto”, y menos aún en una playa, escenario ignoto para la Corte de aquellos tiempos; y, de ser así, alguien se habría tomado la molestia de barrer piñas y palitos para la ocasión. Por lo demás, iqué esmerado respeto por los gestos y actitudes de los personajes!: el que hace de perro, claro, es el único que está desnudo, y se siente obligado a una leve variante. Ni rastro de aquella pastosa luz de interior que se paseaba entre carnes, telas, paredes y espacios vacíos disolviéndolo todo; como tampoco de la pretendida naturalidad de los retratos. Aquí se trataba, una vez más, de que una fotografía resultase mil veces menos natural que una pintura. Los tonos pastel campan por tierra, mar y aire, componiendo un decorado de apariencia artificial, y el grupo, sin relieve, podría pasar por una valla publicitaria en silueta levantada en medio de la playa. Una teatralidad forzada hasta la congelación pone a los actores directamente fuera del mundo de los vivos. Sus ropas, ni de época ni de paseo, contribuyen al efecto general de ‘parodia de la parodia’, con esos palitroques escondidos —supongo— bajo las faldas, a modo de hábil, delicada y cuidadosa mofa de los cancanes. Pero lo realmente encantador de esta imagen es la suavidad con que todo acaba por confluir en la única acción que verdaderamente está teniendo lugar, como ocurría ya en la famosa pintura antigua —exceptuando la anecdótica patada de Nicolasito al perro, que en la versión original no obtiene la menor respuesta por parte de éste.

    Imposible saber porqué eligió Velázquez precisamente el enojoso asunto de la ‘bucarofagia’ de la pobre Infanta Margarita. Por frecuente que resultase en esa época, comer arcilla no parece cosa agradable, y menos aún como tratamiento de una menstruación tan precoz. Hubiera bastado a la escena un esenciero, o unas flores, pero lo que la ‘menina’ María Angustina Sarmiento ofrece a la infanta de cinco años es un búcaro de intenso color rojo que ella toma distraídamente, con gesto dócil y rutinario. Con mayor languidez aún reposa su mano sobre un bicho el personaje central en la foto de Ouka Leele. Pocas cosas harían el papel del dichoso búcaro a tanta distancia, con tanta limpieza, ni de modo tan absurdo y divertido como esa especie de caricatura de lagarto, o de cocodrilo demasiado verde, con el que en realidad ni siquiera es preciso saber bien qué está pasando. ¿Lo acaricia?, ¿lo bendice?, ¿lo va a tomar en sus manos? ¡Da igual! En realidad, la sobreactuación sin disimulo —peor imposible— de cada uno de los participantes no anima a imaginar qué es lo que en realidad están haciendo: posan con la actitud de estar haciendo algo, y ese algo no es otra cosa que posar. Parodia de la parodia: el famoso juego del espejo al fondo de la estancia reaparece así en otro nivel, como sin querer, desplumando el remoto artificio por completo. Como si se propagara desde el lomo del lagarto, un contagioso impulso —de la ficción elevada al cubo— empuja a cada cual a parodiarse a sí mismo imitando a un personaje ya pintado… Bárbara no consigue recordar de dónde salió la extraña mascota de juguete: los del grupo eran ya de por sí bastante pintorescos, es todo lo que me contestó comentando el asunto.

    2.- En 1984 realiza Ouka Leele el que, con engañosa modestia, denominaría Mi primer bodegón. A diferencia del caso anterior, se trata aquí de todo un género, con infinitos ejemplos a lo largo y ancho de la historia de la pintura. Con un par de cajoncitos, la mesa hubiera sido del gusto del mismísimo Cézanne. Y Blas de Ledesma no habría movido un milímetro el encuadre, sobrio y directo, como corresponde a un asunto tan convencional; aunque ni Cézanne ni él se habrían comido nunca una manzana para arrojar después los restos roídos en medio de la composición. Ouka Leele, en cambio, se complace en mostramos el escabroso aspecto de unos huesos de pollo que han pasado ya por la cocina y probablemente por el plato. A su lado, hay otra cosa oscura, con rabo, que será mejor no investigar. Por su aire chamuscado y reseco, se dirían restos de un fallido ritual de encantamiento. Y los escasos objetos, o sus fragmentos, en lugar de componer un grupo, parecen más bien alejarse unos de otros intentando ponerse a salvo cada uno por su cuenta. Los cristales rotos podrían ser de una jarrita, pero son de una bombilla que apunta hacia nosotros sus desnudas antenas metálicas y sus bordes cortantes, sobre unas sospechosas manchas rojizas que parecen indicios de algún incidente violento. Al fondo, contribuye a la desolada composición un trozo de corteza de árbol, negra como un chorro de lava escurriendo por la pared, que la autora dice haber encontrado por la calle. Y para completar la impecable construcción formal de tan notable imagen, aquí está otra vez la tela. ¡La tela! Con sus volubles pliegues, de lana por aquí, de papel por acá, de seda quizá por acullá, y esa rara intensificación del tono que se prolonga equívocamente en el fondo desteñido, es una tela bastante extraña, que parece doblarse por donde no debe, y se derrama a destiempo, toda tiesa, como si estuviera almidonada por el miedo y hubiera resuelto de improviso abandonar la escena.

