Carlos Zanón – ‘Yo fui Johnny Thunders’ – Un resumen de esta novela ambientada en Barcelona que incluye banda sonora

20 abril 2017 | Sin comentarios | Publicado en cultura, Temas
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    [Cultura - Literatura] 
    Con la obra Yo fui Johnny Thunders, Carlos Zanón (Barcelona, 1966) ganó el Premio Dashiell Hammett 2015. El autor, poeta, novelista, guionista, articulista y crítico literario, debutó en 2008 con la obra Nadie ama a un hombre bueno. En 2009 publicó Tarde, mal y nunca (Premio Brigada 21 a la Mejor Primera Novela Negra del Año) y en 2012 No llames a casa (Premio Valencia Negra a Mejor Novela del Año). Ambas publicadas en RBA. Su obra ha sido traducida y publicada en Estados Unidos, Holanda, Francia, Italia y Alemania. En poesía destacamos Algunas maneras de olvidar a Gengis Khan (Premio Valencia de Poesía 2004) y la antología Yo vivía aquí (1989-2012).

    La cuarta novela de Carlos Zanón (Barcelona, 1966) es mucho más que la consagración de un autor que está transformando el modo de escribir género negro en España. Es la novela que hay que leer para saber lo que aún puede dar de sí la literatura negra y criminal, la ciudad de Barcelona y un autor que con No llames a casa, su anterior entrega, se reveló como  un escritor marcadamente original y de culto.

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    Zanón ha creado su propio estilo narrativo: inimitable, callejero, seductor. Un  estilo único y particular, que con Yo fui Jonnhy Thunders alcanza su cénit, lejos de cualquier cliché de género. El autor barcelonés regala al lector, de nuevo, ese retrato  incomparable de una Barcelona que se reencuentra con la memoria de los barrios de Horta-Guinardó de finales de los 70 y principios de los ochenta. “Yo me crié en  el Guinardó —admite Zanón—. Soy de una familia normal, diría de gente trabajadora. Soy como aquel personaje de la película La ley de la calle, el chico de gafas que va tomando nota de todo, de lo que hacen los héroes de la banda. Sí, yo era ese”.  

    Pero ese también es capaz de recrear una banda sonora extraordinaria —rock’n’roll, glam, bandas, garitos, de aquella inolvidable sala Magic— y una memoria que, además de roquera, está también llena de referencias cinematográficas.

    En las calles de Guinardó y de Horta, desdibujado por el destino, seguimos a Mr. Frankie/Francis“bien parecido, delgado, ojos vivos remarcados por lápiz azul, dos aros de  oro en una de las orejas, zapatos de piel, pantalón negro y camisa roja”—, un yonqui, un guitarrista de rock’n’roll que, un par de décadas después de aquellos 80, se  desliza, o más bien se deja caer, por un tobogán hasta ninguna parte, llevándose por delante todo lo que le rodea.

    Exactamente como el Epi de Tarde, mal y nunca o el Bruno de No se lo digas a nadie. Esa dualidad Mr. Frankie/Francis a lo doctor Jekyll y mister Hyde, sin embargo, otorga al personaje una dimensión desconocida, a la que Zanón le ha conseguido sacar todo su jugo. Esta novela es la crónica de ese viaje hacia el vacío, la oscuridad, el fin, el silencio, cuando ya Mr. Frankie no tiene nada, no es nada, sin su Gibson, sin dinero y sin esperanza. Apenas una sombra que “ha de gestionar bien su nostalgia”, porque el pasado es lo único que  posee: aquellos garitos de conciertos, el repertorio de los grandes del rock, la carrera de guitarrista —“También cantaba. Segundas voces, alguna canción de solista. Pero hace ya mucho. Estoy fuera de concurso”— que se le escurrió entre los dedos y la heroína, las calles de Horta irreconocibles hoy, un  divorcio inapelable que le ha hurtado a sus dos hijos… Sin presente y sin futuro, la vida es forzosamente de otra manera.

    carlos-zaanon-Johnny Thunders-portadaZanón elude cualquier atisbo de novela policíaca, de modelos clásicos de investigación o dualidad investigador-asesino. Prefiere otras referencias acaso: James M. Cain, por  ejemplo. El retrato puro, sin interferencias, de lo amoral, de la periferia, de la calle en donde los culpables son víctimas, ladrones, yonquis, desterrados, que se ven abocados a desenlaces donde siempre descubren —y bien lo va a saber Francis— que el infierno aún es más hondo de lo que se imaginaban.

