Ana María Lajusticia – El magnesio y la artrosis

25 abril 2013 | Sin comentarios | Publicado en Mis entrevistas, Temas
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    Por Marina Torné, periodista

     

    Ana María Lajusticia (Bilbao 1924) es licenciada en Ciencias Químicas por la Universidad Autónoma de Madrid y ha realizado estudios sobre agricultura y alimentación animal, publicando diversos artículos sobre la materia en revistas especializadas.

    Desde principios de los años setenta se dedicó al estudio de la dietética, basándose en la bioquímica y la biología molecular, especializándose en los problemas procedentes de las deficiencias en nuestra dieta.

     

    Cinco minutos antes de la hora prevista, llamamos al timbre. Nos recibe Ana María Lajusticia con un apretón de manos. Delgada, muy amable, de figura y cutis envidiables, me invita a sentarme al otro lado de la mesa de su despacho. Le digo que prefiero ponerme a su vera, si ella no tiene ningún inconveniente; las dos nos quitamos las gafas: una, porque de cerca no ve bien con ellas y la otra parece ser que tampoco. “¡A ver si luego vamos a confundirnos de gafas!”, bromea.

    Pregunta: ¿Cuándo empieza esta “cruzada”?
    Respuesta: Comenzó con mis problemas de salud. Con ocho o nueve años me caí aprendiendo a patinar. La consecuencia: un desplazamiento de la quinta lumbar hacia dentro y de la cuarta cervical hacia fuera. Esto lo averigüé después. Tenía unos dolores terribles, pero no dije nada en casa y poco a poco los dolores fueron cediendo. Luego vino la guerra. En la primera parte estuve en Canarias, y comíamos bien, luego en La Coruña, y seguíamos comiendo bien, pero en la posguerra, en sexto, o séptimo de bachillerato, y durante toda la carrera viví en Madrid, y allí comíamos mal. Estábamos internas y las pobres monjas tampoco tenían nada para darnos. A partir del cuarto o quinto año de carrera, en el año cuarenta y cinco, empecé a tener problemas de salud: anginas rebeldes, dolores, molestias… Siempre me dolía la cabeza, siempre.

    P. A esto se le dice “estar delicado”.
    R. Cuando acabé la carrera, regresé a Bilbao y me hinchaba a chocolate. En Bilbao mejoré de mis molestias. Fui a trabajar a Girona y allí conocí a mi marido. Durante veinticuatro años vivimos en Anglés, en el pueblo donde él poseía unas fincas y también un aserradero, y tuve seis hijos.

    P. ¡Madre mía!
    R. Yo desayunaba bien, en teoría, con cruasanes, dulces…

    P. Y chocolate.
    R. Bueno, el chocolate no lo dejaba. Lo tenia en la mesilla de noche, en el bolso…
    A partir del cuarto hijo me diagnosticaron artrosis. Pere Pons, el internista más importante de Barcelona me dijo que tenía que ponerme un corsé con varillas y que no me lo podía quitar ni para dormir, pero para dormir yo me lo quitaba.

    P. ¿También tuvo que llevar el corsé durante los embarazos?
    R. Sí. Me arreglaba como podía. Tenía varios corsés. A partir de la sexta hija, con treinta y siete años, empeoré mucho. Entonces fui de médico en médico. Uno me dio cortisona. Debido a mi alimentación basada en hidratos de carbono, el medicamento me provocó una diabetes. Eso me llevó a donde estoy ahora: a la dietética. Yo ya había estudiado mucha nutrición animal, porque mi marido era agricultor. Con la diabetes, empecé a comer bien.

    P. Y dejó el chocolate.
    R. No, tomaba uno que tenia ciclamato que era casi cacao puro, pero con la diabetes empecé a controlar la ingesta de alimentos. Poco a poco fui encontrándome mejor. Un día una de mis hijas me dio un librito, escrito por un jesuita: “Virtudes curativas del magnesio”. Yo tenía muchos forúnculos en la cara, pero muchos. Tenía la cara como un paisaje lunar.

    P. ¡Vaya!
    R. En el librito parecía que el magnesio lo curaba todo, hasta los forúnculos. Primero pensé que era una tomadura de pelo. En la cara me habían hecho barbaridades pero los forúnculos no desaparecían. Total que empecé a tomar magnesio y al cabo de un mes los forúnculos desaparecieron, me encontraba mejor, no me despertaba tan cansada… Y lo seguí tomando. Además en el libro se explicaba que la falta de magnesio era por el abonado químico. Esto lo pude entender perfectamente porque había hecho de agricultora durante 24 años.

