“Morir joven, a los 140″ – El envejecimiento no está previsto por la evolución

22 septiembre 2018 | Sin comentarios | Publicado en família, salud, Temas
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    ‘Morir joven, a los 140. El papel de los telómeros en el envejecimiento y la historia de cómo trabajan los científicos para conseguir que vivamos más y mejor’, libro editado por Paidós en 2016.

     

    Maria A. Blasco, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), lidera la investigación internacional en un mecanismo clave del envejecimiento: el acortamiento de las  estructuras celulares llamadas telómeros. Su objetivo es demostrar que reparando los  telómeros se combaten enfermedades de   la edad. Y,  también, que el envejecimiento mismo es curable, una idea de la que cada vez más científicos son  partidarios. 

    Maria llevó a cabo sus primeros descubrimientos en el laboratorio de Carol W. Greider, premio Nobel. Con su propio grupo, en  el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), ha creado la primera terapia con telomerasa contra  el  envejecimiento, que alarga la juventud de los ratones retrasando las enfermedades.

    Mónica G. Salomone, periodista especializada busca y cuenta historias sobre cómo la en ciencia, investigación de los científicos  cambia la vida de todos. Ha publicado en numerosos medios nacionales e internacionales, en especial en el periódico ‘El País’,  y colaborado con instituciones como la Fundación BBVA, la Agencia Espacial Europea (ESA), el Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) o el CNIO.

     

    Un ensayo revolucionario sobre el envejecimiento

    ¿Es obligatorio envejecer? Hasta hace poco la ciencia seria no se ocupaba de esa pregunta. Al fin y al cabo, tener achaques es lo normal con los años. Sin embargo, lo que hoy es normal puede no serlo mañana. La humanidad ha crecido acumulando victorias contra fenómenos naturales y normales –por habituales–, como la alta mortalidad infantil. Y el hecho es que cada vez son más los científicos que defienden que combatir el envejecimiento no solo se puede, sino que además se debe: prolongar la juventud podría ser la forma de evitar el cáncer, el Alzheimer, es decir, las enfermedades de la edad en su conjunto. En una sociedad con una cantidad creciente de personas mayores, eso no es ninguna tontería.

    Guiadas por su propia curiosidad, María A. Blasco, bióloga molecular, y Mónica G. Salomone, periodista, emprenden, en este libro, ‘Morir joven, a los 140 años’, una aventura personal para explorar este cambio de paradigma científico. Se preguntan qué es realmente el envejecimiento, por qué cada especie vive lo que vive y qué podemos hacer hoy para vivir más y mejor. Con la ayuda de geriatras, paleontólogos, demógrafos y filósofos, además de otros biólogos, espían en laboratorios de todo el mundo qué nos depara el futuro y tratan de desvelar la respuesta a las siguientes preguntas: ¿Qué cambios vitales nos esperan como personas y como sociedad? ¿A qué dilemas éticos nos enfrentamos?

     

    Fragmento de la Introducción de Morir joven, a los 140

    morir-140Que este libro acabara existiendo era muy improbable. Se podría decir —poniendo un poco de dramatismo— que lo tenía casi todo en contra. Cuando la editorial propuso a Maria Blasco escribir una obra divulgativa sobre su área de investigación,  el  envejecimiento  humano, su primera reacción fue decir que no. Maria dirige un productivo laboratorio de biología molecular y además el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO), uno de los principales centros de investigación sobre el cáncer en el mundo. En la agenda actual de Maria Blasco no cabe un libro divulgativo. Así que ya en esa primera negativa hubieran podido desvanecerse estas páginas.

    Pero en vez de decir “no” de plano, Maria optó por contactar conmigo, Mónica González Salomone, periodista especializada en temas de ciencia. Nos conocemos desde finales de los años noventa, cuando ella ganó una plaza de investigadora del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en el Centro Nacional de Biotecnología (CNB). Al sacar la plaza, Maria regresó de su estancia posdoctoral en el Cold Spring Harbor Laboratory (Nueva York, EE.UU.), e inició su propio grupo de investigación. Yo escribía entonces habitualmente en la sección de ciencia del diario ‘El País’ y cubrí en varias ocasiones su trabajo.

    Maria me propuso trabajar juntas en el libro. Y, también, mi primera reacción fue decir “no, gracias”.

