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| 17/05/2012 | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Érase una vez… un jefe de cuento ![]() Por Marta Capellán
Érase una vez un jefe que dormía y dormía. Le llamaban “el bello durmiente” porque cada vez que tenía una nueva tarea asignada, era su equipo el que tenía que analizarla, descartar lo que no les parecía bien y proponerle algo nuevo que, claro, él luego validaba. Después continuaba durmiendo a la espera del beso de su príncipe-jefe. Este jefe estaba sustituyendo otras emociones por miedo falso, quedándose bloqueado, demorando su respuesta hasta que analizasen y decidiesen por él. Érase una vez el jefe Ceniciento. Limpiaba y limpiaba su casita, haciendo con gusto todo el trabajo que sus malvadas hermanas le daban… y más, porque a él lo que le gustaba era hacer y hacer, fuese la hora que fuese y quedase lo que quedase. Su equipo veía de forma positiva su ayuda, aunque con tantos informes, tantos análisis y tanto que hacer, no priorizaban las tareas y para no llegar tarde a las entregas, dedicaban aun más tiempo. Este jefe estaba sustituyendo otras emociones por tristeza falsa, en una actividad incesante, sin permitirle innovar o decir que no a las tareas de sus malvadas hermanas. Érase una vez el jefe Patito Feo, que se veía diferente de sus hermanos. Quería que su equipo fuese como el del resto, les comparaba con los demás porque quería ser igual y todo tenía que ser rápido. Con tanta actividad, su equipo no encontraba tiempo para pensar y jamás osaba plantear propuestas innovadoras que le diferenciasen del resto de patitos. Vamos, era un equipo y un jefe más. Este jefe estaba sustituyendo otras emociones por rabia falsa, activándose tanto que cumplía todo lo marcado, sin que sus brillantes ideas y análisis llegaran a ver la luz. Érase una vez el jefe Gulliver, gigante que aterriza en una tierra llena de liliputienses y que trabaja de forma perfecta y correcta. Aunque esa perfección y corrección no era aplicable a su relación con el equipo que, desde su pequeña estatura, le veían graaaande y distaaante. Así que se limitaban a hacerlo todo perfecto y como él quería. Ese jefe estaba sustituyendo otras emociones por orgullo falso, creyéndose que sólo valen sus propuestas y opiniones y coartando las posibles propuestas de cambio de su equipo y la libertad del mismo. Érase otra vez el jefe Caperucito, maravilloso jefe al que le encantaba cuidar y mimar a su equipo. Primero estaba el equipo y luego él. Hablaba de las pequeñas conquistas de su equipo más que de sus innovaciones y descubrimientos. Lo que no le gustaba mucho a su equipo eran las visitas a su abuelita, le acababa comiendo el lobo y él, con síndrome de Estocolmo, le veía encantador. Al sustituir otras emociones por amor falso, exponía a su equipo al contacto con los peores y las alegrías, cuando las cosas salían bien, no las sentía como suyas. Érase una vez el jefe Lechero, con mil ideas y promesas de lo que iba a hacer. Era un experto en vender algo sin tenerlo, imaginando todo lo que iba a hacer, siempre con éxito. Su equipo estaba cansado de tener que plasmar las ideas de su jefe, que cual niño, ni hacía, ni se preocupaba por quien hacía menos. Sustituía otras emociones por alegría falsa, cual montaña rusa emocional, sin establecer límites a los peores, ni buscar compartir sus éxitos, que eran tanto o más de su equipo que suyos. Es evidente que nadie es perfecto y que uno sólo cambia si desea cambiar. En el ambiente profesional, no somos islas y si el jefe tiene una pésima gestión emocional, también impacta en su equipo, en sus colaboradores. Con sesiones de Coaching MAT, individuales con el jefe o grupales con el equipo, se diagnostican las emociones falsas que se están utilizando y se materializa el cambio en los hábitos diarios con pautas concretas. Es posible mejorar la forma de trabajo en equipo: es cuestión de valentía para encarar lo que no funciona y voluntad para cambiarlo.
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