    P. Falta de magnesio que se ingería de forma natural a través de los alimentos.
    R. La cantidad de magnesio que se tomaba entonces era la mitad que hacía setenta años.

    P. Pero usted continuaba llevando el corsé.
    R. Cuando me levantaba de la cama, me duchaba y ya me lo ponía. Un día, cuando fui a acostarme, la víspera de mi santo, después de cocinar toda la jornada, me di cuenta que no lo llevaba puesto.

    P. ¡Caramba!
    R. Y entonces pensé que al día siguiente, tampoco me lo pondría; fue cuando descubrí que podía vivir sin corsé. Hacía seis o siete años que comía bien y tres años que tomaba magnesio. El corsé lo llevé durante veintiún años. Alimentarme bien y tomar magnesio me había permitido fabricar cartílago. La artrosis es una degeneración por falta de regeneración, no es una enfermedad, sino que es la consecuencia de una carencia en la dieta. Me puse a buscar y tuve mucha suerte: justo se acababa de publicar en el Lehninger que el magnesio intervenía en la formación de proteínas. Me costó tres meses y medio estudiármelo. En el capítulo “Ribosomas y síntesis proteica” lo encontré todo, y hablé de ello. En Zaragoza, en una emisora, me llamaron “el apóstol del magnesio”. Cuando Severo Ochoa vino de América, junto con otros médicos más, entre ellos Grande Covián, dijeron que yo no tenía razón. Covián me llamo “irresponsable e indocumentada”. Se ve que él no me leyó a mi, porque de indocumentada no tenia nada; yo había estudiado mucho y a él también. Total que consiguieron apartarme de todo. Pero yo ya había escrito “La alimentación equilibrada en la vida moderna”.

    P. Y eso ocurrió en el año…
    R. Setenta y ocho.

    P. Quizás no era el momento adecuado…
    R. Durante veinticuatro años, con mi formación de química, con el conocimiento de los suelos, estudié agricultura y nutrición animal. Tenía una formación poco corriente. Entonces empecé a escribir sobre nutrición, pero desde el punto de vista científico. Escribía para que los médicos me entendieran pero me di cuenta, por ejemplo, de que no veían claro eso de mejorar la artrosis sólo con la alimentación y se pusieron en mi contra.

    P. ¿Y qué le decían?
    R. Pues me llamaban “indocumentada” e “irresponsable”. Yo había ido a los mejores traumatólogos del momento y todos insistían en que el cartílago no se regenera jamás, y la palabra “jamás” te caía como un telón de acero delante de la cara. “Jamás” y “Va a ir a peor”. Pero claro, ellos nunca preguntaron: “Y usted ¿qué come?” Esto es muy importante porque el cuerpo se fabrica con lo que comemos.

    P. Y con el magnesio…
    R. Cloruro de magnesio que era lo que se encontraba entonces. Una cucharada sopera en un litro de agua, en botella de vidrio, necesariamente. Pero la gente se quejaba de que tenia muy mal gusto. Al final conseguí que un laboratorio, yo entonces tenía una pequeña tienda, fabricara comprimidos de carbonato de magnesio.

    P. ¿Es el mismo que usamos para ir al baño?
    R. El mismo. En realidad, lo que el cuerpo necesita es el ion magnesio, venga del cloruro, del carbonato, o del hidróxido.

    P. ¿Y qué ocurrió a partir del año setenta y ocho?

    R. Después de haber escrito varios libros sobre alimentación y el magnesio en la dieta, artrosis, rendimiento intelectual y alimentación en la infancia, entre otros, me borraron del mapa. Los médicos salieron en la tele para decir que no era verdad que, si se seguía una alimentación equilibrada, hubiera una carencia de magnesio en la alimentación humana, pero yo decía y digo que ahora no comemos de todo. Hace sesenta años, en el pueblo, cuando mis hijos eran pequeños, matábamos un ternero todos los miércoles y comíamos el hígado, sesos, criadillas, es decir tomábamos grandes cantidades de fósforo, de vitaminas del grupo B, de hierro…. Si además matábamos un pollo los sábados, también consumíamos los higadillos del pollo y “botifarra” de sangre y había gente que comía sangre frita, se comían pies de cerdo, “pota” y “tripa”… Ahora nadie se alimenta así. Y de huevos ninguno, o con cuidado.

    P. Por el colesterol.
    R. Siempre digo que los huevos deben tomarse en el desayuno. Yo he estado durante cuarenta años desayunando un huevo todas las mañanas y no tengo colesterol, porque me lo comía por la mañana y luego me iba a trabajar. En cambio por la noche, pescado.

