El proceso de Nüremberg – El archivo Kaplan

09 agosto 2018 | Sin comentarios | Publicado en cultura, Temas
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    [Cultura - Historia] 

     

    El archivo del juez Benjamin Kaplan representa una compilación de pruebas y de documentos testimoniales del proceso recogidos entre agosto de 1945 y octubre de 1946, tales como interrogatorios, declaraciones juradas, fotografías y documentación relativa a la organización y desarrollo del juicio.

    Este archivo es el resultado del trabajo de investigación realizado por el personal de la fiscalía de EE.UU. compilado para el uso del teniente coronel Benjamín Kaplan, miembro del Comité nº 4 de la fiscalía estadounidense. Este comité formaba parte del entramado del personal de la fiscalía norteamericana que estaba distribuido en 4 comités.

    Comité 1: Encargado de la investigación y compilación de pruebas para probar la acusación contra los líderes nazis responsables de la Guerra Agresiva y Violación de los tratados.

    Comité 2: Encargado de la investigación y compilación de pruebas para probar la acusación contra los líderes nazis responsables de Crímenes de Guerra y Crímenes contra la Humanidad en el Este.

    Comité 3: Encargado de la investigación y compilación de pruebas para probar la acusación contra los líderes nazis responsables de Crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad en Occidente.

    Comité 4: Encargado de la investigación y compilación de pruebas para probar la acusación contra los líderes nazis responsables de Conspiración: criminalidad de las organizaciones.

    Así, en el Comité 4, el juez Jackson encabezaba la acusación de Conspiración seguido por el teniente coronel Benjamin Kaplan. Por lo tanto, el Archivo Kaplan recoge la documentación que la fiscalía seleccionaría para demostrar el cargo de Conspiración y Criminalidad de las organizaciones nazis.

    Benjamin Kaplan, fue una persona de “reconocida reputación y un prestigioso abogado de Nueva York, que también ejerció como profesor de la Harvard Law School y como Juez del Tribunal Supremo de Massachussets” en palabras de Telford Taylor en el libro The Anatomy of the Nuremberg Trials (Nueva York, 1992).

     

    El proceso

    Las objeciones a Nüremberg   

    A pesar de que las condenas pronunciadas en Nüremberg se asentaron en hechos probados de manera irrefutable, en un sentido de la justicia innegable y en una construcción doctrinal muy elaborada debe señalarse que no faltaron las objeciones, objeciones a las que resulta obligado referirse.

    En primer lugar se encuentra la de la violación del principio penal que señala que ningún acto puede ser castigado sin que exista una ley previa que lo tipifica como delito (“nullum crimen sine proevia lege”). Buena parte de las acusaciones se sustentaban en el quebrantamiento innegable de normativa ya existente como las leyes de guerra. No podía decirse lo mismo de otros crímenes que, precisamente, causaban y causan horror por su gravedad. La solución propuesta por el tribunal consistió, en términos generales, en la apelación a principios morales de carácter universal. El argumento – nacido de una visión cuyo carácter iusnaturalista resulta difícil de negar – era muy sólido en la medida en que se aceptaba precisamente la existencia de un derecho natural, pero no dejaba de ser débil si se partía de una visión positivista del derecho o si se negaba por principio ese iusnaturalismo como sucede en el marxismo, base del régimen soviético.

    No menos sujeta a crítica fue la decisión de que los vencedores fueran los encargados de llevar a cabo los Procesos. Ciertamente, los Procesos se desarrollaron ante un tribunal internacional y tampoco puede discutirse la búsqueda abnegada de salvaguardar las garantías legales – un esfuerzo en el que destacaron especialmente los juristas norteamericanos – pero resulta innegable que unos jueces de reputado prestigio internacional pertenecientes, en todo o en parte, a naciones neutrales hubieran proporcionado al tribunal un carácter más fácilmente aceptable. 

