Diarios de viaje – Lisboa, ciudad antigua y señorial

17 julio 2018 | Sin comentarios | Publicado en Temas, Viajes
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    [Viajes]  

     

     
    Mi primera visita a esta ciudad fue por motivos laborales y, fuera por la pericia de mis acompañantes, guías improvisados al final de las jornadas, fuera por la excitación de las nuevas tareas que me llevaron allí, me enamoré de aquellas viejas piedras, de aquel río, de sus cuestas y su tranvía, de sus cerámicas, de su cocina… y me prometí volver.

    Antes de mi segunda visita, repasé someramente la historia de éste nuestro país vecino. Como parte de la Península Ibérica, Portugal estuvo habitado desde el Neolítico y el asentamiento en el delta del Tajo fue utilizado por los fenicios como escala en su navegación en busca de estaño; los griegos lo conocían como Olissipo (nombre quizá fenicio); para Roma era parte de Lusitania y los invasores árabes la llamaron Al-Isbunah; la victoria de Afonso Henriques y sus aliados los desplazó recuperando la plaza para el cristianismo.

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    Fotografías: © Marisa Ferrer P.

    Portugal alcanzó gran preponderancia en la Era de los Descubrimientos, y Lisboa gozó de su edad de oro en el siglo XVI. Objeto de discordia entre las casas reinantes portuguesas y castellanas, fue un siglo más tarde capital del país, una vez reconocida definitivamente su independencia.

    Repasando el porqué de aquella fascinación, había recordado mi primera adolescencia. Siempre tenía la radio conectada cuando hacía mis deberes y las canciones de Amália Rodrigues consiguieron más que las lecciones; despertaron mi interés por aquella ciudad “d’outras eras”, y dejó de ser solo un circulito en los mapas estudiantiles que debía colorear.

    Lisboa velha cidade / cheia de encanto y beleza..

    A mediados del siglo pasado, las canciones de Amália Rodrigues rebasaron las fronteras portuguesas, derramando sus melancólicas notas por el resto de Europa. Entonces yo no era consciente del significado del fado, bueno, en realidad ni sabía qué era un fado, pero me gustaba su aire triste, nostálgico. Así que investigué.

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    El fado había nacido entre el pueblo de la Lisboa ochocentista, unas tonadas netamente populares surgidas de forma espontánea en encuentros de convivencia y ocio, cuando el rasgueo de una guitarra anunciaba nuevas estrofas sobre hechos cotidianos, añoranzas, desgracias o desencuentros fruto del destino, el hado. Quizá por eso los fados tienen ese aire abatido, quejumbroso, de renuncia. Sus intérpretes, vinculados a menudo con los bajos fondos, frecuentadores de locales de mala nota, eran conocidos como faias, deviniendo ese apelativo en fadista o compositor de fados. Miembros de la aristocracia y de la alta burguesía, ávidos de emociones, se contaban entre el público de esas tabernas, y llevados por la música, el ambiente, sus propias frustraciones o quién sabe qué, protagonizaban historias con final trágico, como la de aquel conde de Vimioso, perdido de amor por una fadista, María Severa, romance condenado al fracaso por el destino: el de la muerte de la muchacha.

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    Fotografía: © Marisa Ferrer P.

    Con todo ese bagaje, del que carecía antes, aproveché períodos vacacionales para conocer algo más. El primer día de mi segunda visita, durante mi particular viaje en la máquina del tiempo, el tranvía que a través de ese viejo barrio de Alfama me llevaba hasta el castillo, no me costó imaginar el escenario de estos hechos. Aunque por la época de la leyenda no sería descabellado suponer rumores sobre la próxima implantación de ese medio de transporte urbano, sus entonces habitantes no debían de suponer ver este renqueante vehículo metálico pasar junto a sus casas, recogiendo y dejando pasajeros en la estrecha acera sin apenas espacio para moverse; al conductor departiendo con la tendera o contestando a la vecina que acaba de subir con su capazo y le pregunta por la familia.