    Siempre se puede bajar un piso más. Aunque sigan soñando con ser alguien. Francis —ese espejismo de lo que ya queda de Mr. Frankie— es uno de esos tipos sin escrúpulos ni futuro, habitual en las esquinas del infierno. Él, que tocó una noche ni más ni menos con el mismísimo Johnny Thunders venido a menos, “figura de serie Z a la 3 que Mr. Frankie y su banda — tocados por una serie increíble de envites afortunados—, Las Putas de Aviñón, acompaña en los bolos en Barcelona y Valencia”.

    Él, que ha tenido que salir al rescate de una leyenda del rock. “Mr. Frankie, como si llevase sobre los hombros los mismísimos Heartbreakers, decide ir más allá y canturrea  las  primeras estrofas en un idioma inventado, mitad inglés, mitad farlopa. Thunders viste una camisa negra a rayas blancas abotonada hasta arriba, con apliques metálicos en  las puntas del cuello, pantalones pitillo, zapatos italianos que fueron caros, que estuvieron limpios, que tuvieron una suela que no estaba agujereada. Felino viejo, a años luz, eso sí, de la piltrafa que estaba hace nada en el camerino, se encarama al escenario. Pone una mano sobre el hombro de Mr. Frankie y pide un cigarro a la primera fila”.

    ¿Cuántas veces soñó con tocar con los New York Dolls? ¿Cuántas? “Aunque esa noche solo lo hará con un drogadicto que se aúpa a cualquier escenario que le pueda pagar la próxima dosis. Aunque eso sea cierto ese tío es Thunders, hostia. Leyenda. Es él, por el amor de Dios. Por eso y solo por eso, bromea Francis consigo mismo, después de mear  hoy  se  lavará  las  manos  en  señal  de  respeto  a  Johnny”. Pero hasta eso se ha acabado.

    Francis apenas puede ser ya Mr. Frankie, no hay contratos, ni rock’n’roll“ahora todo son rumbitas y retrasados con el pelo crespado”—, solo algún bolo en el que apura con dedos torpes y desfases considerables. Zanón ha creado un narrador omnisciente que habla a veces desde un atisbo de la conciencia de Francis. Una crónica donde Francis parece por momentos lúcido, otras resignado, siempre iluso. Esa crónica —la novela— no está, sin embargo, protagonizada por quien fuera Mr. Frankie a la guitarra, sino por ese monstruo que le devora que es la vida, las circunstancias, el entorno, el fracaso. Y que no van a tener piedad. Ninguna.

    Los protagonistas, más allá del propio Francis, de Marisol, de don Damián, de Xavi, es la soledad, el amor, la lealtad y la traición, los grandes temas de las novelas de Zanón. Francis tan solo resiste por una idea. “La idea es ir reuniendo dinero. La idea es poder vivir mejor. Tener siempre tabaco. Una cervecita. Alguna juerga. La idea es  ahorrar para ir pagando las pensiones debidas y las que el cinco de cada mes vencen. La idea es que así sus hijos, Víctor y Óscar, sepan que su padre les ayuda y quieran verle. La idea es evitar una condena que le pueda llevar a prisión”. La idea es también agarrarse a un último cable antes de arder para siempre.

    Vuelve a Horta-Guinardó como último refugio, vuelve a la infancia, a la casa de un padre del que apenas sabe, a la sombra de su hermana —Marisol—, de los amigos que aún no han caído en las calles, de las novias de la adolescencia… Francis busca un último regalo del destino para recuperar, si no la cordura, al menos los dos hijos que le rehúyen. Pero esa será su tumba. La nostalgia lo va a atrapar. A él que ha ido por la vida poniendo distancia como si fuera una banda sonora de caos, líos y drogas. Ahí  está Francis, de nuevo en casa de su padre. Apenas un desconocido.

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    Paco. Pobre. Solo. Viejo. Veinte años después de que el hijo lo dejara atrás. Sin dinero, sin más cobijo. “Tiene casi setenta años, una pensión que no llega a los quinientos  euros y un agujero enorme a la altura del corazón. Aún mantiene una buena cabellera, los pantalones de toda la vida le siguen sirviendo y su estatura es la que es normal cuando te crías comiendo pan negro y cines de sesión doble. Vive en la calle Varsovia, cerca de la plaza Guinardó, en un piso con ascensor ruidoso, techos blancos y ventanas que se abren mal y se cierran peor”.

    La madre lleva años muerta. Aunque murió, en realidad mucho antes, cuando el padre la enviaba al bingo para quedarse a solas con Marisol, que siempre pensó que era su  hermana. La misma Marisol de quien cree que lo sabe todo: “Que trabaja en rambla Guipúscoa, en un bingo, para escarnio del destino y compartiendo piso con un par de chicas  dominicanas. Al poco de marcharse tuvo novio. Luego, otro, un  moro. Ahora sale con su jefe, un tipo oscuro pero que no es pobre ni está solo, aunque sea, eso sí, casi tan viejo como él”. Todo menos que a su padre lo ha denunciado por acoso, aún encaprichado en la niña. Y que Amoah, el árabe malcarado y cabrón, aún la persigue creyendo que es suya, y solo suya, dispuesto a rajarla.