    Por añadidura, el que las grandes potencias vencedoras juzgaran a la Alemania vencida determinó que se pudieran discutir algunas de las acusaciones no porque fueran injustas o carecieran de base, sino porque no se sometió a ellas a los triunfadores en el conflicto.  Al respecto, se pueden señalar cuatro aspectos muy concretos. El primero es el del carácter criminal del régimen. Sin duda, el nacionalsocialismo lo tenía, pero los paralelos existentes con el régimen soviético no resultan menos innegables. Por ejemplo, el sistema de campos de concentración nacionalsocialista había sido precedido por el GULAG soviético que contó, por añadidura, con mayor número de víctimas hasta 1945 y, por supuesto, después. No puede ni negarse ni minimizarse que el sistema creado por Lenin contaba con organizaciones – como la Cheká y las que la sucedieron – no menos criminales y liberticidas que las SS. Por su parte, Stalin fue responsable de más muertes de compatriotas que Hitler. Sin embargo, mientras que en Nüremberg se condenó con toda justicia al nacionalsocialismo, se pasaron por alto los crímenes del comunismo antes y durante la guerra y se le dotó incluso de una aparente legitimidad al permitirle que fuera uno de los jueces.

    Tampoco las acusaciones de racismo o de esterilización forzosa de acuerdo con leyes eugenésicas podían limitarse al nacionalsocialismo. La URSS era responsable de deportaciones de poblaciones enteras – y de su semi-exterminio – de acuerdo con principios étnicos. Por lo que se refería a los Estados Unidos las leyes eugenésicas habían estado vigentes en diversos estados e incluso contado con el respaldo del gran jurista Oliver Wendel Holmes. Ciertamente los black codes de los estados del Sur no llegaban al grado de bajeza moral de las leyes de Nüremberg contra los judíos en la medida en que no privaban de su nacionalidad a los negros ni tampoco los expulsaban de sectores enteros de la producción, pero no puede negarse su carácter abiertamente racista.

    archivo-kaplanIgualmente la acusación de preparación para la guerra era de aplicación innegable en el caso de la URSS. Stalin había preparado y desencadenado una guerra contra Finlandia, había invadido las repúblicas del Báltico en 1940 y había suscrito un pacto con Hitler que le permitió invadir y anexionarse una parte de Polonia, un crimen este último que horrorizaba a Churchill, pero que, al fin y a la postre, fue legitimado por Estados Unidos y Gran Bretaña en las conferencias mantenidas por los Tres grandes. No dejaba de ser una cruel ironía – o una sangrante hipocresía – que la URSS juzgara al III Reich por unos crímenes horribles y ciertos pero que la potencia comunista también había cometido de manera repetida.

     “Last but not least”, los vencedores eran culpables también de horrendos crímenes de guerra. En algunos casos, esos crímenes de guerra derivaban de la difícil aplicación de algunas normas como la que establece el socorro a los náufragos enemigos, un socorro cuya práctica imposibilidad por parte de los submarinos atacantes no sólo habían señalado los mandos de la Kriegsmarine de Hitler – acusados por ello en Nüremberg – sino también el almirante norteamericano Chester Nimitz en el curso de la guerra del Pacífico.  En otros, sin embargo, partían de una cosmovisión totalitaria o de la ausencia de barreras morales en lo que a la utilización de armamento se refería. En relación con el primer caso, hay que recordar que fueron fuerzas soviéticas – y no nacionalsocialistas como pretendía la propaganda comunista – las que perpetraron las matanzas de Katyn de acuerdo con un modelo de exterminio genocida practicado por los comunistas y ya utilizado durante la guerra civil rusa y posteriormente en Paracuellos durante la guerra civil española. Respecto al segundo, no pueden olvidarse las terribles atrocidades cometidas por el Ejército Rojo contra la población civil alemana, los fusilamientos de prisioneros de guerra alemanes sin juicio ni garantía o los espantosos bombardeos sobre poblaciones civiles alemanas como el padecido por Dresde.  Que la nación que había honrado al temible “Bomber Harris” acusara a la Luftwaffe alemana constituía, lamentablemente, un ejemplo terrible de doble vara de medir. No puede negarse que el Proceso de Nüremberg fue justo en sus pretensiones, en la articulación de su doctrina jurídica y en sus condenas, pero no todo fueron luces. De hecho, siempre se le podrá reprochar el no haber sentado en el banquillo a todos los criminales, el que las naciones que juzgaron no estuvieran exentas de culpas similares a las de algunas de sus acusaciones más importantes y el que acabara otorgando un halo de falsa legitimidad a un régimen como el comunista.

     

    Las lecciones de Nüremberg

    A pesar de sus notables carencias, el Proceso de Nüremberg tuvo logros innegables que consagraron importantes hitos por más que sus consecuencias no se hayan extraído de manera práctica y total a día de hoy. 