    P. ¿Y los lácteos?
    R. Los tomo tres veces al día, leche desnatada y en la cena leche de soja.

    P. ¿Cómo podemos saber si tenemos un déficit de magnesio?
    R. Muy fácil. No hay que hacerse ningún análisis. Si tienes contracturas, si tienes calambres en pantorrillas y dedos de los pies, o si te late el párpado…

    P. ¡No siga, no siga, que empiezo a tener todos los síntomas!
    R. Hay que estar entre 2,2 y 2,6; el ideal, 2,4, que no lo tiene casi nadie y a 1,4 ya puede venirte la muerte súbita, y no lo explica nadie, y dan como normal 1,6. Sobre todo por debajo de 1,8 ya se empieza a dar algunos de los síntomas que he mencionado anteriormente, pero también el despertarse cansado…

    P. No siga.
    R. …tener pinchacitos en la región precordial, o tener la sensación de que no te acaba de entrar el aire y suspiras…

    P. Entonces te preguntan si estás enamorado.
    R. Lo que pasa es que se te han contracturado los músculos intercostales: el cerebro te dice que te hace falta oxígeno y haces una inspiración profunda, voluntaria, en la que interviene incluso el diafragma para introducir el oxígeno que te está pidiendo el cerebro.

    P. Pues hay que tomar magnesio.
    R. Entre 400 y 600 miligramos de ion magnesio al día repartido en varias tomas. A la vez no sirve. En tres años de tomar magnesio pude quitarme el corsé y estar más de una hora seguida de pie, pero tardé doce años, porque las caderas no me lo permitían. Perdí mucha masa muscular.

    P. Solucionado el déficit de magnesio, usted tiene, por lo que me cuenta, una salud envidiable.
    R. ¡Ojo! ¡Que yo me cuido! Lo que más me gusta de este mundo son los cruasanes y los quesos fuertes y desde hace más de cincuenta años, no como nada de esto.

    P. ¡Ah, bueno!
    R. A partir de los ochenta y cuatro u ochenta y cinco años, sustituí el huevo por el colágeno. Tomo jamón cocido por la mañana y colágeno con magnesio. Ahora tengo ochenta y ocho años y voy camino de los ochenta y nueve.

    P. ¡No me diga!
    R. ¡Sí, sí! Pero es que me he cuidado y me cuido. He suprimido las grasas saturadas, el calcio en exceso, por eso me da terror el queso, y en la cena siempre tomo verdura y pescado. La fruta, con medida.

    P. ¿Y alcohol?
    R. No, no tomo nunca.

    P. No se puede tomar.
    R. Bueno, sí que tomo, pero un dedo horizontal de vino tinto y sólo en la comida.

    P. La cerveza…
    R. ¡Tiene mucho azúcar! Menos alcohol pero mucho azúcar, que está disimulado con el amargor del lúpulo. De ahí la barriga cervecera de los alemanes.

    P. Es que sabe tan bien…
    R. Alemania es el país que tiene más diabéticos.

    P. En uno de sus libros habla de osteoporosis.
    R. Mejor no hacer ningún tratamiento. Cuando dieron calcitonina alteraban la función del tiroides. La calcitonina es una hormona. Si a un cuerpo le facilitas una hormona, la glándula que la fabrica, deja de hacer su función. Luego vinieron los bifosfonatos y ¡eso necrosa el hueso, guapa!

    P. ¿Todo el hueso o…?
    R. ¡Todo, todo, todo! En un mes me llamó por teléfono la esposa de un traumatólogo que a ver qué podía hacer, porque se le habían roto espontáneamente dos vértebras y dos enfermeras del Hospital Clínico de Barcelona me dijeron que en un periodo de menos de cuatro semanas vinieron tres personas que habían tomado bifosfonatos con los huesos rotos espontáneamente.

    P. Se endurecen…
    R. Se rompen porque se convierten en “travertino”. ¿Sabes lo que es el “travertino”?

    P. No.
    R. Esa piedra porosa que hay en Banyoles, llamada “Piedra de Banyoles”. En las tiendas de Loewe hay travertino. O piedra pómez. Pues el hueso se rompe así.

    P. Pero no se le romperán los huesos a todo el mundo. Creo que este tratamiento, de momento…
    R. ¡Ay, Señor! ¡Por el amor de Dios!