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    Fotografía: © Marisa Ferrer P.

    El castillo de São Jorge, desde el s XI corona la cima de la más alta de las siete colinas de Lisboa –ocho para algunos-  y ofrece un panorama muy grato a la vista, máxime si además suena una guitarra y un fadista desgrana su melodía. Más allá de los rojos tejados y los encalados muros, o Tejo, nuestro Tajo, serpentea bajo el veterano puente 25 de Abril y el moderno Vasco de Gama, y contemplando sus aguas fui bajando por el antiguo barrio marinero de Alfama.

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    Fotografías: © Marisa Ferrer P. 

    Habiendo dejado atrás sus callejuelas, sus desconchadas y restauradas casas, sus mosaicos, su ropa tendida, sus flores, pasé bajo el arco de la Via Augusta, pensando en una posible referencia a alguna antigua vía romana, pero no. Fue construido, derribado y reconstruido en el s XVIII y acabado en el XIX; sus inscripciones y esculturas loan las grandes hazañas de los navegantes portugueses.

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    Accedí a la Praça do Comércio, la extensa explanada que en su día fue sede del palacio real, desaparecido junto a su rica biblioteca y la mayor parte de la ciudad a causa de un violento terremoto. Desde su montura de bronce verdeada por el tiempo, José I parece meditar sobre el destino que el 1 de noviembre de 1755 lo hizo ausentarse y así salvar la vida. Escenario de importantes acontecimientos históricos, esta plaza da carácter al entorno. Bajo sus porches, un anciano paseando o el café O Martinho da Arcada, frecuentado por Pessoa configuran la esencia de la urbe.

    En una de las curvas recorridas por el tranvía, la catedral, a Sé, levanta lo que queda de su primitiva construcción, iniciada un siglo después que la del castillo, acumulando estilos: románico, normando, gótico, barroco… Destruida por terremotos, remodelada por manos humanas, ha acabado con el estilo neorrománico actual.

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    Fotografías: © Marisa Ferrer P.  

    En el barrio de Belém, la imponente masa de piedra labrada que es el Mosteiro dos Jerónimos con sus trescientos metros de fachada me impactó ya desde lejos, y su efecto, no solo no desapareció sino que se incrementó según me iba acercando. Esta pieza de gótico llamado manuelino por el rey que la impulsó, me dejó boquiabierta y con ganas de más. Volví y volveré. Allí reposan los restos de gentes ilustres como el propio rey y su linaje, Vasco de Gama, Pessoa, entre las esbeltas y trabajadas columnas interiores, rematadas en unas bóvedas que me recordaban una telaraña, y que compiten con las de un claustro que parece bordado más que esculpido. Permanecí en él hasta que me echaron por cierre.

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    Algo bastante habitual en conventos y monasterios es la elaboración de delicias gastronómicas. Dice la historia que los frailes del monasterio no eran menos y elaboraban unos pastelillos a base de crema y hojaldre, que aún se pueden degustar hoy en día gracias a los herederos de la receta, una pequeña refinería de azúcar cercana a la Torre de Belém.

    Me dirigí hacia allí pensando que era la mejor manera de reponer fuerzas al final de una jornada de descubrimientos que, sin ser los de Vasco de Gama, me resultaron agotadores. Me quedaba aún mucho por ver; me había hecho una idea de lo más elemental y la promesa de lo que podía encontrar en los siguiente días me mantuvo alerta y dispuesta a paseos lentos y minuciosos.

     

    Marisa Ferrer P.

     

    Este artículo es de libre de reproducción, a condición de respetar su integralidad y de mencionar a la autora.

    Páginas de origen de las imágenes:
    visitlisboa.com
    Canal Historia
    turismoenportugal.org
    visitlisboa.com

    wikimapia.org
    Wikimedia Commons 

     


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