    El primero es el reconocimiento fáctico de la existencia de una serie de normas morales que van más allá del derecho meramente positivo y cuya vigencia y aplicabilidad no pueden ser orilladas sin grave peligro para la comunidad internacional.

    El segundo es la negación de la inimputabilidad de crímenes de carácter especialmente grave y horrendo por más que se apelara al carácter reclutado de los ejecutores o al deber de obediencia.

    El tercero es la necesidad de un organismo internacional que juzgue a los criminales y que nunca – a diferencia de lo sucedido en Nüremberg – puede estar compuesto por jueces que pertenecen a sistemas dictatoriales o totalitarios en cuyo seno se cometen atrocidades similares. 

    En el camino hacia el reconocimiento de una justicia universal – situada por encima de formulaciones concretas de carácter social, político o religioso, o de una normativa desvinculada de unas normas morales superiores que trascienden del mero positivismo – el Proceso de Nüremberg fue un gran paso, pero ni mucho menos constituyó la llegada a la meta definitiva. Ésa es una tarea que aún se extiende, desafiante y necesaria, ante nosotros.      

     

    Nüremberg: la ciudad como testigo

    La ciudad de Nüremberg – en alemán, Nürnberg – tendría una importancia especial para el nacional-socialismo alemán por encima incluso de la de Berlín, capital del Reich, o Linz, ciudad natal de Hitler. Sin embargo, su relevancia para la Historia de Alemania no se inició con el nacional-socialismo. Situada en el sur de la Alemania central, a orillas del río Pegnitz, su cercanía con el Danubio y el Main ayudarían a su desarrollo. Las primeras referencias que tenemos de la ciudad se remontan al año 1050. En 1219, obtuvo el estatuto de ciudad libre imperial y en 1356, se convirtió en la capital del Sacro Imperio, un hecho que no escapó a los nacional-socialistas. Durante la Baja Edad Media y el inicio de la Moderna, la ciudad disfrutó de un periodo de esplendor comercial que se tradujo en una extraordinaria producción artística. Escultores como Veit Stoss, broncistas como Peter Fischer, y pintores como Michael Wolgemut y, en especial, Alberto Durero son sólo algunas muestras de esa riqueza cultural. Eso por no mencionar al astrónomo Regiomontano, natural de la ciudad, que trazó la carta de navegación que Colón llevó en su segundo viaje a América. En 1806 la ciudad pasó a ser una posesión de Baviera, y en 1835 se convirtió en la terminal de la primera línea férrea alemana.

    En buena medida, Nüremberg simbolizaba la cosmovisión del nacional-socialismo.  Podía ser presentada como ciudad alemana e imperial, como emporio cultural y artístico, como foco de desarrollo y progreso. Por si fuera poco, a su carácter imperial se sumaba el de ser escenario de una de las obras wagnerianas preferidas por Hitler, Los maestros cantores de Nüremberg. En esta ópera, el noble y laborioso pueblo alemán expulsaba de su seno a un personaje que simbolizaba al judío. Se trataba, pues, de un argumento muy cercano a las pretensiones y a la propaganda del nacional-socialismo.

    No resulta, por lo tanto, sorprendente que entre 1933 y 1938 el NSDAP (Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán) celebrara en la ciudad sus convenciones anuales, ni tampoco que durante una de ellas – la de 1935 – el partido aprobara las leyes de Nüremberg, que despojaban a los judíos alemanes de sus derechos, ni mucho menos que la película emblemática del nacional-socialismo, El triunfo de la voluntad de Leni Riefenstahl, tuviera como escenario esta urbe. Esa circunstancia – unida al estado de la ciudad de Berlín – explica más que sobradamente que se eligiera Nüremberg como el lugar en que debían ser juzgados por sus crímenes los jerarcas nacional-socialistas.  

     

     

    Los crímenes en el Proceso de Nürenberg – El archivo Kaplan 

     

    Fuente:
    Sala Municipal de Exposiciones del Teatro Calderón, Valladolid (España)
    En agosto de 2007 se mostró en la Sala la exposición de los fondos pertenecientes a la Fundación José María Castañé, comisariada por César Vidal.
    Sala Municipal de Exposiciones del Teatro Calderón 

     

     

    Página de origen de la imagen principal:
    thetimes.co.uk
    Fotografías cedidas por la Sala Municipal de Exposiciones del Teatro Calderón, Valladolid (España)

     

     

     

     

    2 – 15-08-2016
    1 – 18-07-2007 


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