    P. ¡Pero es que yo no lo sé! ¡Cuénteme!
    R.¿ Pero tú qué eres? ¿Eres médico?

    P. No.
    R. ¿Qué eres?

    P. Sólo periodista, pero los médicos dicen…
    R. ¡Señores médicos, vengan a hablar conmigo!

    (Me muestra una fotocopia de un artículo sobre la necrosis mandibular, ilustrado con fotografías)

    P. Sí. He oído hablar de “eso”.
    R. Pues eso, es “eso”. Yo les digo a los médicos: “Señores, ustedes han olvidado la definición de “hueso” y la definición de “osteoporosis”". Voy a explicarlo como se explicaba antes y como se explica ahora. El hueso está formado por una proteína llamada “osteína” y depósitos de calcio. El hueso está formado por colágeno, que es una proteína, y depósitos de fosfato cálcico. Y para que el calcio se fije en el hueso interviene la vitamina D. Al eliminar las grasas animales hemos suprimido los alimentos que contienen vitaminas A y D. ¡Ojo, que ahí tenemos un problema gordo!  Y ahora definición de “osteoporosis”: La osteoporosis es una rarefacción del hueso con pérdida de masa orgánica y mineral, y “rarefacción” de un tejido quiere decir que el tejido sigue manteniendo su tamaño y formas primitivas pero que ha perdido densidad, porque ha perdido masa orgánica y masa mineral.

    P. Y entonces…
    R. La osteoporosis se puede mejorar tomando colágeno. Tomando proteínas en las tres comidas del día, vitamina C en las tres comidas, tomando magnesio y fósforo y, si no tomas grasas animales, tomando aceite de hígado de bacalao, y tomando el sol en traje de baño, a las nueve y media de la mañana o seis y media de la tarde, que es cuando no quema.

    P.¿ Y si me pongo filtro solar y lo tomo fuera de estas franjas horarias?
    R. El filtro no sirve. Sé de personas que han tomado el sol con protección y se han muerto de un cáncer de piel.

    P. Pues tampoco voy a tomar el sol, pero suplemento de colágeno sí.
    R. El colágeno lo fabricamos con proteínas, fósforo, magnesio y vitamina C que hay que tomarlo en las tres comidas del día. Yo desayuné durante cuarenta años un huevo y una loncha de jamón york. Entonces cambié el huevo del desayuno por colágeno con magnesio. El colágeno forma huesos, cartílagos, tendones y ligamentos. Abunda en encías, paredes de los vasos sanguíneos, paredes del tubo digestivo, en la córnea, en la piel, cuero cabelludo y uñas,  El treinta y ocho por ciento de la proteína total del cuerpo humano es colágeno.

    Me parece que por su magnífico aspecto, ella tendrá más colágeno que yo. Se lo digo y lo acepta como un cumplido y esta vez no me regaña por esta observación tan poco científica.
    Le pido una perspectiva sobre todos sus años de investigación y sus dificultades para ser escuchada por los especialistas.

    “Creo que yo decía cosas que contradecían lo que decía la mayoría: “Esta mujer dice lo que no dice nadie, ¡nadie!”. Me llamaban “la señora del magnesio”. Y luego me pasaba otra cosa y es que nunca he conseguido hablar en otro idioma que no fuera el mío. Por eso, por ejemplo, nunca he ido a Norteamérica. He leído mucho en inglés, pero no puedo hablarlo”.

    P. Y ahora se convierte en mediática.
    R. Desde hace sólo un mes. Desde que salí en TV2.

    P. O sea que los medios, funcionan.
    R. ¡Oh, sí! A las personas que salen en la tele tendría que darles besos a todos. Castos besos, pero a todos. Con aquellos chicos tan altos y tan guapos que andaban por allí… ¡Para besarles y abrazarles!

    P. ¡Ay, quién los pillara!
    R. Es que eran un encanto.

    P. Son muy guapos y simpáticos, sí, pero desde que ha salido en la tele ¿qué ha cambiado?
    R. Ahora me llaman algunas médicas para el tratamiento que tienen que dar a su madre, algunos farmacéuticos para consultarme, y médicos que no me dicen que lo son: primero me preguntan y luego, algunos, me confiesan su profesión.

    P. Y todo por haber salido en la tele.
    R. Ahora, sí. Ahora empiezan a llamarme para conferencias, charlas, consultas…

    P. ¿Proyecta abrir una tienda con productos de Ana María Lajusticia?
    R. No. Mis productos ya tienen un buen canal de distribución y no pienso en ello para nada.

    Esta mujer sorprendente, de vitalidad y memoria admirables, me ha revelado al término de la entrevista que los que ganan maratones son los etíopes y los kalengin, y que no se mueren corriendo. ¿Por qué? Sencillo. Pues porque viven sobre cenizas volcánicas, que son muy ricas en magnesio. Quedan advertidos. Si quieren participar en una maratón y no morir en el intento, cuiden los niveles de este elemento químico. Y si no, también.

     

     

     

     

    marina.torne@gmail.com
    Barcelona, 17 de abril de 2013

     

    Todas las fotografías:©2013 Marisa Ferrer P.


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