    El reencuentro con Marisol es la última, acaso, la única esperanza de Francis, para conseguir un trabajo, aunque sea de vigilante en aquel bingo, el Verneda, propiedad de don Damián. Pero Marisol, lejos de salvar a Francis, va a caer con él. Ambos irán de la mano deslizándose por ese tobogán que les convertirán en asesinos. Cuando caes, caes y caes, ya nada te detiene. Nada es como fue. “Nunca fui famoso. La gente más allá del barrio no me paraba por la calle, vamos. Pero Marisol era una cría y lo vivió todo de una manera exagerada. Pero sí, fue difícil. La gente, a medida que crece, va asimilando la derrota. Cosas que quiso y que ya no podrá tener, esas historias. Pero  en  mi  caso uno pasa de creer que nunca crecerá, que puede tener todo lo que desee sin necesidad casi de desearlo, a la certeza de que la partida ha acabado ya, para siempre y demasiado pronto”.

    Don Damián será quien desate, como en un preciso mecanismo de relojería, el descenso final a lo más profundo del infierno, cuando Marisol y su hermanastro creían que ya lo   habían visto —y vivido— todo: “Divorciado. Celoso. Sesentón turbio, falsamente apacible, acicalado con cadenas de oro y feas camisas. Animal nocturno de negocios pringosos en el pasado y, en la actualidad, igual de pringosos pero casi legales. Está en la gloria al meterse enviagrado entre las piernas de un animal hermoso con sus veintimuchos —que, en realidad, son treinta y algo escondidos por la propia Marisol—, de mostrarla y exhibirla aquí y allá. Sabe que ella aún no le quiere. Sabe que, como a un pez, no consigue atraparla del todo. Pero también sabe que es cuestión de  tiempo. Se trata de llevar a la chica mucho más alto de lo que nunca estuvo y enseñarle allí que está sola y sin alas. El miedo de ella y el dinero de él harán el resto”. Francis dejará el bingo para pasar a trabajar en la mensajería Dit i Fet, con contrato y todo, también  propiedad del pequeño mafioso.

    Detrás de ello, sin embargo, está la intención de Don Damián y de Xavi, su lugarteniente, de usarlo como chivo expiatorio de un robo a una banda de traficantes colombianos. Xavi, el mismo que anda enredado con Marisol, a espaldas de su jefe. La venganza, sin embargo, de Don Damián arrastrará a Xavi, a Marisol y, con ellos, a un desquiciado Francis. “Se queda Francis dentro del coche. Vuelve a escuchar «Debaser», «Tame», «Monkey gone to Heaven»… mientras se palpa la chaqueta y saca la jeringa y la papela. Mira a un lado y a otro. No hay nadie. Carga la aguja. No va a hacérselo ahí. No como un vagabundo. No. Él fue Johnny Thunders una noche. Así que deja las llaves puestas.  Saca la cinta del Doolittle y se la lleva consigo. Tiene cinco, diez minutos de bajada hasta la plaza Catalana”.

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    No es solo la heroína, otra vez más desbocada. A su alrededor, todo empieza a oler a muerte: Ona, Doña Inma“Francis recuerda todas las veces que le dijeron que no sabían tocar solo porque querían tocar rápido, mal y alto para demostrar que también el rock’n’roll era, al mismo tiempo, la mentira y la única verdad, ellos y sus ganas de asesinar un mundo, poder reinventar a los gigantes mientras la voz de Marisol interrumpe todo aquello —«mátalo, Francis, mátalo»— y piensa que no sabe cómo matar un hombre. Que debe ser tan difícil como acabar una buena canción. Por eso ha de buscar una perfecta. Quizás él no la encuentre pero seguro que Mr. Frankie sí. Y así, mientras le está  clavando el punzón del paraguas en el ojo a Don Damián piensa en «Shake some action», en «September gurls», en «Be my baby» y Polifemo grita mientras es cegado, y entonces, Francis se levanta y el paraguas parece tener vida hasta que el ogro se lo quita del ojo”. El lenguaje, entre la cercanía de lo popular y una verdadera tensión lírica, se convierte también en uno de los protagonistas de la novela. Ya lo era en las anteriores, pero en ésta Zanón ha logrado un elocuente equilibro con el vocabulario musical y su extraordinario estilo narrativo: contundente, ágil y fresco.