    ouka-leeleHay muchas telas en la obra de Ouka Leele. Incluso hay papeles —y melenas— que parecen comportarse como telas, y telas que se comportan como telas, como cortinas, como mortajas y como suaves chales. Es la tela un material dúctil y condescendiente, adecuado a los temperamentos caprichosos, amigos del exceso y la maquinación. Manteles, echarpes, telones, e incluso retales pueblan a sus anchas los ensueños de nuestra autora desde los tiempos de la ya comentada intrusión en el vestidor conyugal. Sólo que para un bodegón la tela es como un indicio de lo que hubiera podido ser el encuentro con las viejas tradiciones. La tela, que derramada en medio del vestidor resultaba inquietante por inoportuna, es ahora el único elemento que reconcilia a la obra con su género, como si intentara con su sola presencia calmar los ánimos tras una puesta en escena tan desaprensiva y tan burlona. Y aún así, ¿qué decir de su color y de su ‘rol’? Un color cerúleo, frío y estridente, por si habíamos llegado a concebir esperanzas de la más mínima concesión al tema. Además, no es una cortina, ni un mantel, ni un forro aterciopelado, como el del escaparate de una joyería: no es un fondo, ni una base sobre la que colocar nada. Es un bello trapo informe que se ha rebelado y se ha plantado en primer plano, pretendiéndose tan protagonista como el que más. Hinchado como esos sapos que desean hacerse notar ante sus congéneres, en busca de pareja o de pelea, se yergue ante nosotros para recordarnos que él es aquí el único personaje realmente propio de un verdadero bodegón.

    3.- Y acabaremos —ascendiendo en intensidad mientras retrocedemos en el tiempo— con la más sonada de estas tres parodias; porque ¿no es rematadamente malévola su versión del beso de 1980? Pensamos, claro, en primer lugar en Man Ray, y en el cine: labios inmensos que llenan la pantalla, acercándose, brazos que apretujan, finales felices… Nada de eso. Ouka Leele aborda el asunto con una violencia rara: el instrumental en juego liquida de buenas a primeras cualquier ilusión de sensualidad que hubiera podido despertar el título. El fondo malva, incierto y desordenado, tiene la frialdad de un desván, o de un laboratorio, discreto ambiente para esta colisión de tiburones. Los cuerpos separados, sin el menor interés por intimar, dan a la escena el tono de un agresivo rito de apareamiento de alguna siniestra especie omnívora en plena mutación. ¡Y con qué alevosa delicadeza ha acariciado su pincel los pliegues de los dedos y el detalle de cada nariz, de cada cuello, reduciéndolo todo a pura cera, goma, plástico o cualquier otro tipo de material aislante suficientemente inapropiado para un beso! Son dos cadáveres revestidos de una epidermis sintética, que se abordan en una actitud tan resuelta que parece tomada del realismo socialista. Como en un vigoroso saludo militar, estira cada uno su fundita elástica, exhibiendo sus blanquísimas muelas y unas encías del color de los músculos despellejados de esos monigotes anatómicos que decoran las aulas primerizas de La Facultad de Medicina. ¡Con qué embriagador aroma a formol despacha alegremente Ouka Leele un asunto tan romántico y tan dado a la afectación (Canova, Hayez, Rodin…)! Pocas veces, como aquí, ha llegado tan lejos el irónico desapego de la artista, su festiva y soberana malevolencia. El humor desgarrado y enérgico de esta imagen espléndida es de una contundencia que nunca pretendieron sus coetáneas Peluquerías, tan seductoras, tan valientes y tan cómicas, ni sus retratos posteriores.

     
    Epílogo, en cálido tono epistolar

    Querida Bárbara,

    Me pides que hable de tu fotografía, y yo sólo pienso en tu pelo… claro, en tu clara piel, en tus ojos claros, traslúcidos. Me pides que hable de aquellos días en que nos conocimos, y viene de pronto a mi memoria aquella mañana en que juraría haber visto a la enorme avispa de talle de mujer bonita, que bajaba por el bulevar Richard Lenoir cantando a voz en grito, y planteando enigmas a los niños (o así lo había contado a su manera nuestro común amigo —de Dalí, tuyo y mío—, el bellísimo y muy severo André Breton).

     

     

    Carlos Serrano G.A.H.
    Madrid, enero de 2008

     

    Fuente:
    Sala Municipal de Exposiciones de San Benito, Valladolid (España)
    En agosto de 2008 se celebró en esta Sala la exposición Ouka Leele. Inédita comisariada por Rafael Gordon

     

    Fotografías cedidas por la Sala Municipal de Exposiciones de San Benito

     

    Página de origen de la imagen principal:
    wikipedia

     

     

     

     

    1 – 29-07-2008


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