    Ya  hay  un montón de  libros que  dan consejos para no envejecer —entiéndase eso como se  quiera—. También hay libros de investigadores prestigiosos, la mayoría estadounidenses, que hablan de su particular línea de trabajo. ¿Para qué añadir decenas de miles de palabras más al respecto? Además, en esta área no es fácil distinguir la información honesta. El antiaging mueve una inmensa cantidad de dinero vendiendo toda clase de productos —desde  terapias de efectividad dudosa a, por supuesto, libros que se publicitan con el sello de científicos. ¿Por qué meterse en un jardín tan complicado? ¿Cómo convenceríamos al  lector de que la nuestra sí sería buena información? (Porque  lo sería, ¿no?)

    No fue eso lo que respondí a Maria en nuestra primera conversación telefónica  sobre el libro. Sólo lo pensé. Los años de freelance enseñan a pedir casi siempre un prudente tiempo de reflexión. Y menos mal. Porque después de colgar me di cuenta de  que, mientras hablábamos, había tomado cuerpo en mi cabeza y crecía ya con vida propia una pregunta, una pregunta más fundamental que la de cómo hacer creíble o atractiva la historia. La  pregunta verdaderamente importante era “¿hay una historia?”.

    Las siguientes semanas me dediqué a escuchar, leer, preguntar, otear cuanto pude a lo largo y ancho de la nube de ideas colectivas. Hice lo que hacen todos los periodistas cuando creen que tal vez, quizá, hay algo… algo interesante que merece ser contado. Olfateé el ambiente.

    Y  la respuesta fue sí. Sí, sin duda, hay una historia. Y de hecho es tan interesante que rebasa las fronteras de la llamada divulgación científica para entrar de lleno en lo social, en la vida cotidiana, en lo que nos afecta a todos. Es una historia que va más allá de si los trucos para mantenerse joven y guapo funcionan o no, y más allá de hasta cuántos años podremos llegar a vivir en un hipotético futuro. Una historia que toca incluso los valores, el debate de si podemos —y/o debemos— aspirar a liberarnos de las ataduras que nos impone nuestra realidad biológica actual. [...]

    Sucede que también quienes investigan la biología del envejecimiento encuentran respuestas que inducen a cambiar el  enfoque  conceptual, incluso filosófico, del problema. Por ejemplo, en muchos de nosotros —si no en todos— parece profundamente inscrita la idea de que el envejecimiento nos toca; una vez transcurrido un tiempo razonable de juventud nos corresponde envejecer, como antesala de algo tan natural como la muerte. Cualquiera compartiría esa afirmación, ¿verdad?

    No exactamente. Si ese enfoque lleva pareja la idea de que el envejecimiento es un proceso inalterable, fuera del alcance de la ciencia, entonces cada vez más expertos niegan la mayor. No, envejecer no nos toca. Ni la evolución, ni la biología molecular, ni la medicina… ni siquiera la ética dice que estamos obligados a envejecer.

    Para empezar, el envejecimiento no está previsto por la  evolución. La evolución pone toda su fuerza en generar organismos óptimos capaces de reproducirse, y pierde todo interés en quienes ya se han reproducido. En otras palabras, la evolución no ve a los séniors. Ni los favorece, ni los penaliza. No hay presión evolutiva para seleccionar mecanismos que actúen, en ningún sentido, sobre quienes ya han tenido crías. El envejecimiento ocurre por defecto, no  porque llegada una cierta edad se active un  determinado programa genético terminator (aunque el envejecimiento sí es el resultado de la acción de los genes; más adelante explicaremos esta aparente paradoja).

    Esto, que puede parecer poco importante, es para muchos un matiz que otorga libertad conceptual. Si el envejecimiento se considera una orden evolutiva es fácil equipararlo a un mandato ineludible de la vida; y entonces, ¿qué investigador serio se atreverá a enfrentarse a él? El envejecimiento como obligación ha ejercido de barrera mental contra la investigación, y en parte por eso el estudio de los mecanismos biológicos del envejecimiento es un área relativamente joven, nacida para la ciencia moderna hace apenas unas décadas.

     

    Departamento de prensa editorial Planeta

     

    VER:
    ‘La muerte de la muerte’ – La posibilidad de la inmortalidad física

     

     

     

     

     

    3 – 06-06-2018
    2 – 27–04-2017
    1 – 08-04-2016

     

     


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