    Un recorrido por el rock de los setenta y ochenta Johnny Thunders, por supuesto. Ante todo. “Ese cocodrilo de ojos tristes y amarillos que se ha comido a Johnny Thunders atrapa a Francis con la mirada. Es un niño encerrado en la casa de las golosinas, un animal castigado tras barrotes hechos de canciones de tres minutos”. La novela de Zanón  parte con una magnífica recreación de uno de los conciertos de Thunders en la sala Magica finales de los 80. Músico con indudable, talento y figura influyente de la historia del rock, Thunders fue también un prototipo de perdedor —«Born to lose», sigue siendo su canción bandera y la que canta en las páginas de la novela—, protagonista de  excesos dentro y fuera del escenario. Decadente, narcisista y heroinómano, Thunders falleció poco después de aquel concierto barcelonés, en 1991.

    Pero Mr. Frankie/Francis va mucho más allá de Thunders y los New York Dolls. “Encuentra cintas grabadas por amigos con letras que reconocería en cualquier lado. Un  batiburrillo ecléctico, sus vicios privados y sus virtudes fanfarronas. Juanjo y su fascinación por el doo wop. Flamingos, Jets, siempre Dion. La caja de Spector que le grabó Juan Antonio. Gene Vincent y New Order. Los Damned, los Only Ones, Buzzcocks y los Undertones. Singles de Derribos Arias, el «Cadillac solitario», los Parálisis, Decibelios, techno ochentero, Yazoo y los Human League, los Stones del Some girls. Ramones, Bowie, MC, los Pistols, Golpes Bajos y Roy Orbison. Stray Cats, Iggy con o sin Stooges, Cramps, Quadrophenia y Going Underground. Lou y el Berlin, Lou y la Velvet, Lou y Lou. Eddie Cochran, los Dolls y Thunders solo, con sus fotos de ángel caído, de yonqui sensible, hijo de puta. Y es que están todos, piensa Francis. Todos los payasos. No falta ni uno. Todos ellos con todas sus payasadas. También los Pixies.

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    La historia del rock en un párrafo. Que más adelante completa Zanón por boca de su protagonista. El rock de allí y de aquí: “Y los Stones de los setenta y Sabino deja a Loquillo y Frusciante a los Peppers y la guitarra de Johnny Marr que parecía una Rickenbacker de doce cuerdas con Morrisey hablando de un amor incompleto, imposible, de ángeles crueles, gordezuelos y quizás hermosos y Brando en el Bounty deseando morirse pero no pudiendo porque era un hombre de honor rodeado de hombres de honor y Willy DeVille maullando desde los tejados y John Milner y Thunders [...]. Y Elvis cantando «Crawfish», y los Clash abriendo las piernas cuando se acercaban a los micros, y las partidas del millón, y las batallas en el Campo de la Bota y en el Martinenc, y la Gibson vibrando entre  sus  dedos y toda la fuerza de los  Marshall detrás, dispuesto a invadir y arrasar el universo y tetas y coños y besos y espaldas y todo y nada, caótico, sin orden, sin causa y efecto, todo a la vez, todo porquesí, sin caras B, sin versiones alternativas”.

     

    Banda sonora de la novela

    La lista de las canciones que Zanón cita —y  Mr. Frankie/Francis hace suyas— es antológica de los 80, más allá de las que entonaron Johnny Thunders & the Heartbreakers, como «Born to lose», «Hurt me» o «As time goes by». La banda sonora de la novela incluye, por ejemplo, otros grandes temas de los 70 y 80 de rock norteamericano como «Try again»«September gurls», de los Big Star; «Shake some action», de los Flamin’ Groovies; «Train in vain», de The Clash, o The Ronettes cantando «Be my baby». Y, por supuesto, también referencias ineludibles del rock británico de la segunda mitad del siglo XX, como «There is a light that never goes out», de The Smiths; «In the city», de The Jam; «Swe et gospel music», de Prefab Sprout, o «Fairytale», de The Pogues. Con ellos, otras referencias norteamericanas más eclécticas, desde el mod de The Small Faces («All or nothing») y el power pop de The Raspberries («All by myself») a baladas como «Time after time», de Cyndi Lauper , o «Slow drain» y «Just your friends», de Willy DeVille. Y no podía faltar, aunque más tardíos, los Pixies entonando «Debaser», «Tame» o «Monkey gone to Heaven», temas de Doolittle, su segundo disco. La banda sonora del rock y de nuestras vidas.

     

     

    Cristina Puig – cristina-puig@rba.es
    Itziar de Francisco – itziar-francisco@rba.es
    Comunicación RBA Libros

     

    Origen de las imágenes:
    Carlos Zanón: Gentileza de RBA
    Johnny Thunders: johnnythunders.rocks
    Horta-Guinardó: w110.bcn.cat – L. Sedó
    Portadas discos:
    josejuandom.wordpress.com
    huxrecords.com
    todocoleccion.net

     

     

     

     

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